Patricia Muñoz Garcìa

Patricia Muñoz Garcìa
Departamento Nacional Profesores Jubilados DEPROJ
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lunes, 17 de enero de 2011

EL FIN DEL GABINETE DE GERENTES QUE, COMO POLÍTICOS, VALÍAN CALLAMPA
 RAFAEL LUÍS GUMUCIO RIVAS
El presidente, Sebastián Piñera, se estaba acostumbrando a gobernar este país como un rey, que detentaba el poder absoluto: la prensa le es, hasta ahora, completamente servil, los ciudadanos se han convertido en consumidores y "clientes" de Dicom, la Concertación es un cadáver que cada día huele más a podrido y que nadie desea que retornen a seguir asaltando al Fisco.
El presidente de la república, considerando a los ciudadanos como seres fácilmente embaucables, ofrecía el oro y el moro, por ejemplo, una reforma educacional, cambios radicales en los hospitales, que hoy son un mierdero, eliminar el 7% que los jubilados pagan por la salud, entre otras gangas; tanta promesa empresarial escondía la idea de privatizar convirtiendo el Estado en un mísero ratón.
Los "gerentes del retail", que predominaban en el gabinete de "Napoleón III" han demostrado bastante incapacidad para enfrentar los principales problemas políticos ocurridos durante el primer año de gobierno. Cada vez que se sienten ahogados por un problema, demostrando una nula capacidad de enfrentarlo recurren, como salvavidas, a la mediación de un obispo de la iglesia católica que, gustosamente, se presta para mediar entre las partes involucradas, permitiéndole al gobierno salir del paso en cada brete - así ocurrió con la huelga de hambre mapuche y hoy con el conflicto con la asamblea ciudadana de Magallanes-; la verdad, a la iglesia le conviene jugar este papel de facilitador, pues está bastante desprestigiada por los delitos de pedofolia.
Este gabinete de los gerentes, con el agregado de unas "niñas bien, ¿cóm te a?" que componen la cuota femenina del gobierno, están dando muestras de altos niveles de  descriterio - la reina de las metepatas, Ximena Osandón, empezó colocando la imagen de la virgen en la entrada de la sede de la Junji, y terminó sosteniendo que su "sueldo era reguleque, no más"; por el lado masculino, el ministro Jaime Ravinet no lo hace mejor al sostener, en la Comisión de la Cámara, que el puente mecano "valía callampa", y así suma y sigue.
A quienes no conocen el actuar de gerentes niños y niñitas "bien", les puede causar escándalo este tipo de vocabulario un tanto procaz, pero es el que emplea a menudo la clase alta que, por lógica, hoy más que nunca es dueña del país, que no es más que su tienda. ¿Quién puede admirarse de que el ministro de Defensa haya aprobado una casa por más de un millón de dólares para un general, cuando un alto porcentaje de los chilenos vive en la miseria? Para los miembros del actual gabinete sólo los siúticos pueden expresarse con propiedad y vivir en casas "ley Pereira".
Los políticos de la derecha vociferaban contra este gabinete de gerentillos, ignorantes en política: Carlos Larraín, Andrés Allamand y Pablo Longueira competían en epítetos despectivos hacia los ministros; el último profetizaba que el gobierno de Piñera sería el último de la Centro-derecha, una especie de profecía autocumplida.
Tanto fue el cántaro al agua que terminó por romperse; Piñera vive sólo de las encuestas y cuando éstas le son adversas no le queda sino hacer un giro radical: llamar a dos senadores políticos, Andrés Allamand y Evelyn Matthei, quienes representan a cabalidad a los dos partidos de la Alianza. A su vez, sacando a Ravinet en Defensa, no le queda ningún personajillo que no haya pertenecido, a alguna manera, a la Alianza por Chile.
Con el nuevo gabinete ministerial, la política chilena queda encapsulada en dos versiones miserables de la Alianza por Chile y de la Concertación. A lo mejor, ha llegado el momento de darle una buena patada a ambas

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Partidos políticos o mafias que se reparten el botín del estado


Frente a los últimos acontecimientos,vale la pena reflexionar sobre lo que expone Rafael Gumucio,la decepción se reflejaba hoy en el rostro,de aquellos colegas,que creyeron en el apoyo que le prometieron los políticos,les dejo este artículo para meditar:

Partidos políticos o mafias que se reparten el botín del estado
El sistema político chileno muestra signos de crisis, incluso de agotamiento. La monarquía presidencial, el sistema electoral binominal, los partidos políticos aislados de la sociedad civil, el matrimonio entre los negocios y la política, todos estos elementos juntos constituyen una jaula de hierro, que más temprano que tarde terminará por explotar.

Es cierto que los sistemas políticos, por muy inadecuados que sean, tienen un poder de supervivencia y capacidad de sortear las crisis son mucho más persistentes que los individuos – se dice, con razón, que la muerte no existe en política-. Por condiciones históricas los sistemas políticos chilenos han pervivido muchos años más a los anuncios de su propia decadencia. En Chile hay algo de la idolatría del orden y de pánico al cambio que permite que instituciones agotadas sobrevivan a las crisis.

Se supone que en una democracia representativa el soberano, la ciudadanía, delega el poder a sus representantes, que se canalizan a través de los partidos políticos y de las instituciones republicanas. En las crisis de representación lo que ocurre es que los representantes están completamente divorciados de los electores.

En el caso actual, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista y todas las nuevas agrupaciones posteriores se han convertido en mafias, en agencias de empleo, en propiedad personal de sus presidentes y en grupos de presión, cuyos personajes principales son los lobbistas.

Al socialismo y a los demócratacristianos les ocurre, como a los viejos, que antes de llegar con paso de parada al sepulcro, comienzan a revisar las viejas fotos, en blanco y negro, de sus glorias pasadas..

Aun cuando sus dirigentes no lo quieran ver, socialistas y demócratacristianos tuvieron una magra votación en las elecciones Parlamentarias: los primeros, un 10% y, los segundos, un 14%, que, en el caso de los segundos, los retrotrae a las elecciones municipales de 1961.

En democracia se supone que los partidos políticos tiene por función canalizar las opiniones existentes de la sociedad civil. En todo sistema político la legalidad y el monopolio de la coerción legítima se lleva a cabo en las instituciones democráticas, todas ellas surgidas de la soberanía popular; el actor central debiera ser, siempre, el cuerpo electoral y, con mayor amplitud, el pueblo; estas condiciones no ocurren en las crisis de legitimidad – el representante sólo se representa a sí mismo y los ciudadanos únicamente magullan su desagrado, convirtiendo el voto en un rito, cuyo resultado se sabe de antemano.


Es cierto que en Chile los regímenes políticos se han sostenido durante un largo período histórico: el portaliano, de 1830 a 1891, con dos etapas diferentes – pelucones y liberales-; el de asamblea, de 1891 a 1925; el presidencial, de 1933 a 1973; el de la alianza demócratacristiana-socialista, de 1990 hasta ahora, con un turno de 10 años para cada uno de estos partidos.

En el fondo, si se revisa bien la historia de Chile, a partir de 1860, se observa un equilibrio entre el poder monárquico del presidente y la fronda de los partidos, sea cual sea la Constitución que la rija – la de 1833 y la de 1925-; sólo en el régimen de asamblea (1891-1925), desaparece la monarquía presidencial, y la totalidad del poder reside en la aristo-plutocracia de los partidos – liberales, nacionales, balmacedistas, radicales, conservadores y demócratas-. En el presidencialismo, a partir de 1933, el monarca-presidente siempre dependió de los partidos y combinaciones – radicales, demócratacristianos, socialistas y comunistas- que, en ese tiempo, tuvieron la virtud, al menos, de integrar en su seno a algunas expresiones de la sociedad civil, razón por la cual casi no hubo espacio para partidos sindicalistas, campesinos, femeninos, de jubilados, u otros; los pocos casos conocidos sólo confirman la regla.


Normalmente, en las crisis de representación el actor principal debiera ser el ciudadano, que cuestiona las instituciones periclitadas y carentes de sentido y funcionalidad. El diagnóstico es evidente y compartido por muchos en la actualidad en que el padrón electoral no sólo es viejo desde el punto de vista erario, sino también no da cuenta del universo potencial de trece millones de electores, de los cuales sólo vota siete millones de ciudadanos.

Cuatro personas designan, a dedo, a los candidatos a diputados y senadores, además de repartir a su gusto todos los cargos del botín estatal; dicho cínicamente, basta que se reúnan y concuerden los jefes del partido demócratacristiano, socialista, PPD, radical, RN y la UDI para conformar el nuevo parlamento, lo que no sería muy diferente del famoso “congreso termal” de Carlos Ibáñez del Campo.

Poco importa que el Parlamento, en la actualidad, esté desprestigiado a tal grado que los medios de comunicación se ríen de los diputados, jugando con tan respetable corporación como “el gato maula con el mísero ratón”; cada padre conscripto sabe, muy bien, que tiene su sillón asegurado y todavía no me explico para qué diablo necesita la confirmación de los electores. El rito electoral se ha convertido como territorio de los perros que, con un pipi, asegura que ningún otro canino vaya a invadirlo.

Para ser parlamentario nada más simple que estar siempre callado el loro, ser muy buen amigo y servidor del presidente del partido, jamás protestar por el Distrito que se le designa y asegurarse que por el binominal será elegido. Por último, si por azar no sale elegido – casos muy raros en el sistema actual- hay, como en la lotería, premios de consuelo: puede ser ministro, subsecretario, director de empresas públicas y, si no es muy brillante, ser gobernador, intendente o seremi; aun cuando sea muy chico el Estado, hay para todos; por último, está la empresa privada



Rafael Luís Gumucio Rivas

domingo, 8 de agosto de 2010

Luz roja en educación


Luz roja en educación
“El semáforo” del ministro Joaquín Lavín es una tontería de proporciones: so pretexto de informar a los padres acerca de los resultados en el SIMCE de las escuelas donde estudian sus hijos, marcan, en cada barrio, con luz verde aquellos colegios con más altos puntajes, que siempre coinciden con los estratos más ricos.
Con luz amarilla, los colegios de “clase media”; con luz roja, los colegios que, casi siempre, corresponden a los sectores más pobres. En el fondo, el “semáforo” corresponde a una concepción elitista de la educación que segrega, como el “apartheid, a los pobres señalándoles con el dedo y la luz roja.
En el mismo plano teórico se puede ubicar la idea de los famosos 50 “liceos de excelencia”, cuyas pretensiones se orientan a separar los buenos alumnos y profesores de cada provincia o comuna, de aquellos deprivados cultural y económicamente.
La encuesta CASEN está siendo entregada de a poco - cada día un tema – algo así como las antiguas novelas por entrega o remedios homeopáticos: primero, anuncian el golpe de la pobreza, que aumenta de un 13,7% a un 15,1%, nada menos que 300.000 nuevos pobres, y el verdadero número, si se aplicara el método del ministro Felipe Larraín, sería de 4.000.000 de pobres en vez de 2.000.000; al otro día se informa sobre la desigualdad, que demuestra que el 10% más rico tiene ingresos de 46 veces más que el 10% más pobre; el miércoles 4 de agosto, los mensajeros Joaquín Lavín y Felipe Kast dan a conocer los pésimos resultados en educación.

La verdad es que uno termina por agotarse al tener que difundir tantos resultados negativos, lo que es similar a la música fúnebre que, hace mucho tiempo, enterró a nuestro sistema educacional; más allá de que las pruebas SIMCE sean una muestra puramente cuantitativa y de la mala calidad para medir los resultados en nuestras escuelas, cada año se repiten temas tan evidentes como que la educación no sólo es una consecuencia de nuestro monstruoso sistema social, sino que también colabora, muy activamente, en hacer crecer la inaceptable brecha entre ricos y pobres. Cada vez que se dan a conocer los resultados de esta prueba, no hacen más que confirmar que la educación es un descomunal desastre y un sistema inicuo, que hace cada vez más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

La encuesta CASEN no aporta nada nuevo: es evidente que en el Chile neoliberal, regentado antes por la Concertación y, ahora, por la Coalición, un profesional universitario gane tres veces más que un egresado de enseñanza media – éste ganaría un ingreso equivalente a 700 dólares, mientras que el profesional universitario devengaría 2.100 dólares-; nueve de cada diez estudiantes tiene la posibilidad de entrar a la universidad si su padre posee un título profesional; dos de cada diez alumnos podría entrar a la universidad si su padre tiene sólo la enseñanza básica.
El 30% de las madres adolescentes abandona el colegio, lo cual es muy grave porque, desde ya, estas jóvenes madres se hunden cada vez más en la pobreza. Como lo he sostenido en muchos artículos, “Infante” seguirá ocupando el cargo de gerente y “Machuca” tendrá que seguir lavando pisos; sólo los tontos creen que el sistema educacional chileno es capaz de nivelar la cancha.
Con gran fanfarria, los mismos técnicos educacionales de siempre alaban el aumento de la escolaridad promedio de 10,2% en 2006, a 10,4% en 2010. Nadie discute que se ha mejorado en la cobertura – y era que no pues los años no pasan en vano – pero en calidad hemos retrocedido respecto a nuestras mejores épocas de reforma educacional.
Mientras no se emprenda una verdadera revolución educacional todo seguirá igual, sólo pequeños cambios, pero en una dirección elitista equivocada, como la que está siguiendo el ministro Lavín – sabemos que es amigo de medidas espectaculares que terminan, finalmente, desinflándose; para qué recordar “las playas”, “los campos nevados”, los “botones de pánico”, “el plan pololo”, y otros experimentos geniales, parecidos a los del famoso profesor Jerry Lewis.
Toda revolución educacional o de salud requiere, en primer lugar, recursos que permitan sentar las bases de cambios sustanciales como, en el caso de salud, hospitales de calidad con dotaciones suficientes y dignos servicios al usuario, formación de especialistas que sirvan en salud primaria y en hospitales; en educación, es necesario cambiar, radicalmente, los programas para preparar a los futuros formadores en auténticas competencias docentes.
Todas estas reformas serían una utopía si no se aumenta, en forma geométrica, el per capita en salud – que actualmente es apenas de 300 dólares, y que debe llegar, al menos, a mil dólares, es decir, debe ser triplicado. En el caso de educación, el abismo es aún más grande: la subvención por estudiante llega sólo a $38.000 – la de sectores más vulnerables $68.000 – si consideramos que un alumno de colegios particulares pagados cuesta a sus padres entre $300.000 y 400.000 por mes; esta diferencia bastaría para explicar el por qué el 96% de estos alumnos tiene probabilidades de llegar a la enseñanza superior y culminar sus estudios.
Sería torpe sostener que no existen recursos para emprender tan radical cambio, la verdad es que falta voluntad política y ésta desidia y entreguismo que hundió a la Concertación debe dar luces para enfrentar, de una vez por todas, la catástrofe en salud y educación. Estoy convencido de que Chile puede invertir suficientes recursos para triplicar el per capita en salud y elevar la subvención por estudiante, al menos, a $150.000, en un solo año, y no como su duplicación en cuatro años, como lo propone el presidente Piñera.

Rafael luís Gumucio Rivas

jueves, 15 de julio de 2010

VIEJOS, POBRES, SOLOS, ENFERMOS Y MALTRATADOS: APARTHEID A LA CHILENA


VIEJOS, POBRES, SOLOS, ENFERMOS Y MALTRATADOS: APARTHEID A LA CHILENA
RAFAEL LUÍS GUMUCIO RIVAS
Poco tienen que ver los excelentes indicadores económicos, como el caso del 7% del Imacec del mes de mayo con la realidad que viven los ancianos, los pobres, enfermos y maltratados. Como siempre, en nuestra los dos Chiles permanecen a pesar de los cien años transcurridos y tanto triunfalismo económico que los tenores neoliberales, sean estos de Expansiva o de L y D. Nuestro sistema de salud público viene arrastrando un colapso que cada invierno se repite; a pesar de la denuncia de la Prensa, al fin y al cabo, nadie hace nada. Es la misma indiferencia de la oligarquía ante las críticas del Centenario, que hoy mantienen la misma validez que hace cien años.
Serie largo de enumerar las muertes y desatenciones, producto de negligencias médicas, carencia de especialistas, falta de insumos y de camas e infraestructura que responda a unas prestaciones de mínima dignidad y respeto hacia a la persona humana. Caer en un servicio de urgencias equivale a visitar los infiernos: seres humanos apiñados en poco espacio esperando horas y, a veces, días, para ser atendido; lo más grave, reconocido por el mismo ministro de Salud, es el mal trato dado a quienes padecen alguna enfermedad o riesgo de vida.
El 75% de nuestra población tiene que recurrir al sistema público de salud corriendo el riesgo de tener que sufrir insultos, prepotencias y desprecio de funcionarios públicos, cuya misión debiera ser el auxilio y, sobretodo, la consideración a quien en situación de extrema vulnerabilidad y dolor. Nada justifica la cosificación de los pobres por el solo hecho de serlo: el trato despectivo y de patrón prepotente constituye una verdadera cachetada a los ciudadanos, quienes tiene derecho a una buena prestación de salud.
Los casos, dados a conocer por la Prensa, son lo suficientemente graves para iniciar urgentes acciones que permitan una verdadera revolución en nuestro sistema de salud - en el hospital El Salvador murieron dos personas en Urgencias, Carla Gómez, de 61 años, que había sido dada de alta, y Omar Neira, de 76 años, esperando ser atendido-; para colmo, el jefe del área de dicho centro declaró que era normal que la gente muriera en los hospitales - como si estos fueron tanatorios, en vez de sanatorios, o un matadero, como ocurría en los Hospitales del Centenario
Es cierto que los funcionarios de salud están muy mal pagados y tienen que cubrir turnos agobiantes, en locales colapsados, son también víctimas de un sistema de salud que ha demostrado incapacidad para atender dignamente a una población, cuyos índices de crecimiento son cada vez mayores. El costo en salud por persona es completamente insuficiente para cubrir las necesidades que, al igual respecto a la subvención educacional, debe ser multiplicado por diez si se quiere el sistema cumpla mínimamente con sus obligaciones frente a la población.
Aprovechemos la fecha del Bicentenario que se aproxima para emprender una revolución en salud y educación, que haga de Chile un país digno y no esta "Fenicia" donde reina el "aparthied" para viejos, pobres, solos y enfermos y, para más remate, mal tratados

miércoles, 16 de junio de 2010

LA EDUCACIÓN Y LA SALUD SON LAS DOS LACRAS DEL CHILE DEL BICENTENARIO

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12 Junio 2010

LA EDUCACIÓN Y LA SALUD SON LAS DOS LACRAS DEL CHILE DEL BICENTENARIO.
Chilenos sin recursos: no se les vaya a ocurrir enfermarse en pitutocracia
Los escándalos en la salud se suceden a un ritmo vertiginoso; para sólo citar algunas de las chambonadas, recuerdo el cambio de guaguas, en el hospital de Talca que, a pesar de todas las intervenciones gubernativas, el público no sabe si calificarlo como un sanatorio o un tanatorio - dicen que los pobres habitantes de la VII Región tiemblan de miedo si les ocurre la mala suerte de enfermarse-; el hospital de Curepto - elegante y nuevo y rosadito, inaugurado con enfermos imaginarios de Molière, como preparación para la visita de la Presidenta, engañada al igual que Catalina II, en las famosas Aldeas Potemkin-; luego vino el desorden en las muestran del examen del sida; el paseo de los ratones en el viejo hospital de El Salvador; la colusión de las farmacias; la muerte de madres en el hospital Félix Bulnes, sin contar los retardos en la aplicación del plan Auge y la precaria infraestructura de algunos hospitales. Piense el lector que el hospital de El Salvador, que atiende a todo el Santiago Oriente, fue inaugurado en el período de Federico Errázuriz Zañartu, en la segunda mitad del siglo XIX. No falta quien piense que es preferible morir antes que caer un hospital, sobretodo si se es pobre.
Tan desastrosa es la salud pública que cuando creíamos olvidadas horrores médicos, que significaron pérdidas de vidas jóvenes e innumerables daños para la población, estalla un nuevo escándalo en la Cenabast - abastece de medicamentos y otros insumos a los hospitales de Chile- como si nada, se descubre en la bodega central fecas de ratón, jeringas con hongos, medicamentos vencidos y mal rotulados, vacunas inutilizadas porque no se respeta la temperatura adecuada, entre otras fallas. Se amenaza siempre con sumarios que, al final, quedan en nada y constituyen una monstruosa burla para las víctimas y que a veces no se sabe distinguir si es negligencia, error humano o consecuencia del pitutaje generalizado, que reparte direcciones de hospitales y consultorios entre los militantes de los partidos en el poder, sin exigir las competencias necesarias para el cargo. Ya se han convertido los baños del hospital San Josè en maternidades y las salas de espera en lugar de muerte de un adulto mayor. no hay derecho esto es un maltrato incalificable perpetrado por el estado y merece al menos una acusación constitucional a los responsables
El desastre que describo no es nada nuevo: leyendo Santiago de Chile, de mi profesor Armando de Ramón, encuentro los siguientes párrafos:
"Los hospitales, durante el período colonial y luego en el siglo XIX, habían sido hechos para atender a los pobres. Jamás un miembro de las clases acomodadas iría curarse a uno de ellos...El Doctor Germán Valenzuela Basterrica decía que a los enfermos no se les cuida sino que se les descuida...El Doctor Lucas Sierra "a los enfermos se les deja morir". En este ambiente, las epidemias prosperaban y causaban terribles estragos entre la población, tanto hospitalaria como del resto de la ciudad".
"Un periódico llegará a decir en 1910 que "no creemos que exista hoy en el mundo una aglomeración humana que se halle en condiciones más horribles que las que hoy atraviesa la capital de Chile" (De Ramón, 2007: 170-171).
El estado sanitario de Santiago era tan monstruoso y repugnante que, año a año, la población era diezmada por distintas pestes - la bubónica (Peste Negra), la fiebre tifoidea, el cólera, la viruela, el sarampión...-. Incluso, Joaquín Edwards Bello nos aporta un interesante relato que describe un despreciado sector del Cementerio General,
Destinado a los apestosos, que nadie se atrevía a visitar.
En 1910 moría el 31,6 por ciento de la población, es decir, casi un tercio de los chilenos; había ciudades como Curicó y San Felipe, cuya tasa de mortalidad era superior a la ciudad de Bombay; Valparaíso, Talcahuano y la Serena, a Calcuta. Según el periodista Tancredo Pinochet, Chile era un verdadero matadero.
Casi la mitad de los niños nacidos vivos moría antes de los cinco años; la fiesta del "angelito", además de convertirse en una borrachera, demostraba la verdadera mortandad de inocentes, en el Chile del Centenario.
Uno de los grandes méritos de uno de los mejores presidentes de Chile, Salvador Allende, es haber denunciado el desastre del sistema de salud chileno y, a su vez, como Ministro de Salud de don Pedro Aguirre Cerda, haber iniciado una de las reformas más profundas de lo que puede llamarse un sistema de medicina social que, a pesar de la carencia de recursos, alcanzó altos niveles de calidad en el período republicano, lamentablemente destruido por los fenicios que pululan en la política pitutocrática.
Bibliografía:
De Ramón, Armando, Santiago de Chile, historia de una sociedad urbana, Catalonia, Santiago, 2007.

jueves, 11 de junio de 2009

Estado Docente Descentralizado

El Chile neoliberal está muy lejos de ser un país descentralizado; por cierto que no basta con la elección de consejeros regionales, ni siquiera con la meta más alta en el sentido de que los intendentes y gobernadores surjan de la soberanía popular; se hace necesario el impulso de políticas más audaces para llevar a cabo una verdadera regionalización.

En el fondo, las municipalidades además de disímiles en cuanto a recursos y conectividad, demuestran serias dificultades en la gestión de la educación: no es lo mismo una escuela Básica o un Liceo en las Condes o en Providencia que en Pudahuel, San Miguel, Cerro Navia. La municipalización no ha hecho más que aumentar la segregación en nuestro sistema educacional, que prueba que la herencia de Pinochet ha sido un verdadero fracaso.

Las escuelas y liceos municipales no constituyen ninguna novedad en nuestra historia de la enseñanza: los conservadores, partidarios de la libertad de enseñanza durante la república parlamentaria aplicaron, radicalmente, la famosa comuna autónoma, utopía suiza del líder conservador marqués de Irarrázabal, para oponerse al famoso Estado docente. De más está decir que esa supuesta municipalización no sólo llevó a la corrupción, sino también al más absoluto fracaso, pues las corporaciones edilicias estaban podridas a causa del clientelismo y la influencia de los gamonales locales.


Me permito dudar de la eficacia respecto a la inversión de los 600 millones de dólares en municipalidades, que han demostrado ser bastante ineficientes en la gestión de la educación pública; incluso, algunos alcaldes –entre ellos el de Valparaíso- son partidarios de entregar las escuelas y liceos a administración del Ministerio del ramo. Es cierto que en la rica tradición del socialismo chileno está la idea del poder comunal y de una amplia descentralización del Estado: baste leer la Constitución socialista, propuesta por Luís Emilio Recabarren, a comienzos del siglo XX, sin embargo, hoy por hoy, el neoliberalismo ha destruido toda expresión de participación y aun mas de poder popular, ubicado en las comunas. En todos los planos de la vida ciudadana se hace necesario un mayor protagonismo del Estado en diferentes ámbitos, como el transporte, hoy regentado por los bancos y empresas privadas; lo mismo ocurre con la educación municipal y privada. Si nos referimos solamente a la calidad de los aprendizajes, estos son notoriamente deficientes tanto en las escuelas municipales, como en las particulares subvencionadas. Creo que no basta con aumentar el aporte del estado -lo que es muy loable- si siquiera con el control de calidad por medio de la Superintendencia de Educación, sino que se requiere de una cirugía profunda que, en el caso chileno, es la formación de un Estado docente descentralizado.


Después de múltiples reformas, que constituyen verdaderos parches, hemos podido comprobar que el resultado de los programas focalizados del Ministerio de Educación, como el P-900 y los respectivos Meces, han sido bastante pobres. Es evidente que un sistema mixto, tan complejo como el chileno, en que la administración de las escuelas reside en las municipales y en los privados, el rol del Ministerio de Educación, además de magro, tarde o temprano tenía que caer en la más completa ineficiencia. Pienso que sería mejor sincerar la situación entregando al Estado la tutoría y administración de las escuelas públicas, centrando la inversión de los cuantiosos fondos destinados a las escuelas, a aquellas que deben cumplir una función educativa de calidad, destinada a los más pobres.

Es cierto que la Superintendencia tendrá derecho a cerrar los establecimientos educaciones, cuyos resultados sean deficientes, sin embargo, los indicadores de calidad, como el Simce y la PSU, están basados en el concepto gerencial de calidad total que he analizado, latamente, en artículos anteriores. Por cierto estas mediciones, especialmente cuantitativas, se contraponen a una concepción liberadora de la educación popular.

A mi entender, la formación del docente sigue siendo el elemento eje para combatir la segregación y mala calidad de la educación. En los primeros años de la educación pública rural y de las comunas pobres de las grandes ciudades deberían destinarse los mejores profesores, con sueldos acordes a su excelencia académica y estabilidad laboral, -que la derecha quiere destruir derogando el estatuto Docente - para provocar aprendizajes significativos y de calidad, desde la más tierna infancia. Las escuelas pedagógicas. Además de tener docentes de calidad y con verdadera vocación, deberían centrarse en la promoción de cualidades docentes. Si a esto agregamos la formación de consejos escolares, dotados de poderes normativos que les permitan gestionar la escuela, tendríamos una educación participativa, democrática, igualitaria y liberadora, aspectos centrales de lo que me atrevo a llamar Estado docente descentralizado.