Figura del malditismo literario
La invención de Bolaño: Mito, prestigio y una buena foto de juventud
Relevo generacional, estrategia de
marketing y tenacidad literaria, la obra del chileno Roberto Bolaño
sigue dando de qué hablar incluso (o sobre todo) a pesar de lo
propiamente literario.
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No sorprenderá a nadie decir que el medio literario opera a la manera de un mercado: el mercado no definido solamente con imperativos dudosos de valor, con prestigios vaporosos o francamente ruines, sino como un sistema que regula la visibilidad y el acceso a las formas terrestres del prestigio literario, llámense premios, becas o publicaciones. El mercado olvida o consagra, pero también olvida y consagra: pasó con don Luis de Góngora, con Benito Pérez Galdós, con Antonio Machado e incluso con Federico García Lorca. A pesar de que la leyenda afirme que Victor Hugo lo llamaba “niño Shakespeare”, era muy poco probable que el nombre Arthur Rimbaud fuera reconocible para nadie en la segunda mitad del siglo XIX.
Pero el mercado también tiene un hueco
para la figura del maldito: más allá del talento literario, una
biografía interesante puede crear a priori la sensación en el lector de
que sabe de qué va la obra de un escritor. Tendemos a catalogar, es
decir, a definir. No es necesario llegar a los juicios sintéticos
kantianos: el vox populli es un inventario siempre disponible de
referencias preconcebidas de fácil acceso. Por ello, cuando el público
estadunidense supo de un chileno que fue encarcelado en su país a pocos
días del golpe de estado de Pinochet, que viajó por Latinoamérica
conjurando las hondas sombras del Ché Guevara, que instigó un movimiento
literario, el infrarrealismo, con reconocibles reminiscencias Beat y
que además de morir en circunstancias evitables durante su temprana
madurez dejó una obra vasta y digna de leerse y releerse, la seducción
era inevitable. Incluso en Latinoamérica su suerte es varia: amamos
odiar a Roberto Bolaño.
Horacio Castellanos Moya escribió recientemente sobre un ensayo
próximo a publicarse que aborda precisamente las razones mercantiles –es
decir, extraliterarias– del prestigio que Bolaño ha adquirido
rápidamente. La profesora Sarah Pollock de la City University de Nueva
York escribió “Latin America Translated (Again): Roberto Bolaño’s The
Savage Detectives in the United States”, a aparecer en el próximo número
de la revista trimestral Comparative Literature donde, sin menospreciar
la obra de Bolaño, aporta una explicación esperable sobre este boom
personal, y una lectura no tan esperable sobre las razones del mercado
anglosajón para acoger a uno de los hijos más incómodos de Chile.
“Bolaño”, escribe Pollock, “aparece ante el lector (estadounidense),
incluso antes de que uno abra la primera página de la novela, como una
mezcla entre los beats y Arthur Rimbaud, con su vida convertida ya en
materia de leyenda.” Castellanos Moya confirma esa impresión al recordar
cómo la editorial New Directions tuvo a bien editar la novela en inglés
con una foto de Bolaño a los 27 años, donde con el cabello revuelto y
la chamarra de cuero recuerda más al Arturo Belano de Los detectives
salvajes que al hombre maduro de incipiente calvicie que efectivamente
escribió la novela.
Por otra parte, la literatura latinoamericana en Estados Unidos se
encontraba, a finales de los 90, con un importante vacío en términos de
desplazamientos editoriales. El Boom protagonizado por Carlos Fuentes,
Gabriel García Márquez y Julio Cortázar casi medio siglo antes y que
popularizó una visión de la literatura latinoamericana asociada a otra
marca registrada, el realismo mágico, necesitaba un relevo generacional
reconocible que grupos literarios (insistamos, marcas registradas) como
McOndo o el Crack no conseguían llenar. Muchos podemos gustar de los
cuentos de Ignacio Padilla y evitar como la plaga todo lo que venga de
Jorge Volpi, pero Castellanos Moya tiene razón cuando afirma que novelas
ambientadas en la Alemania nazi no son lo que el público estadunidense
espera leer al abrir un libro de un escritor latinoamericano (entre
paréntesis, hay que notar la ironía de que parte de 2666 de Bolaño esté
ambientada precisamente en los periplos de Benno von Archimboldi en la
Segunda Guerra Mundial.)
Para los editores estadunidenses el asunto era claro: se precisaba un
relevo más o menos reconocible sobre el relato costumbrista al sur del
Río Bravo; una variación sobre el tema latinoamericano que conservara el
misticismo y folclor que Ginsberg, Kerouac, Burroughs e incluso Artaud o
Humboldt antes que ellos buscaran en México. Bolaño era el candidato
perfecto: Los detectives salvajes permite acceder a referentes
historizables sobre la vida literaria en la Ciudad de México en la
década de los 70, con sus pugnas, sus encontronazos, sus cabecillas
visibles y sus figuras míticas ensombrecidas bajo el relumbrón (caso
Mario Santiago), aderezada con un catálogo de nombres que sirve además
como inventario de literatura abreviada para el neófito. Una novela de
época con la suficiente distancia histórica para hacerla atractiva y con
la suficiente cercanía para sentirse partícipes. La fórmula perfecta.
El road trip que promete Los detectives salvajes casa muy bien con
las expectativas del mercado estadunidense; una versión tropical de On
the road de Kerouac. Pero hay un elemento más. Según Pollock, Los
detectives… puede leerse también como un “cuento de advertencia moral”,
pues ”está muy bien ser un rebelde descarado a los diecisiete años, pero
si uno no crece y no se convierte en una persona adulta, seria y
asentada, las consecuencias pueden ser trágicas y patéticas. Es como si
Bolaño”, concluye la profesora, “estuviera confirmando lo que las normas
culturales de Estados Unidos promocionan como la verdad”.
Aunque Bolaño sigue ganando lectores y detractores a causa de sus
innegociables gustos y polémicas declaraciones, habría que rescatar un
argumento de Gabriel Zaid a respecto del gusto por el malditismo en
artes. Los artistas crean precisamente a causa de la salud de su
creatividad, no de los diversos derroteros de la enfermedad. Van Gogh es
Van Gogh porque pintó esos cuadros tan feos que le gustan a tanta
gente, no porque se hubiera cortado un pedazo de oreja; Burroughs es
Burroughs porque escribió Naked lunch, no por haberle disparado a su
mujer. Podríamos seguir así con Mailer, Genet, Maiakovski y tantos más.
Curioso que Roberto Bolaño, el escritor de disciplina espartana, el que
no bebía alcohol salvo en contadas ocasiones, el buen padre de familia,
el doméstico habitante de un pueblito español de provincias figure en
los anaqueles del malditismo literario. Curioso, pero no inesperado.
Cuando la obra es buena (es decir, relevante, vigente a través de
distintas generaciones de lectores, imaginativa, difícil pero
transitable, ligera pero retadora o cualesquiera argumentos que
constituyan la calidad literaria), encuentra a sus lectores. Y un
bolaño, después de todo, es una bala de cañón. Al final todo el asunto
de la trascendencia se cifra en eso: en un lector (hipócrita, decía
Baudelaire, de gusto voluble y particular) pase páginas y páginas sin
que el asombro disminuya.