Con extractos del libro "Los secretos del imperio de Karadima"
Publicado: 12.07.2012
Al
cumplirse dos años desde que la Congregación de la Doctrina de la Fe
diera inicio en el Vaticano al proceso penal administrativo en contra
del sacerdote Fernando Karadima, CIPER entrega a sus lectores dos
extractos del libro “Los Secretos del Imperio de Karadima”
ilustrados con fotos inéditas de los viajes del sacerdote por Europa.
El primero de los textos explica la importancia que tenían estos viajes
en los abusos que llevaba a cabo el sacerdote sobre los jóvenes de El
Bosque, de los cuales era el guía espiritual. El segundo extracto
describe la formación que tuvo Karadima y cómo dominó y maltrató a su
propia familia, tal como lo recuerda su hermano Óscar en una entrevista
reciente en CIPER. El libro “Los Secretos del Imperio de Karadima” es el
resultado de una alianza entre la Escuela de Periodismo de la
Universidad Diego Portales, Editorial Catalonia y CIPER. Actualmente
está en su cuarta edición.
Vea entrevista a Óscar Karadima: “Entiendo y me hago parte del sufrimiento de las víctimas de mi hermano”
LOS VIAJES
Uno de los usos conocidos que Fernando Karadima le daba a las
donaciones de los fieles de su parroquia eran los viajes que con un
grupo de sus predilectos emprendía cada año preferentemente a Europa. El
sacerdote era siempre el principal financista de esas excursiones que a
veces duraban tres meses. Del Viejo Continente, su destino favorito,
volvía cargado de regalos santos y de relojes. Y nunca olvidaba pasar
por alguna tienda de lujo para comprarle un regalo a su madre.
Un hermano del sacerdote recuerda que el primer tour lo hizo en 1961
en barco. Toda la familia lo fue a dejar a Valparaíso. Karadima se había
ordenado hacía apenas tres años. Su madre y sus hermanos vivían en una
casa en El Bosque con todas sus necesidades cubiertas, gracias a la
buena voluntad de Alejandro Huneeus el párroco de esa iglesia.
Evidentemente el sacerdote no podía pagarse un viaje como ese al que por
entonces sólo accedía la clase alta. Nadie tiene claro cómo se lo
financió. Pero es claro que Huneeus, que por entonces gobernaba El
Bosque sin contrapeso, autorizó la partida de Karadima esa vez y los
años siguientes, pues desde entonces Karadima no paró más de viajar.
Pero esos no eran los viajes importantes, sino los otros, los que
organizaba con los jóvenes más cercanos a los que convencía que tenían
la marca de la vocación.
En 1971, durante su gira anual pasó a ver a su hermano Óscar, el
único de todos los Karadima que terminó el colegio y que estudiaba en
Inglaterra. Lo acompañaron su madre y Felipe Bacarreza. El mismo grupo
se repitió en la expedición que Karadima organizó a Estados Unidos el
verano de 1974, cuatro meses después del Golpe de Estado. Bacarreza,
quien más tarde sería obispo y que no fue citado a declarar por ningún
tribunal pese a haber sido un «favorito» de Karadima, también lo
acompañó en su viaje a Egipto en 1978, junto a sus entonces otras
«regalías máximas»: el doctor Jorge Álvarez y Gonzalo Tocornal.
Un año antes, el actual obispo castrense Juan Barros también fue
incluido en el tour. Barros relató ante la justicia: «Entré a estudiar
Economía e ingresé al Seminario el año 1977, después de un viaje a
Estados Unidos que duró un mes, junto al padre Karadima, el actual
obispo de Talca Horacio Valenzuela, el hoy obispo Felipe Bacarreza y
Guillermo Ovalle».
Los viajes con sus seguidores no eran solo de recreación, sino que
tenían un rol central en la estructura que diseñó Karadima para
controlar la voluntad de quienes le interesaban y se ponían a su
alcance. Cuando llegaba un joven nuevo, una de las primeras cosas que
presenciaba eran las conversaciones en el comedor de El Bosque sobre los
viajes pasados, las anécdotas y los encuentros místicos en las iglesias
europeas. En esas mismas conversaciones Karadima comenzaba la
planificación del siguiente tour, establecía los recorridos, hacía la
lista de los hombres y mujeres santos con los que se confesarían y de
sitios sagrados donde harían misa y, finalmente, elegía a sus
acompañantes. Hamilton, que nunca había viajado fuera de Chile oía estas
historias y se preguntaba «¿por qué no me invita, si soy tan cercano a
él?». Lo pensaba a pesar de que ya había empezado a ser abusado.
Esa función instrumental de los viajes la intuyó el promotor de
Justicia Eliseo Escudero cuando recomendó al Arzobispo Francisco Javier
Errázuriz hacer una auditoría de los dineros de la Parroquia El Bosque, y
del uso que se les dio para promover los abusos. El sacerdote se
refería a los viajes que le habían narrado James Hamilton y José
Murillo. El primero fue a Estados Unidos con Karadima y con Gonzalo
Tocornal y Karadima no reparó en gastos. Según contó la madre de James
al tribunal, su hijo no tenía dinero para costearse ese viaje y el
sacerdote lo pagó todo. Incluso lo llevó a recorrer Manhattan en
helicóptero.
Un paseo como ese en los años 90, debió hacer sentir a Karadima
todopoderoso y al joven, muy afortunado. Durante ese viaje Hamilton
compartía la habitación con Gonzalo Tocornal, pero muchas madrugadas
debía pasarse a la pieza del sacerdote y amanecía con él.
El tour de José Murillo tuvo como excusa la ceremonia de
beatificación de Alberto Hurtado en el Vaticano. Aprovecharon el viaje
para recorrer Alemania, Austria y partes de Italia. Aunque Karadima no
se propasó en ese momento, pues el acoso empezó de regreso en Santiago,
Murillo entendió después que esa invitación —donde el sacerdote pagó
todo — había sido parte de un proceso para hacerlo aceptar el abuso que
vendría.
Karadima usaba los viajes para que los jóvenes rompieran con sus
familias, como en el caso de Francisco Prochascka, a quien obligó a
partir con él y sólo le permitió avisarles a sus padres cuando ya
estaban en Argentina rumbo a Europa. Incentivando la rebeldía juvenil,
hizo algo parecido con Gonzalo Tocornal, cuando la familia del joven se
negó a financiar el periplo y Karadima incentivó al muchacho para
conseguir parte de la herencia de su abuelo y hacer su voluntad.
Con Morales y el sacerdote Eugenio de la Fuente fueron también a las
cataratas de Iguazú, a las que llegaron por el costado de la frontera
paraguaya. Karadima cumplió así con un deseo largamente acariciado pues
había ido a Paraguay a visitar a Juan Luis Bulnes Ossa cuando éste huyó a
ese país después de atentar contra la vida del comandante en jefe del
Ejército, René Schneider, pero no llegó hasta las cataratas.
Así como viajar con Karadima metía a los jóvenes definitivamente en
su mundo, negarse a ir con él era una forma de salir de su influjo. De
ese modo se alejó Hans Kast, quien poco antes de partir a un nuevo viaje
a Europa le dijo por teléfono que no lo acompañaría. Karadima gritaba
al otro lado del auricular, pues seguramente contaba con pasar algunos
días en la casa de la familia de Kast en Alemania. Al colgar, Kast se
sintió por primera vez aliviado.
El mismo efecto producía iniciar un viaje por iniciativa propia,
persiguiendo las obsesiones personales y no las de Karadima. Ese fue el
caso del entonces vicario de El Bosque, Eugenio de la Fuente, quien pese
a la oposición del sacerdote realizó un viaje a Polonia solo, para
conocer los lugares importantes en la vida de Juan Pablo II, a quien
admiraba. Karadima se opuso con fuerza, criticó su obsesión por el Papa,
pero De la Fuente insistió y le desobedeció.
Desobedecer, hacer el propio camino, era la forma de liberarse de Karadima.
LA FORMACIÓN
Uno de los grandes secretos de Fernando Karadima es que no terminó el
colegio. Llegó solo hasta segundo de humanidades Humanidades en el
Instituto Alonso de Ercilla de Santiago, lo que equivale a octavo básico
de hoy. Tenía entonces 16 años, por lo que iba bastante atrasado en sus
estudios cuando los abandonó. Según los registros del colegio, en
diciembre de 1946 se presentó a sus últimos exámenes con las siguientes
notas: Matemáticas, 4; Ciencias Naturales, 3; Castellano, 3; Historia,
3; Francés, 3; Inglés, 2; Música, 4; Trabajos Manuales, 3; Historia del
Arte, 3; Educación Física 4 . (Ver originales de los certificados de notas de Fernando Karadima)
Su calificación más elevada fue un 5 en Religión. Enrique Mc Manus,
un compañero de esos años, recuerda que los Hermanos Maristas que
dirigían el colegio «te ponían un 7 en Religión si ibas a misa». Raúl
Mella, otro compañero, precisa que «era difícil que te fuera mal porque
los curas estaban muy pendientes de los alumnos y te hacían ir a
reforzamiento los miércoles y también los sábados».
A pesar de eso, Karadima estaba entre los alumnos con peor promedio.
A fines de diciembre de 1946, antes de rendir todos los exámenes,
Fernando Karadima cayó enfermo. Le diagnosticaron «complejo primario»,
una infección pulmonar parecida a la tuberculosis que se le complicó y
lo obligó a guardar cama durante casi un año. Cuando se recuperó, ya no
volvió al colegio. Tenía casi 18 años y empezó a trabajar en una
lechería que durante un tiempo tuvo su familia en Manuel Montt con
Irarrázaval.
A un amigo de esa época, que luego fue feligrés suyo, le contó que
tenía una vida muy dura, que se levantaba temprano y no paraba de
trabajar hasta la noche.
La parte real de esa historia es que a los 16 sí rezaba con fervor,
pues estaba a punto de repetir octavo y su padre le había advertido que
de ser así tendría que trabajar en lo que fuera. La parte falsa es que
no conoció al jesuita Alberto Hurtado sino mucho después y de manera más
superficial de lo que a él le gustaba decir.
Justamente sobre su padre, Jorge Segundo Karadima Angulo, contaba
otra historia bastante extraña. Decía que en 1949 sufrió un ataque
cardiaco fulminante y que él salió a la calle a toda carrera a buscar un
doctor. Sin embargo, en la puerta de la casa se encontró a un sacerdote
y entendió que en ese hallazgo había un mensaje: era más importante
salvar el alma que el cuerpo. Regresó a casa con el presbítero y cuando
salía nuevamente a buscar al médico, su padre murió.
Con esos relatos Fernando Karadima pretendía hacer creer a los
jóvenes que lo admiraban, que Dios había estado siempre a su lado,
guiándolo. A la vez protegía su verdadero milagro: cómo había logrado,
con su precaria educación y casi sin contactos sociales, dominar al
sector más conservador de la sociedad chilena y quedar a cargo de formar
espiritualmente a sus hijos.
De acuerdo a los datos públicos disponibles, Jorge Segundo Karadima
Angulo era hijo de un inmigrante griego llamado Jorge Karadima Franco.
En los años en que Fernando fue un cura famoso y respetado, uno de sus
siete hermanos intentó seguir la huella de la familia en Grecia, pero
solo descubrió que originalmente el apellido terminaba en «s». No pudo
precisar ni cuándo llegó al país ese primer Karadimas, ni la zona de la
que venía. Y tuvo que admitir que la familia partía con su padre y que
más atrás los Karadimas se perdían en las sombras de la historia.
Karadima Angulo trabajó en eso durante 10 años, hasta que en 1918 no
le renovaron el contrato. Se desconoce qué hizo a partir de entonces.
Solo reapareció en 1927 como miembro de un tribunal de arbitraje en La
Ligua, ciudad donde vivía la que sería su esposa, Elena Fariña Amengual.
Elena era la mayor de cuatro hermanos. Cuando se casó con Jorge en 1927, ella tenía 28 años y él casi 40.
A diferencia de su esposo, Elena Fariña sí podía remontarse en su
historia familiar por lo menos tres generaciones y encontrar un pasado
del que se enorgullecía y jactaba, situación que marcó su personalidad
en muchos aspectos.
En la parte más brillante de ese pasado estaba su abuelo materno,
Santiago Amengual Balbontín, uno de los héroes de la guerra contra la
Confederación Perú-Boliviana y también de la Guerra del Pacífico.
Conocido como el Manco Amengual, comandó el regimiento Esmeralda, más
tarde bautizado «Séptimo de Línea», en cuya historia se basó la novela
homónima de Jorge Inostrosa.
Hasta fines del siglo XIX la suya era una familia influyente y
acomodada, pero en la revolución de 1891 el general salió en defensa del
Presidente José Manuel Balmaceda. Tras la derrota, saquearon las
propiedades de los Amengual y ellos fueron relegados socialmente. Aunque
tiempo después Santiago Amengual fue reconocido como el héroe que era,
el apellido comenzó a declinar. Y muchos descendientes terminaron
viviendo literalmente de su memoria reconocida por el Estado, pues las
hijas y nietas del héroe tenían derecho a pensiones de gracia. Ese fue
el caso de dos hermanas de Elena que solicitaron el beneficio fiscal
debido a su frágil situación económica.
De joven, Miguel Fariña entró al Seminario y aunque finalmente optó
por la vida laica, lo que aprendió de latín y de religión le permitió
ejercer como profesor en la escuela de La Ligua. Su condición era tan
precaria, sin embargo, que su antiguo compañero de colegio, el
latifundista Carlos Ossandón, le tendió una mano llevándoselo a trabajar
de administrador de la hacienda Pullayes, una de esas propiedades que
existían antes de la Reforma Agraria y que iban desde la cordillera
hasta el mar, en este caso, hasta el balneario de Zapallar.
Sin embargo, incluso entonces los Fariña seguían siendo pobres y con
un pasado que les hacía sentir que esa no era la vida que se merecían.
Elena se formó creyendo que lo más digno y lo más acorde a la moral que
les correspondía era imitar las prácticas de sus patrones, idea muy
propia de las clases medias venidas a menos.
«Mi tía desde joven fue arribista», afirma un primo de Fernando
Karadima que piensa que el influjo de la mujer fue central en la
obsesión por el dinero que desarrolló el sacerdote.
En ese cuadro es muy probable que la decisión de casarse con un
hombre 12 años mayor y sin oficio conocido, haya sido determinada por la
precaria situación de su casa: Elena debía abandonar el hogar y para
ese efecto Jorge Segundo era tan buen candidato como cualquiera.
Elena Fariña nunca estuvo dispuesta a reconocer esa parte de su
historia. Desde el inicio de su matrimonio se fabricó una mejor: a sus
hermanas les decía que el padre de Jorge había llegado a Chile como
cónsul griego y que su marido no había nacido en estas ingratas tierras
sino en Europa. Copiando los parámetros que ella conocía, estaba
convencida de que ser europeo, incluso si se era un pobre campesino
griego, tenía mucha más alcurnia que ser un hombre nacido y criado en
Talcahuano.
Así, la pareja partió su vida juntos sin ningún otro capital que el
carácter fuerte de Jorge Segundo y el hambre de Elena por recuperar el
mundo que sus antepasados no le habían legado.
Se instalaron en Antofagasta, donde había una nutrida colonia griega y
croata, y donde —según cuenta uno de sus hijos— Jorge Segundo trabajó
como empleado del Banco de Chille. La familia tuvo un primer golpe
cuando su primera hija, Elena Cenobia, murió a los tres años
aparentemente de leucemia. Hasta el final de sus días Elena Fariña
hablaba de esa niña con los jóvenes de la Acción Católica que su hijo
Fernando le enviaba para acompañarla.
Jorge Segundo cuidó su carrera funcionaria, que era el sueño de
muchos en esos años, y durante las siguientes dos décadas el matrimonio
se fue trasladando de ciudad en ciudad, de acuerdo a las necesidades del
banco, el cual les proporcionaba una casa para vivir.
En cada nueva destinación la familia fue creciendo hasta llegar a los
8 hijos . Fernando Miguel Salvador fue el segundo y nació en
Antofagasta el 6 de agosto de 1930 a las 15 horas. Sus padres vivían
entonces en la calle San Martín, a cinco casas de la catedral, en una
propiedad que ya no existe.
A partir de 1940 la familia llegó a residir en la capital, en una
casa que compraron en el barrio Salvador, frente a la parroquia San
Crescente, inmueble que en la actualidad tampoco existe.
Los vaivenes obligaron a los padres del futuro sacerdote a tomar una
decisión que, por lo demás, era frecuente en esos años: el padre apostó
por el primogénito, Jorge José del Niño Jesús y lo matriculó en el
colegio Los Agustinos, que por esos años rivalizaba en la formación de
la elite con el Saint George de la congregación de la Holy Cross. Según
aparece en un anuario escolar del establecimiento, desde pequeño Jorge
José tenía claro que su destino era la Escuela Militar por lo que lo
apodaban cabo Karadima.
Fernando, en cambio, fue destinado al liceo Alonso de Ercilla, que no
era del nivel del de su hermano, donde fue compañero del cantante Lucho
Gatica.
Pero no solo los motivos económicos explicaban esta diferencia. Un
familiar cercano relata que el padre tenía hijos favoritos y Fernando no
estaba entre ellos. Por el contrario, «su padre lo maltrataba bastante,
lo humillaba. Y también era un déspota con su mujer».
Fernando se apegó a su madre y heredó de ella su arribismo y su
personalidad magnética, capaz de mantener a las personas atentas a su
relato durante varios minutos. Pero también hizo suyos otros aspectos
que Elena Fariña desarrolló durante sus 22 años de matrimonio, actitudes
y gestos que tuvieron como espectador privilegiado y víctima a Fernando
Karadima. Decidida y ambiciosa, Elena castigó a su tosco marido y a su
numerosa familia desplegando el llanto cuando era necesario y siendo
capaz de permanecer muda durante todo el tiempo que lo necesitara para
obtener lo que quería. «Era una mujer increíblemente manipuladora»,
afirma un primo de Fernando.
La ley del hielo, eso de no hablarle a alguien que no le obedecía y
que tanto usó Fernando Karadima con las decenas de jóvenes y sacerdotes
que mantenía bajo su control en El Bosque, la aprendió de ella, una
mujer que daba y quitaba su cariño para conseguir lo que quería.
Humillado constantemente por su padre, cuando Elena Fariña le
mezquinaba su cariño y llegaba al extremo de no dirigirle la palabra, el
futuro sacerdote se sentía miserable. No lo soportaba.
Elena Fariña siempre supo sacar provecho de ese dominio que tuvo sobre su hijo Fernando.
***
Puede que haya sido la estrecha cercanía con su madre la que hizo que
uno de los tíos de Elena, el sacerdote Pío Alberto Fariña, tuviera un
influyente rol ante los ojos del niño Fernando Karadima.
Alberto Fariña era un cura conservador, decidido y ejecutivo. Llegó a
lo más alto de su carrera eclesiástica cuando fue investido como obispo
auxiliar del Arzobispo de Santiago, José María Caro . El sacerdote
Gustavo Ferrari, secretario del cardenal Raúl Silva Henríquez, lo
recuerda como un religioso de gran instinto político y con mucho
carácter. «Todo el mundo sabía que el que mandaba en el Arzobispado era
Pío Alberto y no monseñor Caro, que era fundamentalmente un hombre
bueno», explica.
El nombramiento de Pío Alberto como obispo se realizó en septiembre
de 1946, cuando Fernando tenía 16 años y pasaba por una angustiosa
situación académica. La investidura de su tío abuelo apareció en la
primera plana del conservador Diario Ilustrado y se hicieron elogiosos
perfiles suyos donde se lo describió como poeta, gran ejecutor de la
cítara y un hombre piadoso que rehuía la figuración pública . Una gran
cantidad de amigos de su infancia, hombres de gran fortuna e influencia,
acudieron a saludarlo y le presentaron sus respetos.
«“Mi tendencia es esconderme, ocultarme” dice monseñor Fariña y en
esto, como en todo, es sincero; conoce las veleidades del mundo y
prefiere el franciscano y sencillo escondite buscando el auxilio de
María, en el pintoresco barrio de San Miguel, donde vive» .
Ese masivo reconocimiento fue para la familia Karadima-Fariña una
señal de que los años oscuros empezaban a quedar atrás: tenían casa
propia, todos sus hijos estudiaban y el horizonte se veía promisorio
gracias a este familiar que abría una línea de contacto con la elite.
«Solo por ser pariente del obispo Fariña conseguías muchas cosas, se
te facilitaba el camino», relata un primo de Fernando Karadima, quien
explica que fue así como algunos de los sobrinos nietos de Pío Alberto
Fariña obtuvieron educación gratuita en buenos colegios católicos,
mientras que a otros de sus parientes se les abrieron oportunidades de
empleo a través de las redes de poderosos amigos del prelado.
La familia se arrimó al obispo como antes se había apoyado en las
glorias pasadas del general abuelo de Elena Fariña. Y es que el destino
de muchas familias de clase media precaria cambia radicalmente cuando un
pariente destaca. Es exactamente lo que pasó a partir de los años 70
con la familia Karadima cuando Fernando llevó el apellido a tal altura
que parecía a punto de transformarlo en marca registrada de santidad. En
esos años decir «soy hermano del padre Fernando Karadima» era sinónimo
de confiable para empresarios de gran poder económico, social y político
como Eliodoro Matte o Ricardo Claro. Lo mismo para la jerarquía de la
Iglesia. Y abría infinidad de puertas. A varios hermanos los colocó en
departamentos que compró con dineros parroquiales; a otros los mantuvo
viviendo dentro de la parroquia y les daba ayudas mensuales que no
pueden tener otro origen que las donaciones que le hacían en su calidad
de sacerdote.
Pero Fernando era distinto al general de Ejército y al obispo, y les
hizo pagar su ayuda. Uno de los capítulos más desconocidos de esta
historia es cómo Karadima manipuló a su propia familia. Uno de los
hermanos relata, a modo de ejemplo, que les prohibió hablarle a su
hermano Sergio cuando el hijo de este, Felipe Karadima, dejó el
sacerdocio. Todos obedecieron y le hicieron la ley del hielo.
Peor suerte corrió la hermana del cura, Elena Karadima, casada con el
médico Sergio Udo Guzmán Bondiek. Fernando convenció a uno de sus
sobrinos, Rodrigo Guzmán, para que se hiciera sacerdote. Luego, lo alejó
de sus padres, como hacía con todos los jóvenes que lo rodeaban.
«Diez años estuvo Elena Karadima sin que su hijo le hablara», relata
un familiar. El joven recién regresó a su casa luego de que James
Hamilton apareciera en marzo de 2011 entregando su testimonio en
televisión, en el programa Tolerancia Cero, un año después de haber
hecho públicas las denuncias de abuso sexual contra el sacerdote
Karadima.
Al ver a su familia arrimarse al obispo Fariña, el adolescente
Fernando tomó nota de lo importante que podía llegar a ser un cura. En
los años siguientes se volvió muy cercano al obispo, quien en adelante
lo presentaría como «mi sobrinito». Fruto de esta cercanía Fernando
replicará lo esencial del estilo de su tío: un sacerdote devoto de la
Virgen, que influye mucho en la Iglesia, pero manteniendo un perfil
público muy bajo. Su tendencia a «esconderse», como decía su tío,
Karadima la justificará acudiendo a los principios del monje
renacentista Tomás de Kempis (amar, ser desconocido y no tener
reputación), a quien decía admirar .
El obispo Fariña pasó sus últimos años en una casa de tres pisos
cerca del centro de Santiago, prácticamente aislado del mundo, sin poder
comprender los cambios que había sufrido la Iglesia a partir del
Concilio Vaticano II. Cuando ya era sacerdote, Karadima llegaba al
lugar, saludaba al conserje que vivía en el primer piso, pasaba al
segundo donde vivía su tía, y ahí hacía algo extraño: se cambiaba de
ropa y se ponía una sotana que le llegaba al suelo. Solo así subía al
tercer piso a saludar al obispo. Pío Alberto no recibía a ningún
sacerdote que no vistiera sotana, al viejo estilo. Una vez que veía
aparecer a Fernando, le extendía su anillo para que el sacerdote lo
besara.
Era un hombre de la iglesia pre conciliar y en muchos aspectos Fernando Karadima Fariña también lo era.
***
«Iba por la calle, veía el festejo de un matrimonio y apostaba que
era capaz de entrar a la fiesta y en 15 minutos aparecer en el balcón
bailando con la novia. Y al rato ahí estaba, muerto de la risa, bailando
y saludándonos. O se subía a la micro y le desordenaba el peinado a una
señora asegurándole que le había visto una araña en la cabeza», relata
un amigo de infancia de los Karadima.
Fernando no tenía ese carácter. La larga enfermedad que sufrió en la
adolescencia y el tener que trabajar mientras sus hermanos estudiaban,
lo habían hecho más retraído. También lo opacaban las constantes
humillaciones de su padre. Amigos de esos años dicen que nunca iba a las
fiestas a las que lo invitaban. Tampoco recuerdan que se fijara en
alguna niña.
Tenía, sin embargo, una gran cualidad heredada de su madre que
resultaba atractiva: el don para relatar historias. Poseía un talento
innato para manejar los ritmos del relato y lograr que otros se
emocionaran o se rieran con lo que contaba.
«Era muy entretenido oír a Fernando. Tenía un carisma especial que
podía hacer que te quedaras horas escuchándolo», explica un hombre que
lo conoció de joven y luego fue su feligrés por décadas.
Su gran arma de control y seducción la descubrió más tarde: poseía
una formidable memoria que le permitía retener cada detalle de lo que le
relataban. Luego, era capaz de juntar distintas piezas de los relatos y
completar las historias que no le habían contado.
Mientras su capacidad de narrar la usó desde el púlpito con predicas
que entusiasmaban sobre todo a los jóvenes, su memoria fabulosa la
aplicó en el confesionario. Karadima jamás olvidaba lo que le habían
dicho, ni los pecados ni los lugares ni las personas involucradas. En su
cabeza juntaba esos datos y construía las redes familiares, quiénes
eran los amigos, qué influencia tenían, qué pensaban los padres, a qué
curas conocían, qué muchachos sentían atracción por otros muchachos.
Eso le permitió ser el gran conocedor de los secretos de la elite
chilena, situación que ayuda a entender por qué muchas familias muy
influyentes salieron rápidamente en defensa del sacerdote.
Cuando ya estaba instalado en El Bosque, Karadima usó su capacidad
narrativa para llenar con historias piadosas esos años de su
adolescencia opaca y llena de incertidumbre. Decía haber pasado su
infancia acompañado de Dios, jugando a hacer misa, mientras su hermano
mayor jugaba a las batallas. Y en la pubertad, cuando sus amigos iban a
fiestas y conocían a sus primeros amores, él había conocido al sacerdote
Alberto Hurtado y había forjado una relación muy profunda y simbólica
con él. Contaba que a los 16 años, sin conocerlo, casi guiado por la
Virgen misma, fue al colegio San Ignacio de Alonso de Ovalle a buscarlo.
«Antes de decirme nada él me llevó a rezar durante una hora frente al
Altísimo. Luego me preguntó: “¿Qué te dijo el Señor?”. Yo le dije: “Que
tengo que hablar con usted”», relató en una entrevista.
Karadima aseguraba que a partir de ese momento no se separó más de Alberto Hurtado.
Sin embargo, ninguna de las numerosas personas que compartieron con
el santo en esos años recuerda haber visto al escolar Fernando Karadima
siguiendo al sacerdote jesuita.
La experiencia marcadora que sí parece haber tenido en esos años
formativos es muy distinta. La relató a sus más cercanos en una de las
veladas nocturnas que organizaba en su habitación en El Bosque. Allí
dijo que cuando era un escolar un sacristán lo había toqueteado. Lo
contó riendo.
«No ahondó en el tema», puntualiza Juan Carlos Cruz, quién oyó la historia directamente de Fernando Karadima.
Tiempo después el sacerdote Eugenio de la Fuente le escuchó relatar
ese mismo episodio, solo que con un añadido: «Contó que su padre fue
donde el sacristán y le pegó».
En una entrevista le preguntaron a su hermano Jorge si en estos años
de formación Fernando había tenido una polola: «No usaría la palabra
polola. Le ponía el ojo a dos o tres chicas bien bonitas, pero en él
primaba un interés por la vida religiosa…» .
En entrevista con los autores, otro de sus hermanos sostiene que
jamás en su casa se sospechó nada «extraño» en torno a la sexualidad de
Fernando. Y es claro el por qué: «Mi padre lo habría matado y mi madre
se hubiera muerto».
Es posible, sin embargo, que su madre intuyera algo. «Ella siempre
decía sobre Fernando: “Si es para ser un buen cura, muy bien. Pero si es
para ser mal cura, es mejor que Dios se lo lleve”», cuenta un hermano
del sacerdote.
Elena Fariña repitió esa frase por años, incluso cuando su hijo ya
era un cura destacado. Tan abiertamente la repetía que en 2010, doce
años después de su muerte, la podía citar el nochero de la parroquia,
Bernardo Castillo, aunque en una versión más directa: «La señora Elena
siempre decía: si no va a ser buen cura, mejor muerto».
Personas que formaron parte de los círculos más íntimos de Karadima
atestiguan que la relación de ambos siempre fue tormentosa. Él a veces
le gritaba y cuando llegaba a verla su hijo Óscar, la encontraba
llorando y quejándose de lo cruel que era Fernando. Pero ella también
era implacable con el sacerdote. Por más esfuerzos que él hacía para
conquistar su afecto, no lo lograba. Así lo recuerda un cura que formó a
Karadima y que convivió durante más de diez años con ambos en El
Bosque:
«Desde que el padre Fernando comenzó a pasar sus vacaciones en
Europa, a comienzos de los 70, siempre le trajo algún regalo costoso.
Pero cuando se lo entregaba, ella no lo tomaba mucho en cuenta. Le decía
“déjelo por ahí mijito”, sin mirarlo siquiera».
El mismo cura recuerda que una tarde Karadima lo envió junto con otro
muchacho a hacerle compañía a Elena Fariña y los tres se pasaron el
rato, como muchas tardes, jugando a los naipes (la canasta era su juego
favorito). De pronto, la llamó su hijo Fernando por teléfono y le
preguntó cómo estaba. «Ella, sin soltar las cartas ni cambiar de cara,
pero poniendo voz lastimera, dijo: “Aquí estoy, pues, solita”», recuerda
el cura, riéndose.
El 9 de abril de 1985 Elena Fariña mandó a redactar su testamento en
el que nombraba a Fernando como heredero del único bien que poseía: un
departamento en calle Padre Restrepo que Karadima vendió en 2010 en 2
mil UF. En el punto tercero del testamento aparecen los motivos que la
llevaron a hacer esa elección en desmedro de sus otros hijos:
«(Elena) cree que es de justicia reconocer que ella tiene una deuda para con su hijo sacerdote Fernando aún cuando él nunca la ha cobrado ni mencionado siquiera como tal ni en ningún sentido. El valor de dicha deuda es igual al valor que tiene el departamento que posee en calle Padre Restrepo… En realidad, cree que el valor de la deuda es mayor que este y cree que también todos sus herederos lo saben, pero desea limitarlo a este monto para que todos sus hijos puedan recibir algo, en recuerdo del cariño que a todos por igual ha tenido y que quiere manifestar también de esta manera, como dice más adelante. Por tal motivo dispone que se le pague esta deuda a su hijo Fernando con la entrega del dominio exclusivo, libre de todo gravamen de dicho departamento».
En 1985 Fernando Karadima estaba en la cúspide de su poder. Un
hermano del sacerdote que habló con los autores de este libro cree que
este curioso agradecimiento, esta última voluntad en la que le rinde un
homenaje a su hijo, no lo escribió Elena Fariña, sino que lo ordenó
escribir Fernando Karadima mismo.
***
Muchos de los que conocieron a Fernando Karadima lo describen hoy
como si hablaran del personaje central de la novela de Robert Luis
Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Fernando tenía una cara piadosa,
adoradora de la Virgen, un rostro que los viejos vecinos de El Bosque
conocían y que era el que mostraba cuando lo invitaban a cenar los
Matte, los Ossandón, los García-Huidobro; y otro que emergía en la
intimidad de la iglesia, donde era el rey indiscutido. Y lo cierto es
que la Parroquia El Bosque, como la casa del doctor Jekyll, tenía dos
puertas. La principal, destinada a Dios, que se abría a la nave central y
al campanario, a las festividades de la Virgen, que era cuando más
brillaba la oratoria de Karadima. Y la trasera, que daba al parque
Loreto Cousiño, por donde salían los jóvenes que se quedaban hasta la
madrugada con él en su habitación. Cada Karadima tuvo su puerta y su
vida. Una daba a la sociedad respetable. La otra a los placeres ocultos.
Y la luminosidad de uno hacía increíble pensar en la existencia del
otro. Más aun, le daba una inmejorable coartada.
No está claro cuándo empezó a emerger el segundo Karadima, que acabó
dominándolo todo, pero es probable que ya en la adolescencia debió haber
comenzado a sentirse atraído por muchachos. Y que al descubrirlo, su
padre lo despreciara.
Es probable también que haya pasado por momentos de angustia debido a
esas inclinaciones y que en la búsqueda de sanarse de lo que sin duda
consideraba un pecado o una enfermedad, se haya acercado cada vez más a
la idea de ser sacerdote.
Sin embargo, a diferencia de la historia que fue construyendo sobre
su fe precoz, cuando fracasó el negocio familiar de la lechería,
Fernando Karadima no entró a ningún seminario, sino que encontró un
empleo menor en el Banco Sudamericano (hoy Scotiabanc) timbrando cheques
de cuentacorrentistas, que era la forma oficial de iniciar una carrera
bancaria.
A Jorge Segundo Karadima la enfermedad lo consumió en menos de un
año. En agosto hizo un viaje a Puerto Montt y regresó con un fuerte
resfrío. Se acostó y no volvió a levantarse. Pasó cuatro meses conectado
a tubos de oxígeno, «agarrándose el pecho por los fuertes dolores y
gimiendo», recuerda uno de sus hijos.
Jorge Segundo era un hombre seco, de pocas palabras, machista, muy
estricto con sus hijos y siguió gobernándolos con rienda corta hasta el
final. Raquel, la cuarta hija, que tampoco estaba entre sus favoritas,
contaba una anécdota: había peleado con una hermana y el padre la
castigó dejándola de pie con la cara contra la pared. Él estaba tan
débil que rápidamente lo venció el sueño. Al despertar encontró a la
chiquilla en el suelo, durmiendo en el exacto lugar donde le había
ordenado quedarse. Ella tenía 14 años y su padre estaba muy disminuido,
pero ni siquiera en ese estado ella se atrevió a desobedecerlo. Haciendo
un gran esfuerzo, Jorge Segundo se levantó y la tapó. Ese mismo día
murió.
Jorge José, el mayor de los hijos del matrimonio Karadima Fariña,
tuvo que dejar entonces la carrera militar. Sus compañeros de armas
hicieron guardia de honor junto al féretro en homenaje al difunto y
también como despedida a su amigo. A través de los contactos familiares,
accedió a un puesto en el Banco Central. Los contactos fueron buenos
pues este joven, que nunca había trabajado en la banca, recibió de la
institución —por un arriendo módico— un pequeño departamento en el
centro de Santiago, al cual se trasladó a vivir toda la familia.
La casa de Salvador fue arrendada. Con esa renta y el ingreso de
Jorge y de Fernando vivió varios años la familia. Pero la ruta en la que
ya estaban enrielados se alteró radicalmente y solo uno de los ocho
hijos terminó el colegio y fue a la Universidad: Óscar Guillermo, el
sexto hermano, quien estudió Sociología. Por ello, todos —salvo Jorge,
que logró consolidar su situación, y Elena, que se casó con un médico—,
debieron recurrir económicamente a Fernando en muchas oportunidades.
En 1950, sin embargo, Fernando Karadima tuvo un encuentro que lo
convenció de cuál era su camino. Mario Rojas, un compañero del Banco
Sudamericano que luego se casó con su hermana María Eugenia, lo llevó a
ver a Alberto Hurtado.
Esta es la verdadera primera vez en que Karadima conoció al futuro
santo. Y la borró de su biografía pues por entonces él no era un niño
guiado por la Virgen —como los pastorcitos de Fátima— sino un
funcionario bancario aproblemado. Y esa imagen no le gustaba.