Arturo Fontaine y el lucro en la educación superior:
Publicado: 21.06.2012
Presentación del libro “La Mala Educación: ideas que inspiran al movimiento estudiantil en Chile” de Fernando Atria, realizada el lunes 18 de junio en el ex Congreso.
Estamos ante un libro absolutamente brillante. Felicitaciones a CIPER, felicitaciones al autor. ¡Chapeau, Fernando!
Tomemos, por ejemplo, el llamado “Lugar común número 5″: “Todos lucran con la educación”.
Aquí Fernando Atria arremete contra un montón de argumentos tipo
“cortinas de humo” que se han levantado para disimular el tema de fondo.
Se ha dicho: “Bueno, el técnico en computación de una universidad
cobrará una remuneración; luego, persigue lucro. El profesor de cálculo
tendrá que recibir un honorario por sus clases; luego, también los
profesores persiguen el lucro”. En una línea, Fernando Atria despeja el
problema y dice: “La discusión… no es sobre el lucro sino sobre la educación provista con fines de lucro”
(Pg.52). Ese es el punto esencial. El libro está absolutamente lleno de
frases de este tipo, en las cuales, en una sola oración, queda
despejado un concepto que ha llenado páginas de páginas, horas de
discusiones en la radio y en la televisión.
Hay otro caso muy común. Se dice: “Si un grupo de profesores
estuviera desarrollando un remedio y se consigue una patente. ¿No
podrían ellos asociarse con la universidad para que el día de mañana
puedan explotar en conjunto las eventuales utilidades que ese remedio
pueda generar? Es lo que hacen las grandes universidades de Europa, de
Estados Unidos. ¿Por qué no?”, se pregunta. “Algo análogo ocurre con las
asesorías que en materias técnicas puede realizar una universidad y
obtener lucro por ellas. Luego, todas las universidades lucran”.
EL MERCADO NO ES ESTUPIDO
¿Cómo es que esto ha funcionado tanto tiempo? Creo que ha habido una
gran ilusión, una especie de gran sueño ingenuo, y del cual estamos
empezando a despertar. La ilusión nos dice más o menos así: los
intereses económicos de los empresarios que usan las universidades para
lucrar (lucro ilegal y encubierto), coinciden milagrosamente con el
viejo ideario de “universidad para todos”; estos mismos empresarios se
encargan, aparte de ganar dinero, de disminuir la desigualdad en Chile,
de aumentar la movilidad social y de aumentar los ingresos del país…
Todo coincide: los viejos ideales socialistas y el viejo afán de lucro
se dan la mano y tenemos una situación armónica, ideal, en la cual no
hay conflicto de interés ninguno.
Entonces, dejemos que haya lucro universitario y sin importar
demasiado la calidad de las universidades, pongámonos a esperar. Los
resultados serán maravillosos: subirán los ingresos, disminuirá la
desigualdad de ingresos y de status, y nos acercaremos a la universidad
para todos. Esta ilusión se está desmoronando ante nuestros ojos. Es
evidentemente una ilusión cruel, porque lo que se ha hecho es lucrar y
engañar a la juventud -sobre todo a la juventud más modesta- con una
promesa que la universidad en muchos casos no puede cumplir.
Además, aquí hubo una ceguera respecto a lo que es el mercado. El
mercado no es estúpido. Entonces, ante 20 títulos de abogados,
periodistas y psicólogos de universidades diferentes, el mercado poco a
poco empieza a distinguir entre los profesionales de tipo A, B, C y D. Y
eso condiciona los ingresos de esos profesionales (muchos de los cuales
jamás trabajarán como tales, por cierto), mantiene las desigualdades y
no surge esta igualdad de status que a veces se invoca.
“Este libro brevísimo hace pensar y repensar más que kilos de literatura especializada sobre el tema. Con su escritura apasionada y vertiginosa pone en juego todo nuestro sistema educacional y nos hace sentir que necesita cirugía mayor.”
El error fue proyectar al futuro datos del pasado. En los años 60 ó
70 un año más de educación universitaria -y para qué decir un título de
licenciado- significaba un salto enorme de ingresos. Luego, se pensó,
que al aumentar la oferta de estudiantes con uno o dos o tres años de
estudios universitarios, y al aumentar el número de licenciados -aunque
la calidad de sus estudios fuera muy inferior y muy deficiente-, igual
iban a subir los ingresos de los nuevos universitarios, como en el
pasado, y ello disminuiría las desigualdades de ingresos y de status. Es
decir, se pensó que un cambio en la oferta no iba a generar efectos en
los precios, lo cual resulta de proyectar sin más al mañana resultados
históricos.
Pero estudios económicos de Sergio Urzúa
están demostrando que cerca de un 40% de las personas que se licencian
en Chile, salen para atrás desde el punto de vista de su inversión en
educación universitaria. La ilusión era, después de todo, una ilusión.
Tenemos aquí una situación difícil de enfrentar porque se ha
convencido a una inmensa cantidad de personas de que ese papel que le
entrega la universidad y que dice “periodista” le va a significar que
Mónica González lo contratará en CIPER, y que si no lo hace Mónica, lo
hará otro medio periodístico. Esto, evidentemente, no está ocurriendo.
Vamos a tener un enorme ejército de profesionales que, en el fondo,
creyeron que eran licenciados reales, pero son licenciados de papel. El
país no está en condiciones de convertir en realidad esa ilusión.
LA MEDICION NO ES NEUTRA
El “lugar común Nº 10″ es uno de los más luminosos e
importantes del texto. Muestra Fernando Atria cómo la distinción
proceso – producto, que rige en muchas áreas de la actividad humana, no
rige de igual manera en el tema educacional. Esto es algo que muchas
veces se pierde cuando se pone tanto énfasis en los resultados
educacionales. En la educación interesa mucho el proceso y, a veces, más
que el resultado mismo. Si el Estado tiene un compromiso con la
educación es, al menos, para formar ciudadanos democráticos. Desde ese
punto de vista, tal vez el proceso sea lo principal, porque de lo que se
trata es de que haya en el ambiente escolar y universitario un tipo de
interacción crítica, respetuosa, de examen racional, exigente, que
prepare personas ilustradas, capaces de hacer su contribución como
ciudadanos democráticos.
“El mercado no es estúpido. Ante 20 títulos de abogados de universidades diferentes, el mercado poco a poco empieza a distinguir entre los profesionales de tipo A, B, C y D. Y eso condiciona los ingresos de esos profesionales (muchos de los cuales jamás trabajarán como tales, por cierto), mantiene las desigualdades y no produce esta igualdad de status que a veces se invoca”.
Entonces, el proceso es muy importante y el tema de la medición, al
cual Fernando le dedica algunas páginas, merece un análisis detenido.
Porque la dificultad para medir los procesos educacionales es enorme,
pues se trata de procesos multidimensionales. ¿Qué vale más en un
colegio? ¿La formación moral que reciben los alumnos, la formación
religiosa, los resultados Simce, los éxitos deportivos, el grupo de
teatro, con todo lo que eso puede implicar, en términos de sociabilidad?
Puede haber un grupo de padres que privilegie por sobre todo un colegio
que enseña un idioma y que les importe poco el Simce, con tal que sus
niños aprendan ese idioma. ¿Cómo se mide todo esto en el contexto de una
educación diversificada en función de las orientaciones de los padres,
como es el nuestro? Son muchas variables de ponderaciones disímiles, y
más cuanto más diversa sea la oferta de proyectos educacionales. Lo
multifacético que es el proceso de formación de una persona es lo que
las mentalidades economicistas pasan por alto.
Por otra parte, en Estados Unidos hay estudios hechos por el Premio
Nobel de economía, James Heckman, por ejemplo, que demuestran que, desde
el punto de vista predictivo del ingreso que alguien va a obtener, lo
más importante son las llamadas “habilidades blandas”, es decir,
virtudes, hábitos, costumbres. Eso influye más en el futuro laboral de
una persona que los datos duros, sus resultados en las pruebas de
matemáticas, por ejemplo. Es decir, evaluar el proceso educacional es
muy complejo y cada vez que se escogen tres, cuatro o cinco factores a
medir, eso tiene en efectos en el proceso educacional mismo, porque el
colegio se adapta y maximiza esas variables, sobre todo si hay ingresos
involucrados.
Entonces, cada vez que el Estado interviene para medir, modifica lo
que mide. No es neutra la medición. Por eso estos sistemas de
intervención hay que tomarlos con mucha cautela. De lo contrario se
transforman en gigantescos ejercicios de ingeniería social plagados de
consecuencias no buscadas e impredecibles.
Y en cuanto al resultado, bueno, el objetivo no es, por cierto,
producir robots maximizadores de ingresos sino formar seres humanos.
LA EDUCACIÓN PÚBLICA SE MUERE SOLA
¿Qué destino tiene seguir molestándose por la educación pública si se
está muriendo sola? ¿Y por qué ocurre esto? Atria da una razón. Yo creo
que hay más (y volveré sobre esto), pero la que da Atria es válida: los
padres valoran mucho el ambiente social donde se educan sus hijos y ese
ambiente social, en muchos casos, está vinculado con un determinado
nivel socioeconómico. Este es uno de los factores que se utilizan para
escoger un colegio. Los colegios particulares subvencionados seleccionan
y pueden expulsar alumnos, lo cual permite ambientes controlados. Pero
Fernando Atria cree que es, de lejos, el principal motivo por el cual el
colegio particular subvencionado es y será preferido por los padres al
colegio público. Su argumento al respecto, me parece, va en la línea de Bruce Ackerman. Voy a volver sobre este punto.
EL DERECHO Y LA LIBERTAD
Estos son botones de muestra de lo que es la primera parte del libro.
Luego viene un asunto más conceptual, escrito en un estilo más
analítico, donde Atria distingue entre lo que él llama “un derecho” de
lo que denomina “una libertad”. Donde la libertad, si entiendo bien, es
lo que Isaiah Berlin llamaría una “libertad negativa”, es decir,
fundamentalmente una prohibición.
Por ejemplo, CIPER tiene libertad de expresión en tanto el gobierno
no lo censura. Sería típicamente una “libertad” en el concepto de
Fernando Atria. Pero hay otro tipo de situación, a la cual Atria llama
“derecho” (sería, si comprendo bien, una “libertad positiva” según el
concepto de Berlin), donde el Estado se compromete a realizar una
prestación. El derecho a la salud o a la educación, por ejemplo. Un
derecho no puede estar condicionado por la capacidad de pago de las
personas; una libertad sí. “En el mercado yo no tengo derecho a
contratar, porque nadie tiene el deber de contratar conmigo si no
quiere; sólo tengo libertad de contratar, en el sentido de que contratar
no me está prohibido”. (Pg. 92) Pero un derecho, en el sentido de
Atria, no es tal “si el tamaño de mi libertad está dado por el tamaño de
mi cuenta corriente”. (Pg. 100)
Luego pasa a explicar que un derecho, como el derecho a la salud o a
la educación, ofrecido de forma mixta, o sea, coexistiendo con una
libertad, se traduce en segregación. En otras palabras, en la educación
particular subvencionada con copago habrá segregación, y si compite con
un sistema público gratuito, se producirá una fuga hacia el sector
particular subvencionado. “La existencia paralela de estos dos tipos de
establecimientos implica que el sistema”, dice Atria, “tenderá a
segregarse cada vez más”. (Pg. 95) Y “la segregación limita la
libertad”. (Pg.102)
La crítica más importante de Atria es que tendemos a entender la
función del Estado al modo de lo privado, “pensamos en los
establecimientos municipales como instituciones privadas, con la única
diferencia que su sostenedor es una municipalidad”. (Pg.93) La educación
como derecho -es decir, gratuita y, por tanto, no relativa al ingreso
como ocurre en la particular subvencionada debido al financiamiento
compartido- se materializa entonces en escuelas que tienden a ser “un
gueto de marginación social y económica”. (Pg. 97)
¿POR QUÉ NO A LA SEGREGACION?
Lo central del libro es la segregación. Lo que preocupa al autor
surge por la aplicación de un criterio fundamental de segregación y sólo
uno: el ambiente social, el estrato socioeconómico, el dinero. Hay
otras opciones de segregación que no considera, o que no considera
relevantes. Por ejemplo, el color de la piel, la religión, las conductas
de riesgo (colegios donde pueda haber muchos niños violentos,
pandillas, o donde pueda haber mucha droga. Esto puede ocurrir, y
ocurre, en colegios particulares pagados. Eso no necesariamente está
vinculado con el nivel socioeconómico). Puede haber segregación por
enfoques sobre género u orientaciones sexuales, por ejemplo.
¿No podría ser ese un criterio para que los padres dijeran “me gusta
este colegio porque tiene una actitud respecto de estos temas más acorde
con lo que yo quiero”? ¿No puede causar eso un tipo de segregación? En
los últimos años hemos tenido pocas tensiones políticas polarizadas en
Chile, pero eso podría ser otra variable: “Este colegio no me gusta
porque es de izquierda o muy de derecha”… Entonces, no veo que la única
forma de segregación relevante -porque se corresponde con escisiones
socialmente significativas- sea la del nivel socioeconómico por
importante que sea hoy y, por cierto, vaya a seguirlo siendo mañana.
Ahora, lo que echo de menos en el libro es que no se fundamenta por
qué la segregación, y específicamente esta segregación socioeconómica,
es tan negativa, como para ser casi un valor por sobre todos los demás
bienes o fines que puede perseguir un sistema educacional, tales como la
diversidad (que resulta de la libertad de elegir de los padres si la
sociedad es pluralista) o la calidad académica, por ejemplo.
“Cada vez que el Estado interviene para medir, modifica lo que mide. No es neutra su medición. Por eso estos sistemas de intervención hay que tomarlos con mucha cautela. De lo contrario se transforman en gigantescos ejercicios de ingeniería social plagados de consecuencias no buscadas e impredecibles.”
Da la impresión de que lo que preocupa al autor es un sólo aspecto:
la segregación. Es decir, fundamentalmente, la posibilidad de excluir a
un alumno de una escuela por razones socioeconómicas. Y extrapola de
modo excluyente el bien que busca conseguir: la inclusión. Por
consiguiente, el financiamiento compartido pasa a ser rechazado. Por
ejemplo, Bruce Ackerman, que aborda esto, ofrece una justificación.
La pregunta que nos tenemos que hacer es por qué estamos en contra de
la segregación y cuánto estamos dispuestos a sacrificar (¿Libertad de
los padres? ¿Diversidad del sistema educacional? ¿Calidad académica? ¿Y
hasta qué punto?) para conseguir un colegio inclusivo o una universidad
inclusiva. Menciono tres posibles razones por las cuales se podría estar
en contra de la segregación. Es posible que haya otras más.
1) La inclusión es un método eficaz de interacción de personas
heterogéneas y ese ambiente, que no es solamente una disciplina
académica, sino que es un modo de relacionarse en la vida real con
personas que son distintas de uno, es la mejor escuela para formar
ciudadanos en una sociedad pluralista y democrática. Este es el antiguo argumento de John Dewey:
un colegio inclusivo es una escuela de ciudadanos, porque es un lugar
heterogéneo, diverso, plural y esa convivencia no es algo que se pueda
sustituir con la lectura de en un libro. Puede estar señalado en un
libro, pero es distinto convivir con una persona distinta que leer sobre
las ventajas de la tolerancia. Ese es un argumento.
2) Otro argumento es el de Bruce Ackerman: lo que necesitamos son
jóvenes que tengan autonomía y capacidad crítica respecto de sus propios
padres. Los colegios familiares, los colegios que reproducen la cultura
de la familia, generan “pequeñas tiranías”; los hijos, afirma Ackerman,
no logran así liberarse sino con esfuerzos extraordinarios del yugo de
los padres. La educación por los padres es importante pero debe darse al
interior de la familia, dice Ackerman. Si pueden elegir la escuela,
como padres que son, van a preferir una protegida, donde se refuercen
sus valores. Lo que habrá serán colegios familiares que reflejen el imago mundi
de los padres. El Estado, en cambio, debe ofrecer una educación pública
para que ese hijo se mezcle con otros diferentes a él, interactúe,
genere su propia manera de pensar y se desarrolle como sujeto autónomo.
De lo contrario, será una especie de pequeño siervo colonizado por la
formación familiar. Para Ackerman esto tiene que ver con la democracia y
con la diversidad, porque a su juicio una sociedad diversa dependería
de esa interacción. El argumento tiene una consecuencia radical: no
debería haber educación privada.
3) Un tercer argumento -me parece que también está subyacente en el
libro- dice: la segregación ofende la dignidad de las personas. La
racial tiene, sin duda, esta característica. Nos oponemos a la
segregación racial no porque implique una desventaja económica, sino
porque hay algo en la dignidad de la persona que está en juego ahí. En
algunos momentos el autor hace esa analogía. Por ejemplo, en la página
98, dice que la segregación por ingresos que produce inevitablemente el
sistema de financiamiento compartido, sería una especie de equivalente
de la segregación racial. Pero esto, pienso, habría que desarrollarlo y
justificarlo más.
“La educación particular ha competido con ventaja. La educación pública no ha sido derrotada en un combate en igualdad de condiciones. “
El libro no le da mucha importancia a la educación privada cien por
ciento pagada. Tal vez porque es pequeña, cerca de un 7%. Pero, por
ejemplo, en México, un 17% de la educación es particular. En un sistema
que es gratuito y estatal, no es tan poco un 17%.
Y ocurre que ese sector se ha mantenido constante en Chile: en 1981
era del mismo tamaño que hoy. Incluso, ha tendido a caer un poquito
ahora último, porque los particulares subvencionados que cobran 70 mil
pesos de copago le compiten. Pero ese grupo, ese 7%, que es más o menos
lo mismo que hay en Estados Unidos, lo mismo que hay en Inglaterra,
tiene mucho poder.
¿Nos importa cómo se educa esa gente? Si se acepta el argumento de
que la única manera de educar demócratas es que haya inclusión, ¿no
importa que esa gente no esté en un colegio inclusivo? Y no estoy
pensando sólo en el Kínder: se trata de que la educación básica, la
educación media y luego la universidad de personas de ese grupo pueden
no ser inclusivas. O sea, ese joven puede vivir en un ambiente que es
simplemente el reflejo de la visión de mundo de sus padres hasta que se
titula, a los 25 años. Y luego entra a trabajar a la oficina del tío,
del primo, del padre… Y ese puede ser un gran líder después, puede ser,
por ejemplo, un político. ¿No nos importa cómo se educó ese diputado,
ese senador? Si, por ejemplo, el argumento en contra de la segregación
es el de Ackerman, eso debería preocupar. Dejo la pregunta planteada al
autor.
LAS PROPUESTAS
Las propuestas del libro. Uno: eliminar el financiamiento compartido,
porque obviamente esto disminuiría la segregación. Y dos: no a la
selección académica. ¿Razón? Evitar que se cuele por ahí la segregación
socioeconómica. Entonces, en el caso de que haya más demanda que oferta
de matrículas en un colegio, se aplica un sorteo. Es un sistema que se
usa mucho en Estados Unidos en las escuelas públicas y en el mundo
británico se usa incluso en las escuelas privadas. Mi sospecha es que en
Chile esto tendría relativamente poco efecto, porque los colegios
aumentarían la oferta. Tendría un efecto transitorio. No cabe duda de
que estas dos propuestas -y en especial la eliminación del
financiamiento compartido- tienden a disminuir la segregación, es decir,
apuntan a un sistema más inclusivo.
Pero las propuestas, después de tanto (riendo), son esas dos y yo les encuentro gusto a poco, estimado Fernando (Risas).
“El punto que CIPER ha ido mostrando con sus investigaciones es que lo que tenemos ahora, de manera encubierta, es un lucro por actividades no universitarias. Por ejemplo, el arriendo de inmuebles. O sea, un empresario inmobiliario se esconde detrás de la careta de una fundación sin fines de lucro para realizar un negocio inmobiliario.”
¿Qué pasa con criterios de selección no derivados del estrato
socioeconómico? ¿Son aceptables o deben prohibirse? Por ejemplo, ¿qué
pasa si tenemos un colegio particular subvencionado sin financiamiento
compartido pero que se quiere dedicar a formar futbolistas y selecciona
por capacidad deportiva? ¿Y si un colegio selecciona por dotes para la
música? ¿Puede seleccionarse según la religión? Un colegio particular
subvencionado gratuito y de orientación judía ortodoxa, ¿podría excluir a
los alumnos musulmanes y a los no religiosos o no? Dejo la pregunta.
La experiencia muestra que, a veces, (a pesar de lo que dice
Ackerman) cuando hay alta calidad educacional en un colegio inclusivo,
eso es muy atractivo para los padres. Es el caso del Instituto Nacional,
un colegio público. Ahí hay un 20% de alumnos vulnerables y hay también
un porcentaje importante de alumnos que podrían estar en la educación
particular pagada, pero que prefieren el Instituto, que es inclusivo.
No, quizás, porque busquen la inclusión per se. Lo que quieren los
padres es asegurarse de que ese joven llegue a una buena carrera en una
buena universidad selectiva. O sea, la calidad también tiene un poder y
puede romper la segregación. Hay gente dispuesta a tolerar la
heterogeneidad con tal de conseguir calidad. ¿Por qué ese tipo de
selección académica debería prohibirse en nombre de la segregación que
justamente ayuda a combatir?
Entonces, después de críticas tan formidables, las propuestas de
Fernando (riendo) significan, en el fondo, volver a Pinochet (Risas). El
financiamiento compartido se adoptó en 1996, siendo Presidente don
Eduardo Frei Ruiz-Tagle y ministro de Educación, don Jorge Arrate. Lo
que teníamos del año 81 al 96, fue educación particular subvencionada
pero gratuita, compitiendo, en ese aspecto, en igualdad de condiciones
con la educación pública.
Pregunto: ¿Qué proponen los jóvenes que dirigieron el movimiento del
año pasado, y que están aquí presentes, en qué consiste la gran
revolución de la educación? (Risas) ¿Qué propone Fernando, considerado
por ellos mismos como líder intelectual de este inmenso movimiento que
quiere cambiar Chile? ¿Llevarnos de vuelta al año 85? ¿Regresar a lo que
teníamos en tiempos de Pinochet? (Risas)
¿Y LA EDUCACIÓN PÚBLICA?
Los Presidentes y sus ministros, los parlamentarios de todos los
colores políticos, los dirigentes gremiales de los profesores, quieren
mejorar la educación pública. En esto hay consenso. La cuestión es cómo.
“La educación pública boxea con una mano amarrada. No es raro que haya la fuga de alumnos que estamos presenciando. Es el resultado de un diseño donde la educación pública no compite en igualdad de condiciones y eso es lo que hay que corregir. Hay que reflexionar a fondo acerca del sentido de la educación pública.”
El libro de Atria no se ocupa específicamente del tema. Sí plantea,
como vimos, que el sistema mixto (colegios públicos gratuitos y colegios
con financiamiento compartido que pueden excluir alumnos) agudiza de
manera creciente la segregación y transforma a los colegios públicos en
guetos marginales.
Quisiera ir más allá y antes de terminar mencionar cuatro aspectos en
los cuales la educación particular ha competido con ventaja. (Adelanto
aquí un trabajo que estamos haciendo con Sergio Urzúa sobre el tema). La
educación pública no ha sido derrotada en un combate en igualdad de
condiciones. Estos son los cuatro aspectos.
Los colegios particulares subvencionados -como destaca Atria- pueden
seleccionar y expulsar alumnos; la escuela pública, no (o puede hacerlo
con muchas dificultades). Eso tiene enormes efectos en el mundo
educacional, sobre todo cuando hay competencia, y en el colegio de al
lado echan al alumno cuya madre es drogadicta y en la escuela pública,
no. Eso genera una desigualdad importante. Cualquier profesor va a estar
de acuerdo con este planteamiento. Muchos lo viven.
Segundo, la municipalización significó una enorme pérdida de rango
para la educación pública. Por ejemplo, una encuesta CEP de 1987, cinco
años después de la municipalización, arrojó que un 82,5% de la población
prefería liceos dependientes del ministerio que liceos dependientes de
la municipalidad. Ya con la experiencia de cinco años la inmensa mayoría
de la población sintió esto como una pérdida, como una “capitis diminutio”, para usar un término jurídico.
En tercer término, se instauró una institucionalidad muy difusa, que
significa, por ejemplo que el director de la escuela no nombra a los
profesores y tampoco puede despedirlos (Hace un año y tanto, se dio un
paso y ahora es posible despedir hasta un 2% bajo ciertas condiciones.
En todo caso, la asimetría con las atribuciones del director de la
competencia subsisten). El director de un colegio, por lo tanto, no es
el líder de esa comunidad educacional, no puede conformar sus propios
equipos y compite con quien sí puede hacerlo (Hay un trabajo de Lucas
Mac-Lure sobre esto).
Esto tiene efectos muy concretos. Por ejemplo, el sector particular
subvencionado paga menos a sus profesores y consigue profesores que
obtuvieron mejores resultados en la PAA y en la PSU que los que están en
el sector municipal. Lo que se debe a la gestión del director,
consecuencia de las diferencias entre el marco institucional de los
colegios particulares y el de los colegios públicos (En un proyecto
reciente del gobierno actual se plantea este tema). La desigualdad
institucional implica una tremenda desventaja competitiva para los
colegios públicos.
En suma, la educación pública boxea con una mano amarrada. No es raro
que haya la fuga que estamos presenciando. Es el resultado de un diseño
donde la educación pública no compite en igualdad de condiciones y eso
es lo que hay que corregir. Hay que reflexionar a fondo acerca del
sentido de la educación pública.
Si queremos salvar a la educación pública hay que ir más allá de lo que plantea el profesor Atria.
Si queremos salvar a la educación pública hay que ir más allá de lo que plantea el profesor Atria.
Con todo, este libro es algo más: es como la huella digital de la
cabeza de Fernando Atria. Está el hombre, está su estilo. Es un libro
acojonantemente lúcido, es un libro valiente, es un libro incisivo,
punzante y que siempre toma riesgos, párrafo a párrafo. En ninguno de
sus escritos anteriores había visto yo a Fernando Atria con esta
indignación y con esta autenticidad.
El libro siempre aborda temas de fondo, siempre remece los
fundamentos. Este libro brevísimo hace pensar y repensar más que kilos
de literatura especializada sobre el tema. Con su escritura apasionada y
vertiginosa pone en juego todo nuestro sistema educacional y nos hace
sentir que necesita cirugía mayor. Lo que recorre este libro de parte a
parte es una vibración moral, es una condena del abuso, una condena del
fraude intelectual y una lucha por la dignidad de las personas.