ENTREVISTA
El presidente se confiesa
Patricio Aylwin fue enemigo de la izquierda a comienzos de los 70, opositor clave de Pinochet y líder de la transición más compleja y exitosa de Latinoamérica. Ahora, a los 93 años, en una entrevista exclusiva para EL PAÍS rememora a Pinochet y Allende
Rocío Montes
Santiago de Chile
27 MAY 2012 - 12:01 CET103
El expresidente chileno, Patricio Aylwin, pasea por el jardín de su casa en Santiago de Chile el pasado 16 de mayo. / JESÚS ABALO
Junto al socialista Salvador Allende y al dictador Augusto Pinochet,
Patricio Aylwin Azócar es probablemente uno de los tres personajes más
trascendentes del pasado reciente chileno. Pero, a diferencia del médico
y del militar, célebres para bien y para mal en el mundo entero, este
abogado de la Democracia Cristiana (DC) es un político paradójico que
resulta difícil de encasillar en un mundo de blanco y negro. Entre 1970 y
1973 fue enemigo de la izquierda: era uno de los líderes de la
oposición al Gobierno de la Unidad Popular de Allende. El papel que
desempeñó su partido en el golpe de Pinochet es, de hecho, una discusión
que renace cada cierto tiempo en Chile. Durante la dictadura, entre
1973 y 1989, fue enemigo de la derecha: convertido en uno de los líderes
clave de la oposición a Pinochet, fue uno de los artífices de la
peculiar alianza entre el centro y la izquierda que permitió derrotar al
dictador tras un plebiscito. Fue la génesis de la Concertación.
En 1990, cuando Chile era una nación de enemigos, la mayoría de los
chilenos le encomendó a Aylwin la tarea de ser el primer presidente
democrático después de 17 años. Y desde La Moneda, con Pinochet todavía
al mando del Ejército, lideró la transición más compleja y exitosa de
Latinoamérica, cuyo principal mérito fue “restablecer una sociedad
abierta y superar la pelea excluyente de unos y otros”. “Porque es
evidente que los chilenos se reconciliaron”, afirma. Sin esa
administración fundacional, Chile sería distinto del país que es hoy.
Es otoño en Santiago. El atardecer se deja sentir en el comedor de la
casa de Aylwin en Providencia, un barrio tradicional donde las
construcciones de mitad del siglo pasado poco a poco son reemplazadas
por edificios. Junto aquí desde 1956 con su esposa, Leonor Oyarzún, con
quien comparte 5 hijos, 17 nietos y 5 bisnietos.
Tenía 54 años cuando Allende se quitó la vida en La Moneda; 71 cuando
él mismo llegó a presidente y 88 cuando Pinochet murió en una clínica
de Santiago en 2006. Aylwin nació en 1918. En noviembre pasado cumplió
93 años.
Pregunta. ¿Hubiese sido posible esa transición exitosa sin la verdad sobre los muertos y desaparecidos?
Respuesta. No es posible una transición exitosa sin
la reconstitución de la verdad. Y por eso, un mes después del inicio de
mi Gobierno, anuncié la formación de la Comisión Rettig para investigar
las violaciones a los derechos humanos.
Lo hizo pese a los consejos de sus asesores, que le recomendaban
prudencia. Tras nueve meses de trabajo, el equipo concluyó que 2.296
personas habían muerto durante el régimen militar. Luego Aylwin pidió
perdón en nombre del Estado de Chile, con la voz quebrada, en un
discurso por televisión que es parte de la memoria colectiva del país.
Eso no le gustó a Pinochet, que desconoció la verdad jurídica e
histórica del informe.
P. Usted también fue cauto y siempre habló de “buscar la justicia en la medida de lo posible”.
R. Usé esa frase, y la puse en práctica, con el fin
de crearle conciencia a la gente de que no era cuestión de que nosotros
llegásemos y que al día siguiente hubiese democracia para todos, sino
que era un proceso. Y que este proceso seguía con el exdictador de
comandante en jefe del Ejército.
A comienzos de los años noventa, la justicia comenzó a abrir las
primeras causas contra militares y agentes de la dictadura. Sin embargo,
dice: “No habría sido viable juzgar a Pinochet. Habría dividido
terriblemente al país e, incluso, puesto en peligro la continuidad del
Gobierno”. ¿Pero era posible que lo llevara al banquillo la justicia
internacional, como pretendió el juez Baltasar Garzón años después? “Los
problemas de Estado se deben juzgar dentro del país”, afirma.
P. Los estudiantes chilenos que salieron a las
calles en 2011, nacidos fundamentalmente después del retorno a la
democracia, son críticos con la transición porque aseguran que se
hicieron muchas concesiones.
R. No cuesta nada decirlo después de que las cosas
están hechas. Las críticas a la transición son bonitas frases, pero
prueban la ignorancia de lo que realmente ocurrió y del proceso que
vivió Chile.
Aylwin sale a caminar por su barrio y, al ritmo de su paso todavía
ágil, recita en silencio los poemas de Calderón de la Barca, Rubén Darío
y Amado Nervo. Los aprendió hace décadas, cuando era un niño. Hoy los
utiliza para ejercitar la memoria. “Soy un viejo conservado, pero no
conservador. Todavía me siento bien…”.
Hoy por hoy está retirado del mundo público y hace años que no
concede entrevistas. Pero es una de aquellas figuras que, incluso desde
el silencio, como el expresidente español Adolfo Suárez, pareciera
trascender el bien y el mal. Es la razón por la que se le invoca en
tiempos de crisis. Y en Chile, aunque las cifras económicas ahora están
perfectamente, la política y las instituciones democráticas sufren
graves problemas: de acuerdo con encuestas recientes, los chilenos no
tienen confianza en los partidos, ni en el Congreso, ni en los
tribunales ni en el Gobierno ni en la oposición. Y eso explica, en
parte, el estallido social de 2011.
En medio del clima de crispación, el actual presidente chileno,
Sebastián Piñera, convocó a Aylwin a La Moneda en diciembre. “Fui amigo
de sus padres, por lo que tengo una simpatía. Sin embargo, observo que
no hay solidez en este Gobierno”, asegura el exmandatario sobre la
Administración de derechas. “La UDI está por un lado, la RN, por otro.
Hay demasiadas diferencias entre los partidos oficialistas. ¿Cuál es el
proyecto? Me preocupa hacia dónde va el país bajo el liderazgo de
Piñera. Es decir, cuáles son las grandes líneas afirmadas por el
presidente, planteadas en el Congreso y traducidas en proyectos
institucionales para poner en práctica una nueva visión del país”. ¿Le
falta relato, como dicen los analistas? “Yo no sé qué será. Pero…¿cuál
es el proyecto que representa Piñera? El piñerismo”.
P. La Concertación, la alianza de centro-izquierda
que usted ayudó a fundar, tiene un bajo apoyo ciudadano. ¿Tiene futuro
ese pacto?
R. No he pensado sobre esa materia. Sin embargo, un
proyecto de sociedad que busque democracia, justicia social, crecimiento
económico, y que levante al país, debiera tener como eje a la DC y al
socialismo.
El expresidente se define como “un animal político” y señala que su
oficio “es una actividad difícil, pero indispensable”. La sigue
cotidianamente: se despierta a las siete y su primera actividad diaria
es recoger los periódicos para leerlos mientras desayuna. Después
realiza ejercicios en una salita (dos veces a la semana lo acompaña un
quinesiólogo), cruza el patio trasero, se instala en su oficina de una
casa contigua y contesta correspondencia con lápiz y papel. Le gusta la
lectura y en el verano no se despegó de Pinochet. La biografía, obra del
historiador Gonzalo Vial.
P. Usted que lo conoció bien, ¿cómo era él?
R. Pinochet tenía varias caras.
El dictador se quedó al mando de los militares durante todo el primer
Gobierno democrático (1990-1994). Y la relación entre el presidente y
su subordinado — “usted es mi jefe, yo le obedezco a usted”, le dijo
Pinochet una vez— era formalmente respetuosa. “Sabía hacerse el
simpático cuando quería. Era socarrón y diablito, jugaba para su propio
lado. Pero Pinochet no fue un hombre que obstaculizara las políticas del
Gobierno que yo encabecé”, dice el veterano líder democristiano.
Sin embargo, ese periodo estuvo marcado por la constante tensión y,
como en el 23-F español, la incipiente democracia se vio amenazada al
menos en dos ocasiones.Al comienzo de la dictadura, indica Aylwin,
“Pinochet representaba, por una parte, orden, seguridad, respeto,
autoridad. Y, por otra, una economía de mercado que iba a permitir la
prosperidad del país. Esos fueron los dos factores definitorios, y por
eso Pinochet fue popular. Era un dictador, pero popular”. En el
plebiscito de 1988, de hecho, obtuvo el 44,01% de los votos.
P. ¿Le sorprendió cuando en 2004 reventó el caso Riggs y se descubrieron las cuentas millonarias de Pinochet?
R. La verdad es que a mí me sorprendió. Primero,
porque nunca tuve antecedentes. Segundo, porque, en la historia de
Chile, ningún presidente había salido más rico al finalizar su Gobierno.
Y esto, desde el libertador Bernardo O'Higgins hacia delante. El
general Carlos Ibáñez fue dictador, pero no se enriqueció.
¿Y Allende? ¿cómo era Salvador Allende?La Democracia Cristiana (DC),
históricamente ha sido de centro y, fundamentalmente, antiderechista.
Sin embargo, entre 1970 y 1973, durante el Gobierno socialista de la
Unidad Popular, la colectividad realizó una alianza táctica con la
derecha y se opuso a Allende. En esos años, Aylwin desempeñó un papel
importante: “Fuimos adversarios, pero adversarios bastante civilizados.
Como presidente del Senado y luego del partido, me tocó negociar
directamente con Salvador Allende. Tuvimos conversaciones difíciles”.
P. El expresidente Eduardo Frei Montalva, ya
fallecido, señaló en una oportunidad que lo consideraba frívolo.
¿Comparte ese juicio?
P. No le podría decir que Allende no era frívolo.
Era muy simpático, atractivo. Tenía una autoestima muy fuerte. Sabía
convencer, era un muy buen argumentador. Y lo hacía con el alma, le
salía de dentro.
P. ¿Usted cree que era un buen político?
R. Allende terminó demostrando que no fue buen político, porque si hubiera sido buen político no habría pasado lo que le pasó.
Ya han pasado casi 40 años del golpe de Estado de 1973. El debate
sobre las causas del quiebre institucional, sin embargo, todavía son
debatidas por políticos e historiadores. Aylwin ha señalado que el talón
de Aquiles de Allende fue haberse convertido en rehén de los partidos
de izquierda. Hoy en día, al analizar el proceso, insiste en que “hizo
un mal gobierno y que el Gobierno cayó por debilidades de él y de su
gente”.
Hay quienes tienen otras explicaciones: el Congreso estadounidense
desclasificó en 1975 el informe Church, que indica que, en el contexto
de la guerra fría, los norteamericanos invirtieron mucho dinero entre
1963 y 1973 para evitar que Chile siguiera los pasos de Cuba. Y lograron
la desestabilización del Gobierno de Allende. Sin embargo, Aylwin
asegura: “El golpe se habría producido sin la ayuda de Estados Unidos.
Estados Unidos lo empujó, pero la mayoría del país rechazaba la política
de la Unidad Popular, eso era evidente”.
P. Carlos Altamirano, secretario general del PS en
aquella época, publicó sus memorias recientemente, y en el libro señala
que su partido, la DC, tiene una “responsabilidad histórica” en el golpe
de Estado de 1973.
R. Carlos Altamirano puede decir muchas cosas, pero,
en el golpe de Estado, la DC no tuvo ninguna participación. Eso puedo
asegurarlo de manera absoluta, en conciencia. Y yo fui durante todo el
Gobierno de Allende parte de la dirección del partido. Estuvimos
interesados en cambiar la orientación del Gobierno de Allende, pero no
en derrocarlo. El golpe militar fue otra cosa.
P. “Nunca Frei (Montalva) o Aylwin intentaron tirarle un salvavidas a Salvador”, ha dicho Altamirano.
R. Creo que es una afirmación infundada. Yo diría
que las actitudes demagógicas de Carlos Altamirano hicieron más daño a
Salvador Allende que las posiciones que pueda haber tomado la DC. Él se
esforzó por radicalizar el conflicto, y en eso, indudablemente, la
víctima fue el Gobierno.
Aylwin explica: “Allende no era el responsable de todo lo que su
Gobierno hacía. Sectores de PS, empezando por Altamirano, enturbiaban la
convivencia nacional, la relación entre La Moneda y la oposición, y no
ayudaban en nada al presidente. Practicaron la política de choque y de
hechos consumados, no cabe duda. El lema era Avanzar sin transar. Nunca
nos miraron como eventuales aliados. Para que triunfara el socialismo en
Chile había que eliminar a la DC”. El expresidente indica que, al
reabrir la discusión, “ellos buscan alguna explicación del fracaso del
Gobierno de Allende y del socialismo en Chile”. Y concluye: “No tiene
ninguna razón lógica echarnos la culpa”.
El 4 de septiembre de 1990, Aylwin encabezó los funerales de Estado
del expresidente Allende, cuyos restos, hasta ese momento, estaban en un
cementerio de la ciudad de Viña del Mar. “Debo decirlo con franqueza:
si se repitieran las mismas circunstancias, volvería a ser decidido
opositor, pero los horrores y quebrantos del drama vivido por Chile
desde entonces nos han enseñado que esas circunstancias no deben ni
pueden repetirse por motivo alguno”, dijo Aylwin.
El quiebre de la democracia es un capítulo difícil para el
exmandatario. En 1974, de hecho, comenzó a escribir un libro sobre la
relación de la DC y el Gobierno de la Unidad Popular. Aunque ya lo
finalizó, lo sigue revisando una y otra vez. “He tenido dudas de la
conveniencia de que yo haga público ese libro”, confiesa.
P. ¿Podría reabrir viejas heridas?
R. Estoy indeciso sobre si debo dejar que las próximas generaciones discutan estos temas y no ser yo el que abra el debate.
Aylwin decidió no escribir memorias: "Siempre he sido contrario a los
personalismos". Sin embargo, aunque no piensa demasiado en el futuro,
sabe perfectamente cómo le gustaría que se le recuerde: “Espero que mis
compatriotas y la historia me muestren como un demócrata, un chileno
abierto al pluralismo, impulsor de la justicia social y defensor de los
derechos humanos”.