OPINIÓN
Publicado: 14.02.2012
Cuando en 1960 egresé
de la Escuela de Carabineros con el grado de subteniente, fui destinado
a la cuarta comisaría La Florida de Valparaíso, lugar al que llegué
lleno de ilusiones y muy motivado para ser un profesional de excelencia.
Pero con lo aprendido en el curso de formación no tenía claridad sobre
lo que debía hacer para destacarme.
Fuimos recibidos por el General Jefe de Zona, el Prefecto y el
Comisario. Todos nos dieron el saludo protocolar, pero ninguna
orientación al aporte que con nuestro trabajo haríamos a la institución
para el cumplimiento de su misión.
Lentamente me di cuenta que mis actividades estarían orientadas a lo
que se denomina servicio de guardia y servicio de población, pero nunca
recibí de mi jefe alguna orientación sobre su finalidad o las metas que
debería alcanzar. A la vez, tampoco pude dárselas al personal que
trabajaría bajo mi mando. Existían reglamentos que se referían a
aspectos formales, que no daban tampoco ninguna claridad acerca de la
misión y objetivos. Por consiguiente, no lograba percibir cómo me
evaluarían. Pensando que la meta sería acatar el reglamento, yo cumplía
rigurosamente los horarios y las formalidades del servicio. Muchos no lo
hacían, dando un pésimo ejemplo, y algunos atendían mal al público. Sin
embargo, no había ninguna supervisión por parte del mando. Muchas veces
pensaba sobre la forma en que podría evitar la comisión de delitos
durante mi servicio, sin encontrar respuesta ni menos alguna orientación
de mi jefe.
Sobre esta nueva actividad tampoco recibí ninguna orientación de mis
superiores ni en las reuniones de oficiales se habló de la misión, del
grado de su cumplimiento ni menos de la realidad relativa a ella. Todo
se remitía a aspectos formales. Por mi parte, en las reuniones con mis
dirigidos hacía lo mismo, aún cuando me quedaba la duda sobre si lo que
ellos hacían en sus actividades era lo correcto para prevenir la
ocurrencia de delitos. Como no tenía claridad de la misión que ellos
debían cumplir me limitaba a guiarme por los reglamentos, que aparte de
aspectos formales no daban ninguna orientación. En esta etapa comencé a
darme cuenta que no sabía hacer un plan, además de que las órdenes de
servicios del nivel superior no eran exactamente un plan, pues no
declaraban la misión, no fijaban metas ni establecían tareas claras. Por
mi parte, cuando a mi me correspondía, hacía lo mismo.
DETENCIONES MASIVAS
Dos años después, fui trasladado a la Segunda Comisaría Santiago
Centro, nuevamente volví a la actividad de línea, es decir, a servicios
de guardia y población. Mi comprensión sobre ello continuaba igual de
confusa y, a la vez, el mando no me daba ninguna orientación. Todo era
la rutina de siempre.
En paralelo a los servicios de corte policial, existe lo que se
denomina labores administrativas, que comprende realizar sumarios,
dirigir comisiones administrativas, efectuar investigaciones internas y
elaborar informes diversos. Sobre estas materias no recibí ninguna
capacitación en la Escuela de Carabineros y el jefe respectivo tampoco
me orientó cuando me correspondió realizarlas por primera vez. Siempre
me guiaba por lo que alguien había hecho anteriormente.
Estas detenciones eran indiscriminadas, pues en una ocasión hasta un
profesor universitario fue detenido, quien muy indignado, cuando trataba
de darle explicaciones por la mala actuación del personal de fuerzas
especiales, me manifestó:”no se preocupe, ya veo con quienes están Uds.
acostumbrados a tratar”. Estas rondas eran dispuestas por el Alto Mando,
que nunca las evaluó ni reparó en que se detenía indiscriminadamente y
se afectaba especialmente a los más vulnerables socialmente, causa de
rechazo hacia nosotros, lo que en algún momento tendría un alto costo.
Desde esta comisaría fui trasladado al Grupo de Instrucción Los Andes
y, previa asistencia a un curso de montaña y fronteras, como jefe de la
Tenencia San José de Maipo. Mi labor era netamente directiva. Como
tampoco recibí una orientación, me guié por los reglamentos y por mi
particular punto de vista. Además del personal de la tenencia, estaban
bajo mi supervisión seis retenes. La orientación que di a todos fue la
misma que me habían dado a mí y se limitaba a lo formal y reglamentario.
Por consiguiente, el personal también actuaba bajo su particular punto
de vista y difícilmente comprendía que su misión era prevenir los
riesgos de que se alterase el orden público y la seguridad o no se
acatasen las leyes bajo nuestra supervisión.
CONTROL DE MANIFESTACIONES PÚBLICAS
Posteriormente, fui trasladado a la Escuela de Suboficiales, donde lo
más importante eran los aspectos formales, al igual que en las
comisarías, pero sobre nuestra misión cada cual debía deducirla. En este
lugar fue donde realmente adquirí experiencia para enfrentar las
manifestaciones públicas (gobierno de la Unidad Popular). Mis primeras
experiencias fueron atroces, de partida se me enviaba al centro y no se
me daba ninguna información sobre lo que estaba sucediendo, de manera
que no sabíamos cuál era la misión, menos si las manifestaciones eran
legales o ilegales ni tampoco si alguien comandaba todas las fuerzas
para que nos diese alguna orientación sobre el plan de acción. Solamente
la central de radio indicaba que había que disolver al grupo de
manifestantes y uno debía ver cómo hacerlo. Con el tiempo fui ideando
formas de actuar y orientando a mis dirigidos. Finalmente adquirí mucha
experiencia y seguridad sobre cómo proceder, pero nunca hubo un plan de
acción del mando, de manera que se producían errores tal como continúa
ocurriendo y pagaba el que se equivocaba, al igual que en la actualidad.
La mantención del orden público requiere un profundo análisis, pues
manifestarse pacíficamente es legal y muchas veces por no haberlo hecho
ni elaborado un verdadero plan, con nuestras actuaciones aumentamos el
problema.
Con el tiempo y ya con el grado de mayor, gracias a mis estudios como
autodidacta y guiado por la obra “Administración por objetivos y
resultados” de George Morrissey, comencé a hablar de “misión” y de
“objetivos”, lo que me resultó extremadamente difícil, puesto que en la
institución ese lenguaje era desconocido. No se hablaba de misión y
menos de metas. Por consiguiente, nadie era responsable de prevenir los
delitos más frecuentes, tal como ocurre en la actualidad. El autor
señalaba que si el nivel superior no le indicaba la misión, uno debía
definirla (año 1982). Definir la misión de la institución me fue
demasiado difícil y más aún declarar metas. Finalmente llegué a la
conclusión de que es “garantizar la seguridad, el orden público y el cumplimiento de las leyes que están bajo su supervisión”.
En una reunión de quienes comandaríamos fuerzas con el general que
dirigía toda la operación, planteé mi suposición para definir lo que
haríamos ante la eventualidad de manifestaciones de este tipo y no hubo
respuesta. Fue justo lo que pasó frente a la Universidad Católica en el
momento de la llegada del Papa. Como di órdenes de no intervenir,
pasados unos minutos los manifestantes retiraron los carteles y no hubo
ningún desorden. En cambio, en otra reunión masiva en el Parque
O’Higgins, sucedió lo mismo y se intervino, lo que terminó en serios
disturbios. Este pequeño ejemplo es muy elocuente sobre nuestra gestión
como directivos, pues no tenemos conciencia de que el análisis es el
punto de partida para hacer planes y tomar decisiones correctas. En el
caso comentado me fue de mucha utilidad haber estudiado la obra “La
mente del estratega” de Kenichi Ohmae, autor japonés aún muy vigente.
RESISTENCIA AL CAMBIO
En la actualidad la realidad social ha cambiado mucho y los actores
sociales se expresan mucho más y con mayor fuerza, pero como Carabineros
no ha cambiado nada ni hace verdaderos análisis, en la forma en que lo
expone el autor japonés que cité, vemos los mismos problemas de antaño.
Pero como ahora nuestras actuaciones cualesquiera puede grabarlas,
quedan al descubierto los errores, que cuestan muy caro al que los
comete.
La sociedad es implacable con los responsables directos y el mando hace lo propio, desligándose de su responsabilidad, sin reparar en que la causa de los errores es la ausencia de una gestión profesional y, tal como lo expresé en una columna anterior, se deben a nuestra pésima formación y a la muy fuerte resistencia al cambio en quienes tienen en sus manos el liderazgo.
La sociedad es implacable con los responsables directos y el mando hace lo propio, desligándose de su responsabilidad, sin reparar en que la causa de los errores es la ausencia de una gestión profesional y, tal como lo expresé en una columna anterior, se deben a nuestra pésima formación y a la muy fuerte resistencia al cambio en quienes tienen en sus manos el liderazgo.
La sociedad, al pedir severos castigos contra el que actuó mal,
también se equivoca, pues está atacando los síntomas y no las causas,
por lo que los mismos errores se vuelven a repetir, significando la
pérdida del cargo o la cárcel y a veces ambas cosas para los que se han
equivocado. Siempre me ha sorprendido que la sociedad, a través de sus
representantes, que son la autoridad de la cual depende Carabineros, no
analice y erradique el problema, porque de lo contrario, los errores y
los riesgos de que se altere el orden público, la seguridad y el
incumplimiento de las leyes, continuarán sin ser prevenidos. Y tal como
lo vemos a diario, seguirán en aumento. Es decir, se reaccionará pero
nunca se accionará.