Columnas
24 de Septiembre de 2013
En estos días apareció mi nuevo libro, denominado
“Cambio de Rumbo: una nueva vía chilena a la educación”. ¿Por qué
escribirlo, siendo que en 2010 publiqué “Se acabó el recreo”, un libro
destinado a denunciar la realidad de la educación escolar en Chile, y
darle fundamento a las primeras medidas de reforma educativa que había
propuesto Educación 2020?
La razón es simple: a poco más de un año de la histórica foto con las
manos en alto de la Presidenta Bachelet con los multipartidarios
líderes del Congreso en 2008, en la primera propuesta de Hoja de Ruta de
Educación 2020 nos resultaba casi impensable cuestionar las bases del
modelo, que la larga discusión de la nueva LGE dejó intocadas. Todas
nuestras propuestas —la mayoría hoy implementadas o al menos en
discusión parlamentaria— apuntaban en la dirección adecuada, pero sin
cuestionar las bases del modelo vigente.
Aunque suene a victoria pírrica, E2020 también contribuyó del 2010 en
adelante —y sigue en esta línea— modificando o incluso parando en el
Congreso algunos proyectos de Ley que, tal como fueron diseñados por el
gobierno, significaban un franco retroceso en materia de segregación
social, o bien favorecían injustamente a la educación particular
subvencionada respecto de la pública.
Entre estos proyectos está la versión inicial del proyecto de Calidad
y Equidad de 2011, el incentivo tributario para la clase media, el
proyecto de subvención para la clase media, y la versión inicial del
proyecto de carrera docente. Ahora —paso el aviso porque pocos lo tienen
claro— se avecina un nefasto proyecto de Ley de Salas Cuna que trae
escondido el germen de, adivine usted, establecimientos privados con
fines de lucro y financiamiento compartido, que vendría a “terminar de
poner el candado” al perverso, segregador y subsidiarista modelo
educativo. La ideología de quienes diseñaron el modelo actual en los 80
volvió con fuerza, y esta vez con el fin de profundizarlo y dejarlo
irreversiblemente consolidado.
El 2011 el movimiento estudiantil —al cual todos debemos agradecer—
volvió a irrumpir con más fuerza que el 2006. Pateó el tablero y las
fichas volaron por el aire. No sólo se cuestionó el modelo educativo,
sino el modelo general de desarrollo político, social y económico. A
diferencia del 2006, esta vez se sumó un gran contingente de ciudadanos
de todas las edades, coincidiendo con el escándalo de La Polar (en el
cual hubo cerca de 1 millón de estafados), latrocinios y colusiones
varias, y con una protesta mundial que explotó en Wall Street, Tel Aviv,
Londres y Madrid.
Las pomposas declaraciones de que vamos a ser un país desarrollado el 2020 o 2050 no son más que cinismo destilado, editorializado, replicado en las aulas y los asados familiares comiendo filetes septembrinos, por una elite que vive feliz la vida loca en 6 o 7 de las 346 comunas de Chile, como si aquí no pasara nada.
Fue la primera vez, desde 1973, que la ciudadanía cuestionó
abiertamente en las calles las bases del modelo chileno, las de Milton
Friedman, Jaime Guzmán, José Piñera y los Chicago boys. El mayor éxito estudiantil fue entonces “correr el cerco” de las ideas, no sólo en educación.
Una de las más claras expresiones intelectuales de este
cuestionamiento es un nuevo libro, llamado “El otro modelo: del orden
liberal al régimen de lo público”, de Fernando Atria, Guillermo Larraín,
José Miguel Benavente, Javier Couso y Alfredo Joignant. Los felicito
calurosamente, es un texto imprescindible. Ese libro “despluma”
prolijamente las bases del modelo actual, en sus aspectos
constitucionales, políticos, sociales, y económicos, y propone una nueva
vía de desarrollo para Chile, en que los derechos sociales adquieren
una renovada relevancia. No propone transformar Chile en Cuba, ni en
Corea del Norte, sino en un país más sensato y moderno, más parecido a
las social democracias exitosas de otras latitudes.
El modelo chileno vigente desde Pinochet en adelante es la expresión
más acabada en el mundo de neoliberalismo extremo: crecimiento con
inequidad, segregación social y represión. La concentración y mala
distribución del ingreso es obscena. Sus diseñadores y beneficiarios no
se preguntan por qué hay encapuchados, por qué hay decenas de miles de
delincuentes, por qué tenemos un individualismo y clasismo extremo y
creciente, o niveles de desconfianza interpersonal inéditos en el mundo.
Esos son para ellos meros problemas “colaterales al modelo”, que se
resuelven aumentando la dotación policial así como los cupos en las
cárceles y el Sename.
Es, en realidad, un modelo poco ético. Bajo la presunta libertad de
emprendimiento y la libertad de elección, de la cual sólo goza el 20 %
de mayores ingresos de la población, se ha ejercido violencia social
sobre el resto de la ciudadanía. Silenciosa, no aparece en la prensa.
Las violaciones a los derechos humanos, muertes, exilios y torturas se
aplicaron a algunos miles de chilenos. Estas otras son violaciones a
derechos ciudadanos, no son tal vez tan graves, pero se ejercen sobre
millones, lo cual las hace igual de graves.
Este modelo tiene su correlato perfecto en el sistema educativo.
Junto con los guetos urbanos, se ha construido una Sudáfrica educativa,
aún más segregada que la concentración barrial de la pobreza y la
riqueza. Peor aún, el modelo tiene defectos intrínsecos en su concepción
pedagógica, en su confianza excesiva en la aplicación industrializada
de tests estandarizados como base de la competencia de mercado, y una
burocracia de comando y control que pretende regir la vida de las
escuelas en su más mínimo detalle, asfixiándolas, y robando a profesores
y alumnos de cualquier chispa posible de creatividad. Otro “daño
colateral” es una carrera docente demolida, con la educación pública en
vías de extinción por acción o alegre omisión.
Sin saber de la existencia y gestación de “El otro modelo”, me
dediqué durante 6 meses a escribir un libro sobre el necesario cambio de
modelo educativo que, guardando todas las posibles diferencias de
opinión con dichos autores, constituye una propuesta de “otro modelo”
concentrada en el ámbito preescolar y escolar, con 33 propuestas
detalladas y calendarizadas. Fue solo al final, en el mes de Julio, que
le puse título. “Cambio de rumbo”.
Llegué a la convicción de que, si mantenemos el rumbo actual, no
vamos a lograr recuperar la educación pública, ni la equidad, ni la
segregación. Ni siquiera continuaremos mejorando la calidad promedio del
sistema, como nos lo demostró recientemente el resultado de la encuesta
nacional de comprensión lectora y aritmética en adultos. El 45 % de la
población entre 15 y 24 años, es decir los que están egresando o recién
egresaron de media, no entiende nada de lo que lee, ni puede
realizar una operación aritmética tan simple como balancear una
chequera. Imagine Ud. en qué estrato social y lugar de residencia está
ese segmento de población. Son los mismos estafados por La Polar y por
universidades e institutos chantas.
También fue al final, obviamente, que escribí el epílogo, y debo
confesar que lo hice en un estado anímico de cierta rabia y
desesperación. Después de revisar cifras y datos, y ordenar la cabeza
como sólo se puede ordenar al escribir un libro, llegué a la convicción
que Chile es un país que maltrata masivamente a sus niños. Fíjese en el
horror de lo que estoy diciendo. Los maltrata en guetos socioeducativos
que son un nido de desesperanza aprendida, los maltrata en jardines
infantiles en que las “tías” deben enseñar a sus alumnos a esconderse
cuando comienzan las balaceras, en sus casas a través de inéditos
índices de violencia intrafamiliar, abuso físico y sexual, los maltrata
por medio del trabajo infantil, los maltrata en el Sename.
Nelson Mandela lo dijo con claridad: “No puede haber una revelación
más intensa del alma de una sociedad que la forma en la que trata a sus
niños”. Siendo así, las pomposas declaraciones de que vamos a ser un
país desarrollado el 2020 o 2050 no son más que cinismo destilado,
editorializado, replicado en las aulas y los asados familiares comiendo
filetes septembrinos, por una elite que vive feliz la vida loca en 6 o 7
de las 346 comunas de Chile, como si aquí no pasara nada.
¿Cómo podemos mirarnos las caras mientras tratamos a la infancia de
la manera que la estamos tratando? ¿Queremos ser desarrollados con estos
niveles de violencia explícita o implícita hacia los niños de Chile?
¿Con estos modelos de enseñanza robotizada pretendemos ser competitivos
internacionalmente? ¿Con estas prácticas legales e ilegales de
segregación académica y socioeconómica queremos construir una sociedad
cohesionada? Por favor, mirémonos un poquito al espejo en las mañanas y
digamos basta.
Chile tiene un desafío único, para el cual no hay guías ni manuales.
¿Cómo transitar del modelo más mercantilizado del mundo a uno más acorde
con la realidad de los países más avanzados, tanto en lo político, como
económico, social y educativo? A mi juicio no se puede ni debe realizar
de manera radical, lo cual puede ser una gran tentación. Mi
aproximación es “radicalmente gradualista”. Es decir, con un rumbo claro
pero teniendo en cuenta las múltiples restricciones políticas,
económicas e incluso culturales de la sociedad chilena. Otros podrán
discrepar. Pero es lo que creo y propongo en este texto.
No puedo pretender que estas propuestas, que son la nueva generación
de propuestas de Educación 2020 más algunas inventadas al calor de la
redacción del libro, sean las únicas, mejores o las más correctas, pero
espero sean un aporte para discutir el imprescindible cambio de rumbo
del modelo educativo chileno.