¿Es el docente un profesional reconocido como tal?
Viajo a Chile, al menos, una vez al año. Aprovecho mi corta
estadía y me reúno con educadores y personal directivo de algunos
colegios, no solamente de Santiago sino también de regiones. Dedico
parte de mi tiempo en entrevistas focalizadas, en analizar textos de
estudio, en investigar uno que otro cuaderno de clases y para mantener
algún tipo de diálogo con alumnos del sistema educativo municipalizado.
Pero mi mayor interés lo tengo centrado en los docentes.
Es interesante observar cómo los profesores no sienten
identificados con algunos discursos imperantes, que circulan en torno a
la profesión con bastante liviandad. Así me comienzan a surgir un puñado
de preguntas: ¿Se considera al docente un profesional de la educación?
¿Son los profesores reconocidos socialmente como profesionales? ¿Son
consultados los maestros cuando se necesitan efectuar cambios drásticos
en el sistema educativo? ¿Se tienen en cuenta sus opiniones, sabiendo
que quienes están en el aula y en contacto directo con los educandos son
precisamente ellos? ¿Tienen los profesores la oportunidad de hacer
valer su experiencia áulica al momento de efectivizar los cambios?
¿Puede un maestro proponer o solamente debe acatar? ¿Se les pregunta?
¿Se los escucha? Se les impone.
Este artículo lo pienso a partir de una serie de informaciones, noticias aparecidas en los matutinos de Santiago[1],
que hacen referencia a nuevas políticas y prácticas en educación y a
los debates que efectuarán diferentes expertos sobre los desafíos
pendientes de la reforma educacional. Si bien es cierto que los nombres
citados allí son de destacados investigadores, ninguno de ellos está en
contacto con niños y niñas, puede que lo hayan estado antes, en sus
orígenes, pero no en actualidad y la actualidad educativa de Chile es
otra, muy diferente incluso a la que yo conocí como alumno del sistema. Y
esto es un indicador del fracaso, pues nadie puede escribir sobre
aquello que desconoce o dictar pautas educativas cuando la realidad del
aula ha cambiado drásticamente en los últimos 20 años. También las
necesidades de hoy son otras.
Al docente, no solamente no se le consulta, tampoco se lo invita a
contar su experiencia, a relatar en Foros y Plenarios los aciertos y
los errores, y los planes y programas que llegan a sus manos, siempre
elaborados por tecnócratas, se construyen bajo supuestos, sobre
experiencias ajenas, muchas veces copiadas de otros países, pero jamás
sobre las realidades que tenemos en Chile, realidades que él y sólo él,
el profesor, conoce de primera fuente.
Casi como para efectuar un lavado de cerebro masivo, se les
señala en los discursos lo maravilloso que funciona la escuela en Corea y
su conectividad a la red del 100% de las escuelas, se les habla de la
calidad educativa en Finlandia, pero no les cometan que un docente
tiene tanto prestigio social como ser médico o abogado, tampoco se dice
cuánto invierte ese país en educación. Se toman los modelos educativos
de España, pero no les advierte a los profesores que los maestros
españoles tienen un año sabático (con sueldo asegurado) para
perfeccionamiento y capacitación y que los docentes son considerados
“productores de conocimiento científico” y que sus aportes, sus
escritos, sus investigaciones son consideradas y altamente valoradas a
la hora de promover algún tipo de cambio curricular.
Si ponemos como ejemplo lo que sucede en otras latitudes y si
queremos copiar lo mejor de ellos, aquello que supuestamente funciona
bien, copiemos todo el modelo y dignifiquemos la profesión docente,
reconozcamos al enseñante como alguien con autoridad, opinión y poder
de decisión en este tema.
Las reuniones de expertos en educación son muy lindas y causan
verdadera expectación y revuelo, se dicen en ellas cosas maravillosas y
altamente significativas, se dejan por escrito estrategias direccionales
y situacionales para promover el cambio, palabras que a cualquier
docente principiante pueden llegar a impactarle. Sin embargo, ¡vuelta la
burra al trigo!, en estos foros no se promueven modificaciones a las
exiguas condiciones laborales de los docentes municipalizados, no se
plantea mayor inversión para equipamiento didáctico, no se abren ni
promocionan espacios de discusión, reflexión e intercambio y, lo más
preocupante, no se diseñan ni promueven acciones de capacitación
permanente, tendientes a revertir las prácticas deficientes.
Con una inversión insuficiente, sin espacios consolidados para
la reflexión de las prácticas áulicas, sin posibilidades de
perfeccionamiento en servicio, de nada sirve debatir entre
especialistas, que analizan el problema desde una perspectiva
unidireccional y lejana.
Necesitamos que sean los propios docentes, profesionales de la
educación, quienes propongan acciones concretas y conjuntas, que
comparen y puedan atacar problemáticas comunes, que debatan y compartan
entre pares las acciones y allí los expertos sí podrán aportar desde sus
amplios saberes con las diversas estrategias de intervención para un
verdadero cambio en las instituciones educativas, siempre y cuando,
insisto, el primer cambio que se efectúe sea el de mayor inversión y la
recomposición salarial de los que deben llevar adelante las acciones de
mejoras.
Las políticas educativas y las prácticas educacionales deben
diseñarse en conjunto, entre todos los actores involucrados y no desde
un sector iluminado, que no escucha o desconoce como profesional al que
está al frente de un grupo dentro de las aulas