Sentado tras su escritorio de trabajo, con una enorme foto del
general Pinochet a sus espaldas, Antonio Garrido despide a la persona
que tiene enfrente diciendo que Dios lo bendiga. Entonces, el alcalde de Independencia se echa una galleta Tritón a la boca y hace sonar una gruesa campana de bronce:
-¡Ya, rápido! -grita-, ¡que pase el siguiente!
Y el siguiente es una mujer joven que llega a pedir zapatos para dos
de sus cinco hijos. No tiene trabajo y su marido la abandonó por otra.
La mujer recién ha comenzado a contar su drama cuando el alcalde levanta
el teléfono y ordena a quien contesta al otro lado de la línea:
-Mijita, cómprele un par de zapatos a dos niños que ya no tienen con
qué andar. Dos pares para cada uno, mejor, zapatos y zapatillas.
El alcalde cuelga y vuelve la vista a la mujer para decir: “Listo,
que Dios la bendiga… Y, oiga, por favor, no me siga trayendo guagüitas
al mundo”.
Es el mediodía del lunes 10 de septiembre y afuera de la oficina del
alcalde aguardan unas 50 personas, casi la mitad de las que había al
comienzo del día. No es una escena excepcional. Garrido, devoto
evangélico, destina todas las mañanas para atender personalmente a los
habitantes de Independencia y otras comunas, que acuden en masa a pedir
alguna cosa: un puesto de trabajo, una patente comercial, una
condonación de deuda, una prótesis, un par de zapatos, mercadería,
dinero en efectivo.
En esta comuna de Santiago la gente sabe que si tiene algún problema,
alguna necesidad, debe acudir al alcalde. Y es el mismo alcalde quien
decide y resuelve en cosa de segundos, tomando su teléfono o metiéndose
la mano al bolsillo, donde guarda un fajo de billetes de mil pesos
recién salidos del banco. También, en una sala lateral de su oficina,
guarda mercadería y cajas de zapatos.
La plata sale de su sueldo, me dice. Y la mercadería y los zapatos
son frutos de donaciones. Pero para el caso da igual. Desde su oficina,
donde además de fotos de Pinochet cuelgan leyendas bíblicas, afiches de
Colo Colo e imágenes de hípica y de boxeo, Antonio Garrido lanza una
precisión:
-El que ayuda a esta gente no soy yo -dice, alzando la vista y los brazos hacia el techo-. Es él.
Regalar dinero
Los brazos, como todo en el alcalde, son grueso. Gruesos y fuertes,
herencia de su pasado de colectivero y ex campeón sudamericano de boxeo.
Hace 16 años, después de un período como concejal, fue elegido alcalde
por Renovación Nacional. Desde entonces su caudal de votos ha ido en
ascenso. La última elección obtuvo el 45,6% de las preferencias. Ahora
va por un cuarto mandato.
Antonio Alejandro Garrido Mardones, 59 años, casado en terceras
nupcias, siete hijos, 15 nietos, dice que su popularidad despierta
envidias y apetitos de opositores a su gestión, que habrían digitado
denuncias en su contra.
Días atrás, un video subido a Youtube lo mostró repartiendo billetes a
decenas de indigentes que hacían fila en las afueras de la
municipalidad. La polémica motivó una entrevista en directo con la
periodista de Canal 13 Carola Urrejola, quien cuestionó al alcalde por
este hecho y por instalar letreros públicos en la comuna con la leyenda Cristo es más grande que tu problema. Fue entonces que Antonio Garrido se despachó la siguiente frase:
“A lo mejor usted es atea y no está ni ahí con Dios, y la va a tener que pagar, acuérdese que se la va a llevar el cuco”.
Más controversial fue el reportaje de Informe Especial, que hace un
año denunció que en la municipalidad de Independencia se entregaban
licencias de conducir a personas que se comprometían a votar por el
alcalde. En las imágenes se ve al mismo Antonio Garrido levantando el
teléfono para autorizar el otorgamiento de licencias, sin examen
práctico de por medio.
Los hechos motivaron una investigación de fiscalía, que se cerró al poco tiempo por falta de antecedentes.
Pilar Durán, concejala socialista que presentó la denuncia por este
caso, dice que el alcalde ha establecido un sistema perverso de
clientelismo político, donde todo pasa por su discrecionalidad. “Si
quiere regalar su plata, que lo haga, pero no usando instalaciones y
recursos de la municipalidad”, dice la concejala.
El alcalde se pregunta cómo puede ser cohecho algo que supuestamente
hace desde siempre: regalar su dinero. Se lo pregunta camino a su casa,
poco antes de pedirle al chofer de la van que se detenga en una plaza
para bajarse a repartir billetes de mil a un grupo de hombres y mujeres
encargados del aseo de la comuna.
Su esposa, que ha quedado en la van, dice, extendiendo la palma de su
mano, que Antonio Garrido siempre ha sido así: “Generoso con los que no
tienen, porque él no tuvo”.
Poco después el alcalde dirá que acostumbra regalar la mitad de su sueldo y ahorra otra parte en un tarro que guarda en su casa.
-Pero quizás, por seguridad, no conviene publicar eso, alcalde.
-Bah, a mí no me vienen con huevás. Ponga usted ahí: en mi casa tengo una semiautomática pa’ pegarle 20 tiros al primer hueón que se atreva a entrar.
Dar, dar, dar
En el departamento que Antonio Garrido comparte con su esposa -y que
es una de las dos propiedades que registra en informes comerciales,
además de una sociedad de taxis colectivos- no hay lujos ni ostentación.
Es un departamento estrecho, de dos habitaciones, decorado por unos
pocos objetos: un par de trofeos, un elefante que en la trompa lleva
enrollado un billete de mil pesos y una foto en blanco y negro que
registra el nocaut que el dueño de casa le propinó a Horacio Bórquez, un
mediano ligero de pergaminos pasados, en 1976.
-Fue un cross de derecha tan potente que sentí un calambre en el
brazo -dice el alcalde, sobándose un brazo, como si la electricidad aún
lo recorriera-. Bórquez quedó tirado con un ataque de epilepsia.
Antes de dedicarse a dar golpes de puño, trabajó en ferias libres y
en el hipódromo. Al boxeo llegó por su padre, boxeador como tres de sus
hijos. Pablo Garrido, concejal por Recoleta y candidato independiente a
alcalde por Conchalí, recuerda a su hermano como un púgil “aguerrido y
frontal, aunque no tan técnico”, que sabía sacarle partido a su
corpulencia.
-Mi padre siempre nos decía que en el boxeo, como en la vida, hay que
dar, dar, dar, y no recibir -dice Pablo al teléfono-. Y eso mismo que
hizo en el ring, Antonio lo ha hecho en la municipalidad.
-Dar, dar, dar -repetirá el alcalde desde su departamento, a
propósito de su afán por regalar dinero-. Yo quiero ser rico allá
arriba, no acá abajo. ¿O acaso usted no cree en eso?
Pugilato
Este martes 11 de septiembre, a la hora en que Chile juega con
Colombia, el Concejo Municipal de Independencia discute sobre la
solicitud de una patente de alcohol. Los concejales de la Alianza están a
favor y los de la Concertación, en contra. Tres contra tres. El alcalde
dirime el empate y la patente queda otorgada. Si hasta entonces la
jornada ha transcurrido tranquila, si es que no floja, la intervención
de la concejala DC América López, que cuestiona la decisión del alcalde,
enciende los ánimos.
Alcalde: A usted no la recibo nunca más en mi oficina. Si se aparece, la echo.
Concejala: Usted no me puede echar.
Alcalde: La echo.
Concejala: Usted se cree patrón de fundo, yo no soy su inquilina, soy una represente de la gente.
Alcalde: Pero sacó muy poquitos votos.
Concejala: ¡Alcalde, le voy a traer a la prensa!
Alcalde: Me da lo mismo. Usted no es de mi agrado.
Unos minutos después, desde su oficina, Antonio Garrido dice que “los
concejales son alcaldes frustrados y pesan menos que un paquete de
cabritas”.
-No pesan nada, el que manda y decide acá soy yo -declama.
Afición hípica
En su oficina, sobre una mesa lateral, el alcalde exhibe un muñeco de
yeso que lo retrata sonriente y con los brazos abiertos. A los pies,
una leyenda: Dios conmigo, ¿quién contra mí?
También exhibe una colección de caballos y fotos y cuadros alusivos a
su afición hípica. En una de ellas se ve a Silver Gold, el último
caballo de propiedad del alcalde, que estuvo cerca de ganar el clásico
Municipalidad de Independencia.
-En realidad ganó -corrige Garrido-, pero los sinvergüenzas ladrones de los comisarios me robaron la carrera.
-¿Es lo único que no ha ganado, alcalde?
-Lo único -sonríe.
Esa mañana de lunes el alcalde recibe a un famoso jinete de la hípica
que ha llegado a pedir alguna cosa. Resulta imposible saber de qué se
trata. El jinete se acerca al oído del alcalde para confiarle un
secreto.
-¿Cuándo? -pregunta el jinete.
-Eso lo sabe Dios -dice el alcalde.
Luego se despiden de beso en la mejilla. Antonio Garrido vuelve a su asiento y hace sonar la campana de bronce.
-¿Quién sigue?