CIPER presenta libro de Fernando Atria:
Publicado: 11.06.2012
Con Atria en la mochila
Escribir la presentación de esta colección de columnas del abogado
Fernando Atria es para mí un honor, pues durante este importante e
intenso año 2011, en que nuestro sistema educativo fue objeto de un
debate muy a fondo, su serie de artículos titulada “10 lugares comunes
falsos sobre la educación chilena” me acompañó en muchos momentos
importantes. Me acompañó literalmente, pues yo andaba con sus columnas
impresas en la mochila, corcheteadas y subrayadas.
En mi caso, egresado de un colegio particular, sentía esa angustia
del privilegiado; y a cada universidad a la que asistí, para explicar el
sentido del movimiento, desde la Universidad de Los Andes o Adolfo
Ibáñez hasta los más diversos colegios particulares, siempre me interesó
plantear ese tema con fuerza. Creo que una de las funciones que tuvimos
los universitarios este año —en particular los de las mejores
universidades de Chile— fue el buscar que los estudiantes privilegiados
tomaran conciencia de su situación, y les generara angustia, culpa y
rabia. No es fácil para nadie aceptar que los privilegios de los que
goza son a costa de la discriminación de otros. Y fue un signo alentador
darme cuenta de que éramos cada vez más —de verdad muchos— quienes
queríamos desprendernos de dichos privilegios, o al menos ponerlos en
juego para vivir en un país más justo. Esto se manifestó en los cientos
de miles que se sumaron a la causa estudiantil por una educación sin
fines de lucro, gratuita y de calidad, que no sería a beneficio propio
sino de las futuras generaciones.
Estoy seguro, incluso, de que la mecánica exacta de cómo funcionaba
el proceso educativo era un misterio para una gran parte de los
estudiantes. Porque la educación, como cada tema importante donde
confluyen intereses enormes, tiene como primera arma defensiva el
mostrarse incomprensible a las personas, de modo que estas no puedan
reclamar.
Pero el esfuerzo de los secundarios de 2006 no fue en vano. En este
2011 muchos de los que participaron en ese movimiento y en el de 2008
entraron a la educación superior. Tenían la invaluable experiencia de la
derrota, pues tras decenas de comisiones y mesas de trabajo, su
esfuerzo culminó sin las reformas buscadas (el fin al lucro en la
educación era una de ellas). La recordada fotografía que se sacó la
presidenta Bachelet con los dirigentes de la derecha y de la
Concertación, todos con las manos entrelazadas y en alto, fue el triste
final para un movimiento que terminó doblegado, mientras la clase
política hacía creer que la educación había dado un gran salto (por esos
las manos entrelazadas) cuando no se habían movido las estructuras. Esa
experiencia, sin embargo, hizo que esta generación entendiera mejor
dónde estaban las trampas del sistema político y alimentara la
desconfianza necesaria para no caer en ellas nuevamente.
“En mi caso, egresado de un colegio particular, sentía esa angustia del privilegiado; y a cada universidad a la que asistí, para explicar el sentido del movimiento, desde la Universidad de Los Andes o Adolfo Ibáñez hasta los más diversos colegios particulares, siempre me interesó plantear ese tema con fuerza.”
En nuestro caso, comenzamos hace varios años a estudiar el modelo a
fondo, sus cruces, sus rincones ocultos. La verdad es que el sistema
educativo chileno es enmarañado como un plato de tallarines. Leímos los
informes de la OCDE, de diversos think tanks, empezamos a ir a
cientos de foros y armamos asambleas. Lentamente se fue formando un
capital cultural con la gente que nos rodeaba, que nos iban
retroalimentando, ayudando a entender. Luego, en la CONFECH, nos
enfrentamos al problema de cómo expresar esas ideas con claridad, para
generar empatía en la ciudadanía. Desde la FEUC, miramos con atención la
experiencia de Punta de Choros, donde los organizadores de la campaña
ChaoPescao.cl lograron impedir que en ese santuario se instalara la
termoeléctrica Barracones. Nos asesoramos comunicacionalmente y
entendimos que había que concentrarse solo en dos o tres temas fáciles
de transmitir, y hablarle a la mayor cantidad de público posible.
La dificultad inicial radicaba en que tanto los gobiernos anteriores
como el actual exhibían orgullosos las cifras de cobertura: casi un
millón de estudiantes continuaban estudios superiores. El dato más
potente era el que mostraba que de cada 10 estudiantes, 7 son hijos de
padres que solo terminaron el colegio, es decir, son los primeros en
llegar tan alto académicamente en sus familias. No parecía posible
mostrar que detrás de esos logros se incubaba un fracaso y que estábamos
frente a una crisis del sistema.
Pero tras esos grandilocuentes números había una realidad oculta; los
temas que elegimos para comunicar esas injusticias fueron inicialmente
tres:
El primero hacía referencia a la desigualdad en el acceso.
Las dificultades para que los sectores más vulnerables lleguen a la
educación superior eran evidentes, no solo porque la PSU es un tipo de
prueba que agudiza las desigualdades de base, sino por el costo que
significaba financiar los estudios. Era un tema fácil de explicar y
estaban los gráficos para mostrar que solo 2 de cada 10 jóvenes del
decil más pobre acceden a la educación superior, contra 9 de cada 10 del
decil más rico.
Pero no solo se trataba del acceso sino también de la alta deserción
que hacía aun más grande la brecha entre los titulados “ricos” y los
titulados “pobres”. El segundo eje hablaba del financiamiento.
Todos los estudios dicen que Chile tiene uno de los sistemas de
enseñanza superior más privatizada del mundo. Además es uno de los más
caros —si no el más caro—, financiado en un 80% por las familias y menos
del 20% por el Estado. La promesa de dar acceso a los más vulnerables
que hicieron los gobiernos de la Concertación venía con la letra chica
del crédito con aval del Estado, que hoy tiene a miles y miles de
familias angustiadas y atrapadas en la deuda.
“Es muy difícil que el tema educativo vuelva a provocar una movilización tan extensa e intensa como la que hubo en 2011”
Finalmente, como tercer eje de nuestro diagnóstico estaba la estafa:
el cuestionamiento acerca de la existencia de instituciones y empresas
que, con todo descaro, violan la ley que establece que no deberían
lucrar, abren carreras que no tienen mercado laboral y otras que
funcionan sin mínimos de calidad o transparencia. En el fondo, la
promesa de crecimiento y expansión de la matrícula en educación superior
vino sin un marco de regulación necesario para que no se produjera esta
enorme diferencia entre las expectativas generadas a los estudiantes y
sus familias a través de multimillonaria propaganda con una realidad
mucho menos prometedora.
Y eso fue. En un comienzo decidimos no hablar más que eso, aunque la
educación es un tema mucho más complejo. En cada declaración no podían
estar ausentes esos tres aspectos. Solo se agregó la democratización de
las universidades, que es un reclamo histórico de la CONFECH y que hace
mucho sentido con la construcción de ciudadanía y la responsabilidad
cívica.
Al principio estos temas parecían tocar solo los intereses de los
estudiantes y de sus familias, y nuestra tarea fue llegar a cada persona
afectada, hablándole de su particular problema. Buscamos convocar a
quienes no pudieron acceder a la educación superior, a los que habían
llegado pero estaban endeudados, a lo que tenían a un hijo estudiando
una carrera sin futuro o en una universidad evidentemente mala. Pero
poco a poco lo que parecía gremial fue decantando y mostrando lo mucho
que tenía de nacional: porque el sueño de una educación de calidad sin
distinción de clases no es el sueño de un grupo, sino el sueño de un
país mejor.
Creo que nuestro movimiento tuvo ese gran mérito: despertó una
sensación que no recorría nuestro país hacía décadas. Era la sensación
de comunidad, de que aún tenemos sueños colectivos que nos unen y por
los que vale la pena hacer sacrificios. Durante un largo período de 2011
más del 80% de los chilenos nos creyó y nos envió un mensaje: “Aunque
implique costos, vayan a buscar lo que piden porque nos beneficia a
todos, porque es posible, pero sobre todo porque es justo”.
Me gustaría hacer énfasis en algo relevante a la hora del impacto que
se tuvo: nosotros no inventamos nada nuevo, solo comunicamos una verdad
incómoda y la gente hizo suyos estos problemas. Creo que el acierto que
tuvimos como estudiantes, apoyados fuertemente por la sociedad civil,
fue que teníamos un alfiler en la mano en el momento en que la burbuja
educativa chilena se había hinchado al máximo.
“En todo ese período el Gobierno tuvo un único gran éxito y hay que reconocérselo. Como el debate educacional lo había perdido por completo, su estrategia para bajar el apoyo popular a nuestras demandas fue criminalizarnos; prohibir y reprimir las movilizaciones de modo que se fuera produciendo frustración, impotencia y desorden”
Los movimientos son un tipo de animal político muy particular. Tienen
una vida corta y luminosa. No están destinados a perdurar pues consumen
mucha energía ciudadana y giran en torno a un tema. Salvo excepciones,
vencen o son vencidos con rapidez porque la gente que los alimenta
necesita continuar con sus vidas. Si el movimiento universitario
prolongó su existencia durante casi un año, fue en una parte importante
porque se benefició de una serie de circunstancias inusuales. Una muy
importante es que en Chile gobernara la derecha. Estoy seguro de que la
eficacia del movimiento habría sido distinta si hubiera debido
enfrentarse a un Gobierno de la Concertación. Ese conglomerado, pese a
sus errores, podía hablar en el mismo lenguaje que los estudiantes.
Podía decir que en los 90 recibió el país con 40% de pobreza y Chile
tenía otras prioridades.Y podía blindar sus concesiones a los bancos y a
los intereses económicos de las universidades apelando al argumento
moral que ellos trabajaron para terminar con la dictadura. ¿Existió un
bloqueo y veto de la derecha a proyectos más “atrevidos” de la
Concertación en esos 20 años? Claro que sí. Pero también es cierto que
la Concertación nunca tuvo una sola voz respecto de la educación pública
y de calidad; y que muchos de sus dirigentes convivían de lo más bien
con el lucro en colegios y universidades.
En 2011, en cambio, la Alianza por Chile no tuvo dónde escudarse, ni a
quién culpar a la hora de no cumplir con las demandas sociales. Ellos
eran los principales detractores de la educación pública y los
principales sostenedores del lucro en la educación. No pudieron, por
eso, elaborar un argumento para disminuir la fuerza creciente del
movimiento. Tras la primera y masiva marcha nos dijeron: “Los que
reclaman son los privilegiados”. Respondimos que, considerando los
niveles de endeudamiento, deserción y falta de inserción laboral, se nos
considera privilegiados; no teníamos miedo en declarar que lo somos y
que no queremos seguir siéndolo. Lo que pedimos no es para nosotros,
sino para las generaciones que vienen.
Mientras la estrategia del Gobierno era intentar imponer eslóganes y
lugares comunes, la nuestra era intentar desarmarlos, mostrar la mentira
que había en esas afirmaciones que parecían tan verdaderas. Es por eso
que siento que hay una gran coincidencia entre los planteamientos de la
CONFECH y las columnas de Atria que comenzaron a aparecer en esos
momentos. Sus acertadas reflexiones alimentaron este debate, que
terminaron por callar los últimos argumentos de los sectores más
conservadores. Sus columnas sobre el lucro, financiamiento compartido y
gratuidad en la educación fueron claves para despejar dudas sobre la
legitimidad de nuestras demandas. Es más, camino al Congreso a debatir
el proyecto del lucro en la educación, junto a Camila Vallejo y
Francisco Figueroa, repasamos varias veces los argumentos de sus textos.
En todo ese período el Gobierno tuvo un único gran éxito y hay que
reconocérselo. Como el debate educacional lo había perdido por completo,
su estrategia para bajar el apoyo popular a nuestras demandas fue
criminalizarnos; prohibir y reprimir las movilizaciones de modo que se
fuera produciendo frustración, impotencia y desorden. Al principio esa
estrategia no funcionó y las escenas de jóvenes controlando a los pocos
encapuchados que aparecían eran un nuevo mentís para el Gobierno. Pero
la autoridad, que debía garantizar el orden y la convivencia
democrática, insistió en manchar al movimiento.
“El Gobierno terminó ganando: a través de la nula respuesta a las demandas, la negación de permisos de Intendencia y de la represión policial, transformó marchas que eran carnavales en manifestaciones que comenzaban y terminaban en violencia”.
Y terminó ganando: a través de la nula respuesta a las demandas, la
negación de permisos de Intendencia y de la represión policial,
transformó marchas que eran carnavales en manifestaciones que comenzaban
y terminaban en violencia.
El Gobierno apostó en muchos momentos a tergiversar nuestras
demandas, llevarlas al absurdo o recurrir a cualquier mecanismo para
bajar la adhesión social al movimiento. ¿Por qué hacía eso? Hay que
recordarlo para el futuro, hay que tenerlo presente en las luchas que
vienen: en 2011 la derecha usó sus dientes y sus uñas para defender
posturas ideológicas que no sirven a nadie más que a los intereses
económicos que rigen la educación. Posturas implantadas a la fuerza
durante la dictadura militar.
No pretendo narrar aquí todos los derroteros del gran movimiento
universitario del que fuimos parte. Alguna vez quizás valga la pena
hacerlo. Me interesa dejar claro, eso sí, que aunque no conseguimos las
grandes metas que nos propusimos, tuvimos el gran triunfo de revivir el
debate público. De revitalizar nuestra democracia y contribuir con la
sana politización de la ciudadanía. De un momento a otro, argumentos
relacionados a la injusticia social, los niveles de endeudamiento y la
estafa, empezaron a repetirse en las conversaciones de sobremesa, en los
espacios públicos, medios de comunicación, redes sociales, etc. Decía
que los movimientos tienen corta vida, pero si hay un aspecto por el
cual le veo proyección a este es porque logró despertar la política.
Porque puso en evidencia la dificultad estructural de nuestra
institucionalidad para poder hacer los cambios que las mayorías quieren.
En ese sentido creo que este movimiento llegó para quedarse.
Es muy difícil que el tema educativo vuelva a provocar una
movilización tan extensa e intensa como la que hubo en 2011. Eso hace
que la estrategia deba cambiar: hay que pensar en el mediano y largo
plazo. Una tarea, me parece, es lograr detectar las trampas que existen
en nuestro sistema político y que impiden que las mayorías se expresen.
Si se logra hacer eso, la posible sensación de fracaso y frustración por
no haber conseguido las reformas en educación que se esperaban, se
convierte en energía y en movimiento, esta vez para generar las
transformaciones democráticas que necesitamos.
“Desde la FEUC, miramos con atención la experiencia de Punta de Choros, donde los organizadores de la campaña ChaoPescao.cl lograron impedir que en ese santuario se instalara la termoeléctrica Barracones. Nos asesoramos comunicacionalmente y entendimos que había que concentrarse solo en dos o tres temas fáciles de transmitir, y hablarle a la mayor cantidad de público posible”.
Hay que ir hacia las reformas constitucionales. El hecho de que
tengamos una demanda que apoya tanta gente —un 80% en algún momento— y
que el Gobierno haya podido hacer caso omiso de esta, demuestra que hay
una contradicción profunda en nuestra democracia. El hecho que un
Parlamento no pueda hacer mucho contra un presupuesto mezquino también
muestra las limitaciones de un régimen tan presidencialista como el
nuestro. Todo eso se suma a la ya conocida “política de los consensos”
entre los dos bloques hegemónicos que mantienen sus niveles de poder
gracias al sistema binominal. Los dirigentes de la CONFECH tratamos de
instalar esa contradicción en el debate público y siento que a la gente
le quedó dando vuelta el tema; creo que ahí está el germen para que la
ciudadanía se active, y para que la siguiente tarea deba ser explicar
muy claramente los lugares comunes con los que se defiende un sistema
que no es del todo democrático.
Aquí es donde nuevamente aparece el aporte insustituible de Fernando
Atria. Su lucidez para explicar, de manera clara y sencilla, las trabas y
los cambios necesarios en nuestra Constitución, lo transforman
nuevamente en un actor fundamental para llevar al sentido común los
complejos problemas de nuestra institucionalidad.
Es un tema que parece lejano, árido, tal cual como se veía el sistema
educacional en sus comienzos. Pero es el momento de empezar a
convencernos que la transición a la democracia se terminó y que debemos
dar paso a una democracia moderna y profunda, que le entregue más poder a
la ciudadanía y permita que todas las visiones puedan ser
representadas. Va a demandar mucho esfuerzo intelectual, comunicacional,
político y social para aclarar esas trampas que hoy impiden que haya
una democracia real.
El adelanto que nos presenta Fernando en la primera columna de este
libro es parte de ese trabajo, donde, como es su estilo, trata de
desmenuzar e iluminar esa maraña llamada Constitución, que es la primera
línea de defensa que hoy tiene el poder establecido.
Creo que los años que vienen serán sumamente interesantes. Espero que emerja de ellos un Chile por fin más justo y más libre.