La historia de la Momia que carreteaba en Independencia
Publicado en Reportajes
*Nota de www.lanacion.cl (24/05/2012)
Carlos Martel es un mito
escondido bajo las capas heroicas de un médico, un militar, un
indigente, un artista y un asesino. También un cadáver embalsamado que
ha sido testigo de carretes delirantes y la muerte de todos sus amigos
que un día decidieron llenar sus venas de formalina para hacer de su
muerte una fiesta interminable.
Regresa al Museo de Anatomía, de la Faculta de Medicina de la Universidad de Chile
40 años después de muerto, el cadáver de Carlos Martel seguía penando al doctor Juan Vázquez
en Quillota. El doctor que se jactaba de tener una momia auténtica en
su despacho médico, era víctima de un cuadro infeccioso en pleno
invierno y la fiebre lo hacía delirar. Veía ahora cómo el cuerpo seco,
con ojos de vidrio y el pelo largo se le acercaba con los huesos a la
vista y un dedo extendido. Era como la versión rural de una película de
zombies, pero el buen doctor no le temía porque Martel era un viejo
amigo que lo acompañaba desde sus días de estudiante.
Ahora en medio del delirio febril, Vázquez repasaba los días en que él y sus compañeros de medicina de la Universidad de Chile,
conocieron a Carlos Martel vivo, quien se presentó como un aventurero
francés llegado a Valparaíso en los locos años 20, y completamente ajeno
a la carrera. Ya integrado al grupo, se convirtió en el maestro de
ceremonias y gestor del panorama nocturno para unos adolescentes
fascinados por este hombre de mundo.
El carrete no tenía fin con Martel e incluía mujeres, alcohol y peleas callejeras. Por lo general todo terminaba en la comisaría cercana de la calle Carrión con el francés como cabeza de los mejores eventos.
Una de esas noches Martel desapareció. Los estudiantes retomaron sus
clases esperando encontrarse con él en una de las quintas de recreo del
sector. El invierno siguiente Carlos Martel regresó. Sus amigos lo
encontraron desnudo y frío sobre la mesa de disección del pabellón de
anatomía como el cadáver de un N.N. que probablemente murió de frío. El
mismo pelo largo, las facciones finas y la mueca del vividor
desaparecido en acción.
Nadie le conocía familiares y como inmigrante indocumentado su único destino probable era la fosa común
o servir de material de clases por trozos. La última pitanza de los
amigos de Martel se ejecutó en instantes en algún momento de la década
de los 30: el grupo decidió inyectar el cuerpo con formalina y así momificarlo para seguir carreteando con él hasta el fin de los tiempos
El grupo de amigos robó el cuerpo, se
autodenominó “La cofradía de Carlos Martel” y comenzó una nueva vida
como invitado especial de tomateras y trasnoches en distintas casas
donde se turnaban su alojamiento. El mismo mito indica que al cuerpo se
le dejó el dedo pulgar plegado para que pudiera sostener una copa y un sistema de pernos para que pudiera flectar el brazo
y hacer salud. La fiesta interminable continuó con un cadáver llevado
en andas durante la madrugada para evitar ser descubierto por la policía
y se instalaba en la cabecera de mesa de una generación de jóvenes
enamorados de la bohemia que brindaban a la salud del muerto.
LA CHIQUILLADA MACABRA
Desde entonces sólo existen dos registros de la existencia de una momia que recorre Santiago. El
primero es un parte policial de mediados de los 30 en el que una vecina
aterrada denuncia que hay un cuerpo tieso en el techo de una “chingana”
en Bezanilla. Tras el operativo, los estudiantes aclaran que
no es una mujer ni un hombre, sino “una momia solamente”. Martel regresa
a la escuela de Medicina y aparece de nuevo cuando la prensa consigna
la crisis nerviosa un director de teatro que descubre que una momia de
utilería en realidad es un cadáver auténtico en medio de los festejos de
la Fiesta de la Primavera de Santiago en el Municipal.
Ésta vez la momia es llevada a -por el
rato- a casa del doctor Juan Vázquez, uno de los yuntas de Martel en
vida. Como Vázquez era médico de zona, la momia salió de gira con él
durante todo el resto de su ejercicio por localidades del sur de Chile
como Victoria y Traiguén.
A mediados del siglo pasado, el
septuagenario doctor Juan Vázquez delira durante un episodio infeccioso
en su parcela de Quillota. Es el último de los compañeros sobrevivientes de
La Cofradía de Carlos Martel y tiene frente a él a su viejo amigo. En
medio de la sicosis febril escucha que la momia le relata una historia
imposible: Martel le dice que en realidad su nombre no es Carlos, como
todo mundo cree, sino Juan, que en vida fue un pintor que en un arranque
de celos asesinó a su modelo favorita cuando se enteró de que ella
posaba para otro artista. Presa del pánico y la culpa huyó a Sudamérica
donde se hizo amigo de un grupo de jóvenes médicos para los que adoptó
el heroico nombre del abuelo de Carlomagno que enfrentó la invasión de los árabes en España el Siglo V.
A la mañana siguiente, el doctor le contó la extraña visión a su mujer
quien heredó años más tarde el cuerpo de la momia y las pesadillas
recurrentes de contar con un muerto en el altillo de la casa. Los hijos
de Vázquez tampoco desearon hacerse cargo de la momia y Martel terminó
escondido en una bodega de la enorme casa de los Vázquez con ese brazo
listo para brindar como el último de su generación en pie.
LA LECCIÓN DE ANATOMÍA
¿Pero, es el cuerpo de Carlos Martel una momia auténtica?.
En rigor hablamos de “momia” cuando estamos ante un cuerpo preservado
en forma natural, por el ambiente –ya sea el hielo, el desierto o la
deshidratación normal- Pero el caso de Martel es el de un cuerpo
embalsamado por la mano del hombre, explica el Doctor Julio Cárdenas,
profesor de anatomía del Programa de Anatomía y Biología del Desarrollo
de la Universidad de Chile.
Cárdenas es un romántico viajero. Un
hombre que sufre cuando ve a las nuevas generaciones maltratar el
mobiliario histórico de la facultad. Como Director del Museo de Anatomía
de la escuela de medicina y curador del catálogo estaba embarcado en la
búsqueda del centenario Martel cuando dio con el dato del doctor Etcheberry.
Imparable, realizó un trabajo de detectives digno de un CSI para dar
con el cuerpo para probar que esa pieza excepcional existía y pertenecía
a la Universidad de Chile.
Llegó al Museo de Historia Natural
donde revisó el cuerpo de la momia conocida acá como “Monsieur Martel”.
Se limpió y revisó el cuerpo hasta descubrir que, como el mito decía,
efectivamente contaba con una articulación en un codo y unas incisiones a nivel inguinal y yugular –es
decir de la cabeza al tórax- que es propio de las técnicas de
formalinización modernas, explica Cárdenas. “Esto de la articulación es
un detalle revelador y también cuenta con el pulgar en extensión lo que
le permite sostener un vaso o copa”, dice en referencia al mito de que
los muchachos le colgaban una roldada o cordel en la muñeca para hacer
que la momia brindara con ellos vaso en mano. Lo cierto es que esta
bisagra fue una idea del doctor Vázquez para facilitar el transporte de
Martel y para que cupiera en cajas y gabinetes.
Junto al médico, Mario Soto, quien
impartía talleres de taxidermia en el Museo de Historia Natural, ayudó a
atar cabos para demostrar que la momia mitológica era la que estaba en
las bodegas de Quinta Normal. “A simple vista se le aprecian las piezas
dentales en relativo buen estado. Lo mismo el cabello. Un estudio más
cercano muestra que no sólo fue formalinizada, sino barnizada y que eso corresponde a la misma que rastreamos en informes de prensa de la época”, dice Soto.
LA MOMIA VUELVE A CASA
Si bien no existe un registro de haber eviscerado
el cuerpo del NN en la facultad de medicina, el doctor Etcheberry echa a
andar su memoria para aportar que el delicado trabajo de sacarle las
tripas al cadáver, aislar y reconectar arterias era un trabajo que
difícilmente pudo haber hecho alguno de los estudiantes amigos de
Martel. Etcheverry cree que el mozo del laboratorio de
anatomía, conocido sólo comoPolicarpo, un hombrón autodidacta y manos
expertas, debió participar en el proceso. “El dejó la universidad dos o
tres años después de nosotros y era la persona que mejor manejaba las enormes jeringas de formalina.
Realizaba unos diagnósticos notables. Le bastaba mirar un cuerpo para
determinar si una persona había fallecido de endocarditis lenta, por
ejemplo”, especula y agrega que “durante mucho tiempo, la gente pensaba
que yo me inventaba las historias de una momia que se ponía a la
cabecera de la mesa a celebrar con los muchachos”, recuerda.
Durante estos años, Cárdenas ha sido el más férreo defensor del regreso de la momia a la facultad: “Como se trata de un patrimonio nacional
hicimos un comodato eterno en el que te entregan el cuerpo y lo vas
renovando en forma inmediata. Esa es la forma en que debería volver a la
Universidad de Chile”, dice blandiendo una carta del rector que
autoriza todas las gestiones que sean necesarias para que Martel regrese
al Museo de Anatomía, gestión que se verá coronada este domingo 27 de Mayo cuando se celebre el Día del Patrimonio Nacional.
Ese día las puertas del Museo de Anatomía se abren a la comunidad y Carlos Martel
recibirá a los curiosos jugando de local e incluso descorchando una
cosecha de vino especial que lleva su nombre. Carlos Martel, el muerto
sin papeles seguirá su sueño de ojos abiertos. Desnudo y con un brazo
listo para seguir brindando muchos años después de que el último de
nosotros haya apagado la luz.