Publicado: 24.04.2012
Vea también: Punta Peuco II: Los cachureos del Guatón Romo
.
Con su metro ochenta a cuestas, José Florentino Fuentes Castro se
pasea por la cocina del módulo que habita en Punta Peuco con un paño en
el hombro. Viste buzo y zapatillas. Cuando era joven, por su contextura
gruesa le decían “El Buey”. Aunque usa audífonos, apenas
escucha. Su esposa nos pide que le hablemos fuerte y “bien modulado para
que él pueda leer los labios”.
Es el domingo 18 de diciembre. En la puerta de su celda Fuentes
Castro colgó una imagen del Viejo Pascuero. Luego de estar más de 15
años encerrado, su celda es su verdadera casa. Está condenado a cadena
perpetua y probablemente, como Osvaldo Guatón Romo,
también muera en la cárcel. En 1985, cuando él tenía 35 años y era un
suboficial de Carabineros, degolló a Santiago Nattino, militante
comunista, publicista y pintor. Nattino tenía entonces 61 años, uno
menos de los que Fuentes Castro tiene hoy.
“Recuerdo que Nattino no dijo nada, iba muy débil; se lo puso en el suelo de espalda. Sáez (el carabinero Alejandro Sáez) lo tomó de la cabeza y el Pegazo (el carabinero Claudio Salazar) le tomó los pies, estaba también el Fanta (el civil y ex dirigente comunista Miguel Estay). Yo le hago un corte”, confesó Fuentes finalmente ante un juez después de transcurridos nueve años del crimen.
En esa misma terrible jornada del 29 de marzo de 1985 fueron
asesinados también los militantes comunistas José Manuel Parada,
entonces jefe de documentación de la Vicaría de la Solidaridad; y Manuel
Guerrero, dirigente gremial de los profesores. El triple crimen se
conoció como el Caso de los Degollados. Su brutalidad heló la sangre de
los opositores a Pinochet, precisamente lo que sus autores intelectuales
buscaban.
“José Fuentes fue castigado a cuatro días de internación en celda solitaria por amenazar a otro carabinero, el coronel (r) Iván Quiroz, ex alto mando de la CNI y brazo derecho de Álvaro Corbalán”.
La crisis económica a partir de 1983 había provocado masivas
protestas en Santiago y otras ciudades del país. Al comenzar el segundo
semestre de 1984, la gente estaba ganando la calle y perdiendo el miedo.
Era necesario hacérselos encontrar de nuevo. Paralizarlos de terror. A
Fuentes sus superiores le dijeron que Nattino, Parada y Guerrero “eran
responsables ideológicos de las muertes de varios carabineros y que,
debido a que los tribunales eran inoperantes, había que buscar justicia
propia”, contó Fuentes a Ciper.
La esposa de Fuentes agregó que a su marido lo picanearon con otro
motivo más: “Le dijeron que tenía que mojarse el potito y demostrar que
no era como su papá”. El padre de Fuentes era un comerciante
aparentemente ligado al Partido Comunista.
Tras azuzar a los demonios, otros más arriba en la escala del poder
pudieron usufructuar del pavor generado, sin mancharse las manos.
Fuentes dice que sólo conoció a los oficiales que tenía inmediatamente
sobre él. Son también carabineros y están presos en Punta Peuco. Al
igual que un grupo de militares a los que tanto detesta.
-Ninguno de estos huevones son héroes. No merecen
privilegios. Son todos asesinos. Se creen que son O’Higgins, pero son
todos delincuentes –dice José Fuentes Castro respecto de los militares.
Las palabras de Fuentes no hacen más que evidenciar uno de los hechos
de los que jamás se habla cuando se menciona a Punta Peuco: el profundo
quiebre entre militares y carabineros y entre oficiales y suboficiales.
Un muro invisible los separa y el transcurso del tiempo y la
continuidad de ciertos privilegios no ha hecho más que reforzarlo.
APUNTEN AL MODULO 1
José Fuentes vive en el Modulo 4 de la cárcel especial. A los
oficiales de Ejército de más alto grado los ubican en el Modulo 1. Están
separados sólo por unos centenares de metros. Y aunque Punta Peuco es,
como toda cárcel, un botadero en que la sociedad deja sus problemas y
sus desechos, en su interior son otras las normas que rigen. Otros
códigos que hacen que un militar que ha matado se sienta superior a un
carabinero también criminal. Y ambos dos se sienten algo muy distinto al
gendarme que debe custodiarlos.
El Módulo 4 tiene una reja como puerta de entrada y una caseta de
vidrio desde la cual un gendarme armado los vigila. Pegada en el vidrio
está la lista de libros del penal: “Quijote de la Mancha”, “Dulces
Chilenos”, “Barrabas”, “Tarde he llegado a amarte”, “Adagio
Confidencial”, “Historia de las Elecciones: Tomo I”, “La Quinta Montaña”
de Paulo Coelho, “Mala Onda” y “Sobredosis” de Alberto Fuguet. También
hay una hoja firmada por el alcaide que pide “que se eviten los
garabatos y los gritos” durante los horarios de visita. Pero este
domingo al menos casi no hay ruido, salvo por una radio que suena desde
una de las celdas.
Estar allí en ese ambiente apacible, con José Fuentes Castro, uno de
los criminales más conocidos de la dictadura, es como estar acompañando a
un jubilado que pasa sus últimos días en una casa de reposo. Pero la
percepción es un error, por supuesto, porque por esas habitaciones se
pasean libremente César Palma, civil, ex miembro del Comando Conjunto;
Rubén Barría, carabinero, condenado por el homicidio de un grupo de
menores en Puente Alto; Maximiliano Ferrer Lima, ex alto mando de la
DINA y ex jefe del grupo más secreto de la Brigada de Inteligencia del
Ejército, BIE, entre otros.
De pronto, se abre la reja exterior del módulo y un gendarme ingresa a
la carrera trayendo una encomienda. Tras él se asoma Basclay Zapata, El Troglo.
Es flaco y de ojos pequeños y su tez morena hacen más notorias sus
canas. Viste polera de fútbol y se inclina para decirle al gendarme: “mi
cabo, ¿lo ayudo?”.
Por su físico a Zapata le resultaría difícil amedrentar a un curso de niños de octavo básico. Pero en el libro “119 de nosotros”
Viviana Tamblay cuenta cómo en los ’70, Zapata sí provocaba terror
cuando era uno de los más activos agentes operativos de la DINA. Viviana
dice que su hermana Bárbara y el marido de ésta, Edwin van Yurik,
fueron detenidos por la DINA y llevados a Londres 38. Viviana no supo
más de sus parientes (ambos militantes del MIR) hasta que logró hablar
con Cristián -hermano de Edwin- quien sobrevivió luego de ser detenido y
torturado:
-Me dijo que jamás olvidará el dolor e impotencia que sintió en esos
momentos de ingreso al infierno. Lo llevaron a una pieza a mirar primero
la tortura de su hermano Edwin. En el recinto estaban Osvaldo Romo y
Basclay Zapata. Luego trajeron a Bárbara y Zapata la violó. Edwin se
levantó ensangrentado por los golpes recibidos y lo escupió con su
propia sangre.
Hay decenas de otros testimonios que cuentan en detalle los horrores a
los que sometía a los prisioneros Basclay Zapata. Nada de aquello se
delata en el caminar del hombre empequeñecido que ahora acompaña al
gendarme a la cocina. Fuentes lo mira pasar y dice en voz baja: “Este es
el asesino más grande de la historia”. Viniendo de uno de los
degolladores, la frase suena terrorífica.
Desde 2007 Basclay Zapata y José Fuentes Castro son compañeros de
módulo en Punta Peuco. El problema es que Fuentes no lo soporta. Cuenta
que apenas Zapata llegó, se apropió del taller de carpintería que está
en el patio. Puso unos banderines que dicen “COMANDO” y dos fotos donde
Basclay Zapata aparece posando junto a Augusto Pinochet. Así marcó la
diferencia.
-Acá en Punta Peuco hay dos cárceles y los milicos mandan en las dos -dice Fuentes.
CIPER consultó a Gendarmería sobre este incidente. El Departamento de
Comunicaciones informó: “No existe registro alguno que indique que no
se le abrieron las puertas a los internos del Módulo 4 y sí a los del
Módulo 1. Ese tipo de detalles tan subjetivos no se anotan, tan sólo que
no hubo heridos en Punta Peuco y nadie se escapó”.
En el Módulo 1 estuvo preso entre 1995 y 2001 el general (r) Manuel
Contreras, ex director de la DINA, a cuyo encarcelamiento se debe la
creación de Punta Peuco. En esos años los presos militares ni siquiera
tenían contacto visual con Gendarmería. La cárcel se había diseñado para
que los militares fueran custodiados por militares y los gendarmes
quedaban afuera del módulo. Al punto que con sus cámaras ni siquiera
podían enfocar hacia el interior del recinto. Más que círculos de
vigilancia parecían dos anillos de protección a los presos. A Contreras
se le permitía celebrar su cumpleaños como si estuviera en su casa, con
brindis hasta tarde y visitas fuera de horario.
A partir de 2003, Gendarmería quedó a cargo de la custodia total.
Pero los militares que llegaron al Módulo 1 jamás dejaron de sentirse
merecedores de un trato “vip”. Ahora sus ocupantes de más alto rango son
el ex jefe del Departamento Exterior de la DINA, el general (r) Raúl
Iturriaga Neumann (quien se declaró en rebeldía el año 2007 negándose a
cumplir presidio en Punta Peuco tras ser condenado a 5 años y un día
como autor del secuestro del militante del MIR Luis San Martín Vergara,
desaparecido desde 1974); y el ex jefe operativo de la CNI, el mayor (r)
Álvaro Corbalán Castilla (quien fue también comandante del Cuartel
Borgoño de la CNI y de la División Antisubversiva y tuvo relación
directa con Augusto Pinochet). Ambos se consideran “presos políticos”.
En septiembre de 2010, para el Bicentenario de la Independencia, los
presos de Punta Peuco organizaron una huelga de hambre. Buscaban que el
Presidente Sebastián Piñera los incluyera en la propuesta del “Indulto
Bicentenario” presentado por la Iglesia Católica, luego de que en julio
el Presidente dijera en una conferencia de prensa en La Moneda que
quedarían excluidos de estos beneficios los condenados por delitos
especialmente graves, “como lo son los delitos de lesa humanidad”.
Participaron Iturriaga, el coronel Juan Morales Salgado; los
brigadieres Fernando Polanco, José Zara y Christoph Willike; el teniente
coronel Emilio Neira, el mayor Carlos Herrera Jiménez y los tenientes
Jorge Vargas Bories y Sergio Rivera (este último ex oficial de la
Marina).
Se autodenominaron “Agrupación de Militares Presos” y enviaron un
comunicado al diario La Nación explicando que con la huelga buscaban la
libertad de todos los suboficiales y civiles presos (que fueron agentes
en los grupos de inteligencia de la dictadura); y la pena única y máxima
de 10 años para los casos donde la condena fuera igual o mayor a esa
cantidad, incluido el presidio perpetuo. “Del mismo modo como se hizo en
los gobiernos de los ex presidentes Aylwin y Lagos para liberar a 282
presos políticos por actividades subversivas” agrega el comunicado.
La huelga duró menos de una hora.
Al día siguiente, Jorge Balmaceda, el abogado de Raúl Iturriaga, informó al diario La Nación
que los nueve militares habían declinado la huelga luego que el
comandante de la Guarnición de Ejército de la Zona Metropolitana,
general Marcos López, les pidiera “a los ex uniformados no empañar las
actividades programadas por las Fuerzas Armadas para conmemorar el
Bicentenario”.
Una versión muy distinta entrega José Fuentes Castro. El afirma que
los militares sencillamente no se atrevieron a seguir adelante.
No es extraño que Fuentes sea acusado por sus compañeros de ser un interno “conflictivo”.
El 6 de diciembre de 2009 -según aparece en un documento de Gendarmería-
José Fuentes fue castigado a cuatro días de internación en celda
solitaria por amenazar a otro carabinero, el coronel (r) Iván Quiroz, ex
alto mando de la CNI y brazo derecho de Álvaro Corbalán. Fuentes le
dijo a Quiroz “que lo mataría por cuanto no tenía nada que perder
señalando como motivación de su amenaza que la esposa de Quiroz Ruiz
habría lanzado el auto particular de esta sobre su esposa”, se relata en
el documento.
La disputa con Quiroz Ruiz fue temeraria. Este coronel de Carabineros
tiene fama de duro, cruel y despiadado. Está preso por los 12
asesinatos de la Operación Albania y lo espera una nueva condena por el
secuestro, tortura y muerte de los últimos cinco desaparecidos en Chile,
en septiembre de 1987. Por eso mismo Quiroz se resistió hasta el final
en llegar a Punta Peuco. En 2008 permaneció más de cuatro meses prófugo
hasta que fue aprehendido en San Pedro de la Paz, cerca de Concepción.
Allí se había atrincherado en un círculo de protección que hasta hoy le
sigue siendo fiel.
Nada de aquello le importó a José Fuentes. Igual arremetió. Y lo mismo hizo el 12 de mayo de 2010, cuando lo volvieron a sancionar
por haber escupido en la cena del carabinero Blas Barraza, condenado
por el homicidio del sacerdote Gerardo Poblete (el 21 de octubre de
1973), “quien golpeó con el puño a Fuentes en la zona dorsal produciendo
la reacción de Fuentes quien lo amenazó con un cuchillo”.
Fuentes dice que fue un plan urdido en su contra entre Gendarmería y
otros internos para que terminara sus reclamos en contra del alcaide de
entonces, Eduardo Muñoz, quien aparece en los documentos incautados a Álvaro Corbalán como uno de los gendarmes de plena confianza.
-Yo no tengo enemigos, pero no desconozco que algunos de ellos me
tengan a mí como su enemigo. Algunos de ellos me prejuzgan, llegando
incluso a hablar de mí sin haber intercambiado nunca palabra alguna
conmigo. Muchas veces me sorprendo yo mismo de que se me trate como un
individuo propenso a la violencia y no como un defensor de mis derechos
frente a la opresión exagerada de ellos mismos –dijo José Fuentes a
CIPER.
Este ex suboficial de Carabineros afirma que todos estos años de
encierro le han permitido retomar con más fuerza los “ideales que tenía
en mi juventud”. Ideales que según él, heredó de su padre, Florentino
Fuentes, un comerciante de la localidad de El Sauce afín al Partido
Comunista, quien ya había fallecido en los días de 1985 cuando Fuentes
mató a Santiago Nattino.
LA EXPLICACION DEL JUEZ
“Hay más suboficiales que oficiales presos. Pareciera que nadie comandó el combate a la subversión que, por cierto, lo hubo en Chile”, dijo Herrera Jiménez a la revista Cambio 21.
El ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Joaquín Billard,
quien investigó el asesinato del sacerdote salesiano Gerardo Poblete,
entre otros muchos crímenes cometidos durante los 17 años de dictadura,
tiene una explicación polémica sobre esas brutalidades y sobre el tipo
de hombres que está encerrado en Punta Peuco:
-Después del Golpe de Estado, se dejó a la ciudadanía en manos de
gente baja. Cuando llegaba a una casa una patrulla, no era una patrulla
de generales: era de conscriptos. ¿Y qué es un conscripto? Un gallo de
la población La Bandera al que le pasan un fusil y lo sueltan. ¿Es
distinguido, es pariente del Duke de York? No. Es un roto de mierda. Se
dejó a la ciudadanía en manos de esa gente. Y esta no es una conclusión
que sacó sólo yo. La sacan todos los que han investigado estos casos. Le
digo más, si volviera a haber un Golpe de Estado, ¿a quién cree que
mandarían? A esos mismos. ¿Y qué harían? Lo mismo. Por eso, hay que
cuidar la democracia –sostiene el juez Billard.
Lo que dice el juez es una de las interpretaciones más usadas para
explicar la amplia gama de formas de matar y torturar a las que acudió
la dictadura. En los círculos sociales altos chilenos, que admiraban a
Pinochet por haber extirpado “el cáncer comunista”, se sigue nombrando a
la violencia de esos años como “excesos” de unos pocos que desobedecían
las órdenes del mando.
Esa discriminatoria explicación, distorsiona la realidad. Por una
parte, presume el buen comportamiento de los oficiales (evidentemente no
hay pruebas de que la violencia o las conductas sicopáticas estén
asociadas a determinado nivel de ingreso o de formación). Pero además,
al atribuir las brutalidades a los jóvenes pobres que hacían el servicio
militar -que por entonces era obligatorio- o que se desempeñaban al
igual que Fuentes Castro como suboficiales, se deja libre de toda
responsabilidad a la estructura militar a la que estaban sometidos.
Ignora las órdenes que emanaban de “generales” y del poder que tenían
éstos de mandar a matar “al roto” desobediente si no se portaba como el
“roto de mierda” que necesitaban para sus fines.
Un oficial de Ejército que llegó a ser uno de los más feroces agentes
operativos de la CNI y de la Dirección de Inteligencia del Ejército
(DINE), pone las cosas en una perspectiva distinta. Se trata de Carlos
Herrera Jiménez, autor del homicidio del sindicalista Tucapel Jiménez,
entre otros delitos graves que lo tienen recluido en Punta Peuco,
condenado a cadena perpetua. Herrera Jiménez es uno de los pocos
oficiales que se ha arrepentido públicamente de sus delitos y ha
desarrollado una reflexión al respecto en la que crítica justamente el
hecho de que los oficiales no han asumido que detrás de cada uno de los
horrores hubo una orden y un superior.
-Hay más suboficiales que oficiales presos. Pareciera que nadie
comandó el combate a la subversión que, por cierto, lo hubo en Chile. La
gran mayoría de los oficiales, al momento de deponer judicialmente, o
eran analistas o se desempeñaron como funcionarios administrativos o
bien repartían el rancho -dijo Herrera Jiménez a la revista Cambio 21.
El oficial DINE hizo esas declaraciones para criticar el homenaje que
organizó el alcalde de Providencia Cristián Labbé al brigadier (r)
Miguel Krassnoff, quien fue alto mando de la DINA y está condenado a más
de 100 años de cárcel por crímenes que él jamás ha reconocido. En el
homenaje organizado por Labbé en el Club Providencia -y que fue
cuestionado por Contraloría-, se lanzó la cuarta edición del libro “Miguel Krassnoff: Prisionero por servir a Chile”, de Gisela Silva Encina.
-No resulta creíble que el Poder Judicial se haya equivocado en más
de 20 oportunidades al dictar sentencia condenatoria en contra del
brigadier -afirmó Herrera.
Y aunque criticó a Labbé por el homenaje, puntualizó¬: “Más
equivocado ha estado Krassnoff al insistir majaderamente en su
inocencia”.
Para Herrera Jiménez, junto con la deuda no asumida por la
oficialidad chilena hay también otra responsabilidad ausente:
“Ciertamente fuimos el brazo armado de la derecha económica. Qué duda
cabe… Quizás por ello ahora nos desprecian. Atávicamente este sector
político se ha servido de los militares. La historia es pródiga en
señalar los hechos que así lo señalan”, dijo.
En una línea más íntima, Herrera ya había hablado de esa utilización en una entrevista concedida a Mónica González en 2001.
-¿Ha hablado de todo esto con su esposa? ¿Necesita su perdón?
No, lo hago porque así sé que todo aquello que viví es verdad. Si bien es cierto estuve en todas las cosas de las que hemos hablado, ¡también vivo con mi familia!, con hijos que son críticos. Mire… ¡no me es… fácil! Aún no he superado el hecho de que apenas llegué a Chile desde Argentina, me dieron esa terrible patente de asesino. Frente a mis hijos es una situación bastante difícil. Porque igual uno tiene que inculcarles a los hijos valores, la necesidad de cumplir con las normas mínimas de convivencia social…Y perfectamente podrían haberme dicho: “¡Y con qué moral me lo estás diciendo!”. Esa tranca a lo mejor la tengo todavía… Julia me reprocha muchas veces el que no sea todo lo severo que debiera con ellos. A lo mejor, yo mismo me retaco, porque pienso que mis hijos van a decir: “¡Con qué moral me habla este viejo!”. Sí…, es cierto, debo tener muchas trancas… Y cuando pienso que todo eso lo hice a la edad que tiene mi hijo mayor ahora… Lo miro, ¡y es un niño! Debo tener trancas, muchas trancas. Mire, no estoy legitimando lo que viví, tampoco lo que hice. Lo legitimé en esa época, pero nunca lo gocé. “¡SI, ME SIENTO USADO!”
No, lo hago porque así sé que todo aquello que viví es verdad. Si bien es cierto estuve en todas las cosas de las que hemos hablado, ¡también vivo con mi familia!, con hijos que son críticos. Mire… ¡no me es… fácil! Aún no he superado el hecho de que apenas llegué a Chile desde Argentina, me dieron esa terrible patente de asesino. Frente a mis hijos es una situación bastante difícil. Porque igual uno tiene que inculcarles a los hijos valores, la necesidad de cumplir con las normas mínimas de convivencia social…Y perfectamente podrían haberme dicho: “¡Y con qué moral me lo estás diciendo!”. Esa tranca a lo mejor la tengo todavía… Julia me reprocha muchas veces el que no sea todo lo severo que debiera con ellos. A lo mejor, yo mismo me retaco, porque pienso que mis hijos van a decir: “¡Con qué moral me habla este viejo!”. Sí…, es cierto, debo tener muchas trancas… Y cuando pienso que todo eso lo hice a la edad que tiene mi hijo mayor ahora… Lo miro, ¡y es un niño! Debo tener trancas, muchas trancas. Mire, no estoy legitimando lo que viví, tampoco lo que hice. Lo legitimé en esa época, pero nunca lo gocé. “¡SI, ME SIENTO USADO!”
En Punta Peuco, enemistado con los otros militares, Herrera Jiménez
dedicó tiempo a hacer grabaciones de lecturas para un instituto de
ciegos. Entre los libros que grabó, está La Divina Comedia.
Resulta impactante oírlo declamar los versos de Dante, en particular la
inscripción que están en la puerta del Infierno y que recibe a las
almas pecadoras:
“Vosotros que entráis aquí, abandonad toda esperanza”.
Para las familias de muchos de los hombres que hoy cumplen condena en Punta Peuco, no hay frase más exacta. (Continuará)
* Esta investigación fue financiada por el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS – PERÚ).