El último cuartel de los que un día fueron dueños de la muerte
Punta Peuco II: Los cachureos del Guatón Romo
Publicado: 19.04.2012
Vea la primera parte de esta serie. Punta Peuco I: La fallida operación de inteligencia de Álvaro Corbalán.
Todo lo que queda del ex agente de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) Osvaldo Romo,
está una caja de cartón que lleva años arrumbada en la oficina del juez
Alejandro Solís. Los actuarios la llaman “los cachureos del Guatón
Romo”. Adentro hay cientos de hojas sueltas escritas a mano, plagadas de
faltas de ortografía y una veintena de cuadernos de tapas de colores
–cuadernos de niños– llenos con la misma letra abigarrada. Romo los
escribió en los siete años que estuvo preso en Punta Peuco. Todos los
escritos tratan de lo mismo: recuerdos dispersos sobre el Movimiento de
Izquierda Revolucionario (MIR) y sus militantes a los que persiguió y
ayudó a masacrar. Reflexiones a veces delirantes y otras veces salvajes,
mezcladas con ataques de culpa. Entre líneas se respira el pánico que
tuvo a morir en la cárcel.
Sobre Agustín Reyes, militante del MIR de 23 años, detenido el 27 de
mayo de 1974 y a quien Romo llevó al centro de tortura Londres 38, el ex
agente escribió: “no puedo olvidarlo”. Dice que era un hombre con
“garra como mirista”, que tenía “la postura de un buen soldado aguerrido
y valiente”. A Ramón Martínez, miembro del Comité Central del MIR, y a
quien Romo detuvo y trasladó herido de bala al centro de tortura Villa
Grimaldi, le pide que le guarde “un puesto en tu ejército de la otra
vida, tú designa cuál”.
Al morir en 2007, Romo cumplía condena por el secuestro calificado de
siete miembros del MIR hoy desaparecidos (Jorge Espinosa, Ricardo
Troncoso, Diana Arón, Manuel Cortes Joo, Hernán González, María Elena
González y Elsa Leuthner). Según los datos del Programa de Derechos
Humanos del Ministerio del Interior, desde 1992 –cuando Romo fue
arrestado en Brasil y deportado a Chile- el ex agente arrastraba
procesos como autor de 34 secuestros calificados, coautor de 22
secuestros calificados y autor de 14 casos de tortura.
La caja con los escritos de Romo la heredó Basclay Zapata, El Troglo,
otro feroz agente de la DINA que cumplía condena en Punta Peuco y con
quien el Guatón Romo trabajó en tres centros de tortura: Londres 38,
Villa Grimaldi y José Domingo Cañas. Zapata tiene un prontuario tan
vasto como el de Romo: tres condenas como cómplice de cuatro secuestros
calificados, siete condenas como autor de 12 secuestros calificados y
una condena como cómplice de un homicidio calificado. Entre sus procesos
pendientes figura uno como coautor de 46 secuestros calificados y otros
12 casos de tortura en Villa Grimaldi.
El juez Alejandro Solís le incautó la caja a El Troglo
mientras investigaba “Villa Grimaldi”, pensando que podía haber algo que
lo ayudara a esclarecer las desapariciones ocurridas en aquél temido
recinto. Pero no. Lo que quedó ahí era la conversación de Romo con sus
fantasmas.
Dentro de esa caja hay una agenda del año 2003
que tiene en la portada la cara del ratón Mickey. Romo la usaba como
diario de vida. Cada día copiaba el santoral y las temperaturas máximas y
mínimas. Cuando le traían mantequilla y té no olvidaba anotar ese
acontecimiento. También los días en que debía ir a declarar por alguno
de sus crímenes. Y están sus notas de los fines de semana, en los que
esperaba una visita y no llegaba nadie. El resto son páginas en blanco.
Solo las temperaturas y los santos permiten notar que ha transcurrido un
día. Las jornadas en blanco probablemente las pasaba escribiendo los
cuadernos donde habla con sus fantasmas.
19 de enero: No vino nadie. La Sra. Paty me dijo que venía. No-no-no.
21 de marzo: comienzo del otoño. San Eugenia y Clementina.
2 de mayo: Fui al 8 juzgado. Careo con la Sra. Periodista del
(MIR) Gladys Armijo (Gladis Díaz) que realizó acusaciones fuertes en
contra de mí. San Atanasio.
29 de junio: no vino nadie. Colo-Colo 3 / U. de Concepción 2. River Plate Campeón de Argentina. 5°C – 18 °C. San Pedro- San Pablo.
16 de julio: hoy falleció Celia Cruz de Cuba a los 78 años. 3°C- 17°C. Nuestra Señora Del Carmen.
“Don Osvaldo se sentía traicionado por los militares. Decía que estaba preso por ellos, que él no debería estar preso. A uno que siempre le tuvo mucha rabia era al coronel Marcelo Moren Brito. Él sabía que no iba a durar mucho en Punta Peuco y no quería morir ahí”, dice Víctor Varas, un ex militar y enfermero de Gendarmería.
18 de septiembre: buena comida- almuerzo bueno. Carne y Ensalada.
Tedeum- Nunca más, el Cardenal. Repitió las palabras de Cheyre.
9°C-17°C. Fiestas Patrias.
19 de septiembre: Día del Ejército. 8°C-19°C
30 de septiembre: Salí 9° juzgado Sra. Raquel Lermanda sobre dos
miristas. Uno vivo me vino acusar de que yo lo torturé- el jefe gordo.
Creo que fue el equipo de los gordos, no yo. 10°-24°c. San Gerónimo.
11 diciembre: desocupan tres piezas llega gente. Me comunicaron que esta concedido el permiso del teléfono de Brasil. 11°-29°C. San Dámaso.
13 de diciembre: fue detenido Sadam Hussein 12°C-29°C Sta. Lucia- Aurora.
24 de diciembre: 43 años casado. 12°C- 31°C. Sta. Adela.
Ese año, 2003, se cumplieron 30 años del Golpe de Estado, el momento
en que Osvaldo Romo se comenzó a transformar en el feroz criminal que
terminó siendo. En su agenda, el 11 de septiembre sólo anotó: “No salí. Doctor Cosme: peso 86,400. Glicemia 138. 4C 22C. Orlando – Rolando”. Al final agregó tres lugares de Santiago, que tal vez tengan algo que ver con lo que hizo ese día: “En Lo Hermida. La Pincoya. Estadio Víctor Jara”. Nada más.
Las palabras de la filósofa Hannah Arendt, escritas a propósito del
criminal nazi Otto Adolf Eichmann, se respiran en cada línea de la
cotidianeidad de Romo: “Lo más grave en el caso de Eichmann es que
hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos
ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y
terroríficamente normales”.
Aunque esperamos que en los criminales la maldad deje un rastro
fácilmente reconocible, lo cierto es que la capacidad de hacer mucho
daño a otros puede ser algo que personas comunes y corrientes hagan solo
en sus ocho horas de trabajo y pensando en que sólo se trata de sus
obligaciones laborales. El mal, sugiere Arendt, tienen una gran
capacidad de encarnarse en las vidas banales.
“NO PUEDO OLVIDAR A ESTOS VALIENTES”
La mayoría de las páginas escritas por Romo en la cárcel hablan sobre
el MIR, el movimiento fundado en 1965 y al cual Pinochet ordenó
eliminar. Sus miembros -estudiantes y trabajadores de 20 a 30 años-
comulgaban con el “derrocamiento del sistema capitalista” según reza la
declaración de principios. Querían reemplazar el sistema por un gobierno
de obreros y campesinos, cuya tarea fuera reconstruir el socialismo “y
extinguir gradualmente el Estado hasta llegar a la sociedad sin clases”.
Para lograrlo el MIR declara en sus principios que es necesario “un
enfrentamiento revolucionario de las clases antagónicas”. De ahí que la
DINA se preocupará durante los primeros años del golpe, de hacer
desaparecer a sus miembros a los cuales Romo conocía bien.
En una declaración del 2001 que dio en tribunales a propósito de su
rol en la desaparición de la periodista y militante del MIR, Diana Arón,
Romo se refirió a ella como una mujer “encantadora” a quien había
conocido en 1969 en “una toma de terrenos de La Bandera”. Años más
tarde, a esta misma mujer que en ese momento estaba embarazada, Romo la
detuvo para llevarla al centro de torturas Villa Grimaldi. Pero antes,
según dicen los testigos en el proceso, le propinó unos disparos
mientras ella escapaba de los agentes de la DINA; tal vez pensando en
ese maldito día en que conoció en La Bandera al camarada que la hizo
desaparecer.
La traición de Romo -si es que la traición puede entenderse- es una
de las menos digeribles. Tiene un sabor distinto a la de Marcia Merino,
ex militante del MIR, que luego de ser brutalmente torturada por la DINA
terminó colaborando con ellos. Romo, en cambio, no fue forzado a entrar
al infierno. Él vio la puerta abierta y quiso cruzarla. En el libro “Confesiones de un Torturador”
de la periodista Nancy Guzmán, se relata que a días del Golpe, Romo fue
detenido y llevado a la Escuela Militar donde iba a ser fusilado.
Julio Rada, un funcionario de investigaciones, lo reconoció pues lo
había interrogado años antes por el robo de un auto. Rada se dio cuenta
de que podía usarlo. Lo llevó a un cuartel de la policía. “Si quieres
salvarte debes colaborar”, le dijo. Lo puso en una celda donde había
detectives sospechosos de ser de izquierda y Romo delató a los policías.
Poco después, seguramente recomendado por Rada, el interventor
militar de Madeco, Jaime Deichler, integrante de la red DINA en Buenos
Aires, lo contrató para que hiciera lo mismo en esa empresa, la que
financió parte de la planilla de colaboradores de la DINA. Su reguero de
sangre se hizo conocido. Y en 1974, el oficial Miguel Krasnoff reclutó a
Romo para que integrara la agrupación “Halcón I” de la DINA, cuyo
objeto era aniquilar al MIR. Fue un año y medio sangriento; toda la
carga criminal de la que se lo acusa la acumuló entre 1974 y 1975, año
en que finalmente los servicios de seguridad del régimen militar
decidieron enviarlo a Brasil con una beca de por vida.
“Una insuficiencia cardíaca acabó con Romo. Su cuerpo ocupó el nicho 32 del Cementerio General y sus textos fueron a parar a la caja de los cachureos. Nadie fue a despedirlo al cementerio y la fotografía de su ataúd en un carro, arrastrado por un único enterrador, sin cortejo, sin familia ni camaradas, sin los homenajes de los que se sirvieron de su trabajo, es el retrato de la más completa soledad”.
El detective Luís Henríquez, que lo capturó en Brasil en 1992,
recuerda que la DINA se vio obligada a enviar al ex agente al
extranjero. “Romo cometió errores y dejo varias huellas” explica. Luego
de las detenciones, Romo volvió varias veces a las casas de los
familiares de los militantes del MIR secuestrados a pedirles comida y
dinero para los presos. En esas visitas, Romo obviaba un dato esencial:
ya estaban desaparecidos.
-Romo era un delincuente -subraya Henríquez.
Como algunos familiares lo conocían de sus tiempos de militante de
izquierda, escribieron su nombre cuando estamparon las denuncias por las
desapariciones en tribunales. “Sólo un juez se atrevió en 1975 a dictar
una orden de detención en contra de Osvaldo Romo, la que nunca se
cumplió. Eso fue lo que alertó a la DINA y lo que finalmente motivó que
lo enviaran a Brasil, uno de los países que en ese entonces pertenecía a
la Triple A, la Liga Anticomunista”, dice Henríquez.
En un peritaje psiquiátrico de 2003,
Romo habló sobre su misión en la DINA. La diligencia médica está
anexada en el expediente por el homicidio de Lumi Videla, una importante
dirigenta del MIR asesinada por la DINA en 1974, durante una sesión de
tortura mientras estaba detenida en el Cuartel Ollagüe, cuyo cuerpo fue
arrojado luego a la embajada de Italia. Romo le dijo al psiquiatra
Roberto Araya, que aceptó colaborar con la dictadura con la condición de
que “no cayeran inocentes” y de “minimizar las bajas”. Según
transcribió el siquiatra, “su labor era confeccionar un ‘mapa’ y delatar
a cada miembro del MIR y aclarar el organigrama de este grupo. Se
excusa diciendo que él no mató a nadie y que el MIR había buscado ese
destino previamente”.
La descripción de su ingreso a la DINA como una hazaña heroica,
contrasta con el relato que hizo en 1995 frente a las cámaras de la
cadena Univisión de la forma -con lujo de detalles- en que les aplicaba
corriente a los detenidos para hacerlos hablar. En un país donde algunos
no saben cómo llamar al periodo dónde Romo era uno de los miles de
agentes operativos, sus frases pueden aclarar el punto: “Se les amarra y
se les ponen perros metálicos en la vagina, en los pezones, en la boca y
en los oídos, y se les da vuelta la máquina. Se les moja un poquito
para que sea más fuerte el primer golpe y hablen rápido…”
El Romo de las declaraciones es descrito en la ficha médica como un
obeso mórbido, enfermo de diabetes. Un hombre común de 64 años que
“camina aparatosamente, arrastrando los pies”. El siquiatra no observa
rasgos de demencia: “Habla de sí mismo con deleite, a sabiendas de
haberse transformado en un personaje histórico (¿mitológico?). Su
actitud también demuestra una convicción de privilegio ante la ley y una
seguridad excesiva en su impunidad”.
Varas se refiere a Romo como “Don Osvaldo”.
-Don Osvaldo se sentía traicionado por los militares. Decía que
estaba preso por ellos, que él no debería estar preso. A uno que siempre
le tuvo mucha rabia era al coronel Marcelo Moren Brito, su jefe en la
DINA. Él se portó muy mal con Don Osvaldo, nunca le tendió una mano. Y
él me decía: “Ubique al coronel Moren Brito”. Lo llamé muchas veces por
teléfono y al final, nunca hizo nada. Don Osvaldo quería que lo fuera a
ver y que lo ayudara a salir de la cárcel a causa de su enfermedad,
porque él sabía que no iba a durar mucho y él no quería morir ahí. Él
quería irse con su familia a Brasil -contó Víctor Varas a CIPER
Hasta que llegó el minuto en que Romo decidió entregar en tribunales
los nombres de los miembros de la DINA. Tal como lo hizo en los ’70,
volvió a delatar. Los jueces y policías consultados por CIPER concuerdan
que Osvaldo Romo se convirtió en una pieza clave para resolver muchos
casos de desaparecidos y ejecutados. El 21 de enero de 1999 declaró en
el proceso por la desaparición de Luis Dagoberto San Martin e identificó
a Ciro Torré, un ex agente operativo de la DINA: “Estuvo en la Venda Sexy, era oficial y llevaba detenidos a Villa Grimaldi”.
También aportó a la investigación por la Operación Colombo, como se
llamó a la detención, tortura y desaparición de 119 personas,
mayoritariamente del MIR, que la DINA (usando medios de comunicación
extranjeros) hizo parecer asesinados por sus propios camaradas. Romo
declaró ante el juez Juan Guzmán que uno de los 119, Teobaldo Tello
Garrido, fue detenido y muerto en Villa Grimaldi por Marcelo Moren,
el jefe que lo olvidó. (Moren hoy está recluido en el Penal Cordillera
cumpliendo 21 condenas por secuestros calificados y homicidios que suman
103 años de presidio).
Romo también acusó a Manuel Contreras, el jefe del
aparato represivo que obedecía e informaba a Augusto Pinochet, de las
desapariciones de: Luis Gajardo Zamorano, Sergio Tormen, Manuel Ramírez
Rosales, Jorge Elías Andrónico Antequera, Jacqueline Binfa, Carlos
Cubillos Gálvez y Luis Fernando Fuentes, entre otros.
Así como antes había hecho un mapa del MIR, Romo entregó a la justicia un mapa de la DINA.
A partir de entonces algunos ex agentes se acercaron a Osvaldo Romo,
quien había sido trasladado a Punta Peuco el 2000. En la caja de los
cachureos hay una lista con las visitas que Romo recibió el 24 de
febrero de 2007: Ricardo Lawrence Mires y Eduardo Neckelmann Schultz,
ambos ex miembros de la DINA. Lawrence pertenecía la Brigada Lautaro y
Neckelmann, según lo declarado por Romo, estuvo a cargo de Londres 38. A
Lawrence de poco le valió esa reunión. En 2008 fue condenado como
coautor del secuestro calificado de Ariel Santibáñez, militante del MIR.
A la fecha está procesado como autor de dos homicidios calificados,
coautor de 46 secuestros calificados correspondientes a la Operación
Colombo, además del proceso donde el sobreviviente Félix Lebrecht lo
sindica como autor de su detención ilegal.
Los últimos años de encierro, Romo estuvo casi todo el tiempo solo. A
veces lo iban a ver una monja y también Patricia Obando, la esposa de
Víctor Varas. Enemistado con los otros presos y transformado en el peor
monstruo de la dictadura, el antiguo poblador de una precaria casita de
Lo Hermida, describía aquellos militantes del MIR que masacró:
“Yo hoy quiero preguntar, el porqué Los Mataron. Estos jóvenes que eran profesionales, que eran Idealistas yo podría hasta decir que ellos podían ser fanáticos con los pobres del campo y de la ciudad, en todos los centros de trabajo del país. Ellos están todos hoy muertos, esto porque ellos tenían vínculos con personal uniformado de todo Chile, esto fue un trabajo sucio, de los elementos que pensaron con la cabeza torpe que solo tenía musculo, ellos no tenían Postura ni Conducta, ellos no saben que es el arte y que es la ciencia, y al final que ética profesional, yo no puedo olvidar a estos valientes, a ninguno de ellos que tenían gran talento y tenían virtud en la sangre” (Las mayúsculas corresponden al texto de Romo)
Son páginas delirantes, en las que parecen fundirse el miedo, la soledad, la culpa y los fantasmas.
* Esta investigación fue financiada por el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS – PERÚ).