La tormenta perfecta del capital humano
Publicado: 23.04.2012
Una importante discusión está sucediendo estos días en Chile. Esto desde que el economista del CEP Sergio Urzúa
reunió un conjunto de datos que cuestionan el supuesto de que la renta
privada de la educación superior en Chile supera siempre el valor de la
inversión. Estos resultados no son tan sorprendentes si consideramos que
la matrícula de la educación terciaria se ha ampliado de modo muy
acelerado, existen muchos tipos de instituciones con calidad muy dispar y
los costos de los aranceles son generalmente altos. En este contexto
resulta esperable que para algunas carreras, en algunos
establecimientos, el costo de estudiar sea mayor a la rentabilidad
futura de esta inversión. Sin embargo, la investigación de Urzúa es muy
importante pues pone en cuestión un verdadero dogma en la discusión
local: la “teoría del Capital Humano”. Para el autor,
la lección que deja su trabajo es que debería mejorar la información
disponible de modo que los futuros estudiantes pueden decidir mejor a la
hora de seguir estudios superiores o tomar un crédito para
financiarlos. A mi juicio estos resultados son aun mucho más relevantes.
Pero, para poder entender su impacto, es necesario dar un breve rodeo
por la reciente discusión acerca del rol de algunas fórmulas económica
en la sociedad actual.
Del papel al CAE
Las ciencias sociales – con excepción de la economía – han sido
generalmente reticentes al uso de fórmulas matemáticas para el análisis
de la vida social. Esto pues estos modelos serían una representación
abstracta incapaz de considerar la riqueza de la vida colectiva que
intentan describir o modelar. Una aproximación muy diferente, no
obstante, ha sido desarrollada recientemente por el investigador de la
Universidad de Edimburgo Donald MacKenzie.
MacKenzie ha estudiado cuidadosamente la historia de un caso muy
particular, la fórmula de Black-Scholes utilizada en la valoración de
bienes derivados en los mercados financieros. La particularidad de este
modelo, que posteriormente terminó significando el premio Nobel para sus
autores, es que rápidamente dejó de ser una especulación académica y se
constituyó en una herramienta utilizada en la construcción práctica de
derivados. En palabras de MacKenzie,
este tipo de fórmulas no deben ser evaluadas solamente como una
“cámara”, que representa con más o menos talento lo que observa, sino
que como un “motor” que transforma y produce el mercado donde es
utilizada.
“Si se confirman los resultados de Urzúa, el CAE puede terminar siendo uno de los mayores desastres de políticas públicas en el país. No sólo por el gasto estatal involucrado, sino porque podrá tener como resultado estudiantes más endeudados e incluso más pobres que al comienzo”.
Esta vuelta por la reciente sociología de las fórmulas es necesaria,
pues la discusión a la que apunta Urzúa se relaciona directamente con
otro modelo económico: la teoría del Capital Humano. Desde esta
perspectiva, asociada generalmente con el clásico libro
del profesor de Chicago y también premio Nobel, Gary Becker, se
comprende la educación de modo análogo a una inversión financiera (por
eso la palabra “capital”) y se orienta a medir empíricamente el retorno
de esta inversión. La formulación matemática más extendida de esta idea
se asocia al trabajo de otro economista, Jacob Mincer,
el autor de la ecuación que lleva su nombre. A partir de los datos
disponibles en su tiempo y la teoría del capital humano, como decisión
racional comparable a una inversión privada, Mincer elaboró una fórmula
que conecta experiencia, edad y educación con el (log del) ingreso laboral.
Tal como otros modelos científicos las ecuaciones de Mincer
han sido ampliamente discutidas. Por ejemplo, se ha cuestionado la
forma de la función que conecta edad e ingreso, el modo de interacción
entre experiencia y años de educación, o si la educación debe ser
entendida como una inversión tradicional o una señal en un contexto de
información limitada. Por su parte, en las otras ciencias sociales se ha
debatido de modo más bien crítico la analogía entre educación e
inversión supuesta por este marco conceptual o, incluso, se han sugerido
otros tipos de “capital”.
Todo esto es muy importante, pero no es el punto de nuestra historia.
El asunto clave acá es, parafraseando a MacKensie, el momento en que el
capital humano en Chile dejo de ser una cámara y se transformó en un
motor. Esto sucedió a principios de los ochenta con la creación del hoy
denominado Fondo Solidario de Crédito Universitario (FSCU).
La lógica del FSCU es simple. La educación superior tiene altos
retornos privados por lo que no debería ser directamente financiada por
el Estado, sino que por aquellos que serán los beneficiarios directos de
estos retornos: los estudiantes y sus familias. El problema (como había
notado Friedman
varias décadas atrás) es que algunos no tendrán los recursos necesarios
para pagar los aranceles estudiantiles, de modo que la política
correcta debería facilitar el acceso al financiamiento para aquellos que
lo necesiten. En otras palabras, más que un subsidio un préstamo. Sin
embargo, como los bancos no financian a personas sin garantías
suficientes, se decidió crear un fondo de crédito estatal. Suena lógico,
pero es al mismo tiempo muy radical, incluso para los ya muy radicales
estándares de la política económica de la Dictadura. Esto pues el
Crédito Universitario implicó el siguiente giro: el Estado subsidiario
ya no debía excluir de su red de apoyo a los que tienen ingresos
suficientes para pagar los servicios por cuenta propia, sino que también
a los que en el futuro contarán con recursos suficientes. Se
distinguió entonces entre dos tipos de pobres: aquellos que seguirán
siendo pobres y aquellos que dejarán de serlo, a estos últimos les
corresponde un crédito. Así la relación entre las variables de Mincer
dejó de ser un asunto de probabilidades y pasó a ser asumida como un
dato.
Sin embargo, según ha documentado Oscar Cariceo,
el FSCU no cumplió con su misión original. En efecto, en sus diferentes
versiones este fondo ha sido objeto de duras crítica pues nunca se
habría dado con un mecanismo eficiente de recuperación de las deudas. En
términos de los economistas involucrados en esta discusión: el FSCU
terminó siendo más un subsidio que un crédito. La solución a este
problema, tal como le gusta destacar a los dirigentes estudiantiles,
llegó durante un gobierno social-demócrata, cuando, con la idea de
extender el financiamiento a la educación superior, se creó un nuevo
instrumento: el Crédito Universitario con Aval del Estado (CAE). En
términos conceptuales el CAE no es muy diferente al FSCU, ambos se
sustentan en el supuesto de que dado el alto retorno privado de la
educación superior no corresponde un subsidio sino que un crédito, pero
son organizados de un modo muy diferente. Mientras que la selección y
administración del FSCU recaía en las Universidades, los beneficiarios
del CAE son seleccionados por una agencia estatal creada con este
propósito y los créditos son reunidos en paquetes que son licitados a
bancos comerciales, cuya inversión es garantizada por una opción de re-venta de los créditos a la agencia estatal.
“Es muy diferente entender que una persona tendrá mejores probabilidades de tener un ingreso digno si estudia en una institución de educación superior a asumir que esa persona será menos pobre por ir a la universidad”.
Como segunda particularidad, el CAE se orientó no sólo a las
Universidades del Consejo de Rectores, sino a todas las instituciones de
educación superior acreditadas, lo que generó, al menos, dos efectos
inesperados. Por una parte, la acreditación, que hasta ese momento se
orientaba principalmente a mejorar la información para quienes buscan
dónde estudiar, se constituyó en el requisito necesario para acceder a
alumnos con créditos. Metafóricamente podríamos decir que pasó de ser
una señal de mercado a algo así como la llave de la cañería hacia
recursos hasta ese momento inexistentes, transformando para siempre el
negocio de las agencias acreditadoras. Paralelamente, y de modo no muy
sorpresivo asumiendo que las familias entienden que la educación
superior es un bien al que se debe acceder, los precios de los aranceles
no han bajado sino que han subido consistentemente.
El desastre del Capital Humano: posibles lecciones
Por fin estamos en condiciones de entender la relevancia del trabajo
de Urzúa. En caso de que se sustente su resultado de que la educación
superior no tiene retornos privados positivos para una proporción
importante de estudiantes, podemos sacar al menos tres importantes
conclusiones.
Primero, debería iniciarse una investigación que evalúe la
información que se utilizó a la hora de tomar la decisión del CAE como
política pública. Si se confirman los resultados de Urzúa, el CAE puede
terminar siendo uno de los mayores desastres de políticas públicas en el
país. No sólo por el gasto estatal involucrado, o porque se habría
sustentado en un supuesto erróneo, sino porque podrá tener como
resultado estudiantes más endeudados e incluso más pobres que al
comienzo.
Segundo, es importante evaluar si este es un caso de lo que algunos autores
han denominado como “reactividad”, o aquellas situaciones donde el uso
de una fórmula o ranking cambia directamente lo que mide. En este caso:
la evidencia respecto al capital humano en Chile se utiliza para
sustentar el CAE, el CAE cambia la matrícula y el contexto de la
educación superior, produciendo una situación totalmente diferente al de
la medición original. En otras palabras, incluso si la información que
se utilizó para diseñar el CAE era correcta, cabe preguntarse si se
consideró seriamente, al momento de lanzar la política, el efecto del
CAE mismo sobre el retorno privado futuro de la educación superior en
Chile.
Tercero, y quizás más importante que las anteriores, cabe cuestionar
la viabilidad de orientar la focalización de las políticas públicas
según criterios probabilísticos. Es muy diferente entender que una
persona tendrá mejores probabilidades de tener un ingreso digno si
estudia en una institución de educación superior a asumir que esa persona será
menos pobre por ir a la universidad. Creo que acá corresponde actuar
bajo el principio de precaución. El capital humano es una teoría, a lo
más un modelo estadístico, y como tal puede establecer intervalos de
probabilidad para individuos en determinadas condiciones, lo que no es
suficiente para establecer quién debe o no recibir ayuda pública. En
otras palabras: dejemos de asumir a personas pobres que podrían eventualmente dejar de ser pobres en el futuro como no pobres hoy.
* Sobre este tema lea también la investigación de CIPER: CAE: Cómo se creó y opera el crédito que le deja a los bancos ganancias por $150 mil millones.