El legendario director opta a once Oscar con «La invención de Hugo», una fábula fantástica donde rinde homenaje al cine, la literatura y la tecnología soñadora
Día 24/02/2012 -
Podría
resultar complicado entender qué llevó a Martin Scorsese, sinónimo de
celuloide oscuro, grafico y violento al estilo de «Toro salvaje», «Taxi
Driver», «Uno de los nuestros», «Infiltrados» o «Shutter Island», hasta
una historia familiar, en 3D y con alma fabuladora como «La invención de
Hugo». Pero la explicación es sencilla: fue su hija de doce años quien
le descubrió el libro de Brian Selznick alrededor de un niño huérfano
con vocación de relojero que, en el París de los años 30, vivirá una
aventura mágica cuando intente reparar un enigmático robot. Posiblemente
lo que le terminó de encandilar a Scorsese fuera que la historia
estuviera basada en la vida del cineasta George Méliès (a quien da vida
Ben Kingsley, que confiesa que se inspiró en el propio Scorsese para su
trabajo), autor de fantasías clásicas como «Viaje a la Luna».
—«La
invención de Hugo» es, ante todo, una celebración cinéfila, un filme
inteligente y sin cinismo. ¿Se decidió a rodarlo por su pasión por la
historia del Séptimo Arte?
—Seguramente,
aunque también buscaba que fuera un filme sin mensaje. Lo mas
importante cuando empecé a rodar era el protagonista, este niño que anda
abandonado por las calles de París. Ante todo era su historia. Luego
vinieron más cosas, claro. Por ejemplo, la conexión entre la historia
del cine y mi pasión por la restauración de películas y la investigación
de antiguos realizadores. En esta película, el cine es la conexión que
une todos los elementos, la máquina que se convierte en el nexo
emocional entre el niño, su padre, Méliès y su familia. Al final hablo
de cómo estas personas se expresan emocional y psicológicamente
utilizando la tecnología.
—¿Esa oda a la tecnología es una justificación para el uso del 3D?
—Es
que tampoco comprendo qué hay de malo en ello. Siempre me ha gustado el
3D. Vivimos en 3D. ¿Por qué no rodar una película con ese sistema? El
futuro del cine, después de «Avatar», está en el 3D. Es el arte de este
milenio y, cuando me planteé rodar un filme para toda la familia, lo
primero que me cuestioné es si el héroe podía aguantar un plano en 3D.
La respuesta fue afirmativa. Espero que el público sepa disfrutarlo
porque es precioso ver una película que responde emocionalmente a sus
imágenes. Además, no es ningún invento moderno. Recuerdo que, cuando era
un crío, fui a ver «La mujer y el monstruo», «Vinieron del espacio» y
«Bésame Kate». Todas se estrenaron en 3D. Y era en 1953, 1954, así
que...
—¿Qué descubrió rodando en 3D, cuál fue la aportación a su forma de trabajar?
—Yo
siempre me he preocupado especialmente del proceso mecánico de crear
una una película. En este caso, me fascinó la trascendencia que este
sistema puede tener en la historia del cine. Igual que Méliès utilizaba
la magia de la ilusión y los efectos ópticos para sorprender al público
hace 110 años, yo trato de hacer arte con mi trabajo. Cada secuencia de
este filme está estudiada de tal forma que sirva para cambiar la
narrativa de mi estilo a la hora de contar una historia de forma muy
natural, sin utilizar trucos ni trampas. Ha sido una liberación para mí,
una experiencia bellísima, ya que los actores parecían esculturas en
movimiento, casi bailarines.
—También ha sorprendido su salto al cine familiar, aunque usted ha tocado multitud de géneros.
—¿Te
imaginas una de mis historias sobre la mafia en 3D? (risas). La verdad
es que quería hacer una película que mi hija pudiera ver. Tengo mucha
suerte porque, a mis casi 70 años, tengo una niña de doce años. Ya tuve
hijas con 30 años, y luego otra a los 57, y somos básicamente amigos.
Pero con la pequeña es otra cosa: cuando voy a trabajar puedo ver el
mundo desde sus ojos. Ella me dijo que tenía ganar de ver alguna de mis
películas, y me ofreció leer ese libro tan fantástico. Me aseguró que me
iba a encantar porque era un gran libro. Y desde luego que tenía razón.
—¿Describiría «La invención de Hugo» como un filme de fantasía?
—Sí,
aunque no al estilo de «Harry Potter», desde luego. Es fantasía porque
un dragón aparece en una ventana, pero no lo es porque forma parte de la
mente de los personajes. He intentado que todo lo que ocurre en el
filme parezca real. La imaginación queda a un lado porque son los
mecanismos interiores de las máquinas los protagonistas, desde un reloj,
hasta una locomotora. He tratado de mostrar el alma de los objetos para
quedarme en la cabeza del público y no tanto en su corazón. Creo que he
experimentado a muchos niveles con este filme.
—Últimamente también ha triunfado en la pequeña pantalla gracias a «Boadwalk Empire». ¿Piensa seguir explorando este medio?
—Eso
espero. Depende de que la televisión nos siga brindando la libertad de
crear otro mundo, u otra forma de expresión, donde desarrollar
personajes dentro de una narrativa histórica. Al joven Scorsese ya no lo
reconozco en mí; sé que está todavía ahí, pero es casi como un sueño,
no sé realmente lo que ha sucedido con él (risas). Estoy tratando de
encontrar la manera de seguir interesándole en el trabajo, de animarle a
conocer gente; la curiosidad de ese Martin es lo que me lleva a rodar,
pero el significado de cada proyecto es ahora diferente. Siempre he
batallado con la naturaleza que rige el sistema de Hollywood y he
tratado de encontrar mi propio camino en la industria. Y así quiero
seguir.