Era la primera vez que la comunidad académica y estudiantil debatía conjuntamente sobre este tema en una verdadera asamblea de iguales en derecho a voz, en su preocupación por la educación y el acceso a ella de los excluidos y en su voluntad de seguir participando en definir los destinos del país. El estado es asambleario, pues no tiene la clásica figura de la manifestación con un líder que discursea y otros que escuchan y luego aplauden; todos quieren tener voz.
Allí se dijo: que la U de Chile no tenía privilegios pues su presupuesto se hace con un aporte estatal del irrisorio 15% del presupuesto total; que las universidades privadas violan la ley al tener fines de lucro y que éstas tienen pleno derecho a existir si no recibieran aportes del Estado y exenciones tributarias; que Universidad es docencia, pero también investigación científica y extensión hacia la comunidad; que si se quiere un país distinto hay que abordar la desigualdad en otras áreas también, y que del sistema político “posdictatorial” debe pasarse a un sistema democrático donde la voz de los ciudadanos sea oída y también decida.
Quizás lo más relevante, en todo caso, era que una comunidad universitaria, mezcla de generaciones, debatía en la plaza pública, sacando a la Universidad a la sociedad y replanteando el conflicto como la responsabilidad propia por el estado de cosas. El “estado asambleario” permitió plantearse el carácter constituyente que tienen estos tiempos, de delinear otra universidad y de paso interrogarse por la misma Constitución Política que rigidiza las alternativas democratizadoras y concentra el poder por fuera de la ciudadanía.
Casi al unísono a esta asamblea, se conocieron los resultados del referéndum realizado en Italia. Allí Berlusconi sufrió una nueva derrota a manos de los movimientos ciudadanos que persistieron en exigir la realización de un referéndum por la defensa del agua como bien público, por el rechazo a la energía nuclear y por el fin de los privilegios a los gobernantes ante el poder judicial. Para convocar un referéndum, en Italia, hay que recoger 500 mil firmas; los Comités del Agua Pública, sin apoyo de partidos y con una censura sistemática de los medios, terminaron juntado 1,4 millones de firmas!, un record en la historia de Italia; así como record ha sido el que se obtuvo el 57% de participación, cifra jamás alcanzada en los últimos 15 años.
El ejemplo de Italia se suma al de los acampados en España y Grecia, al movimiento democratizador en Siria, Yemen, Egipto y otros países. Y a los que habría que sumar México, Bolivia, Ecuador que partieron antes. Sería una torpeza, por parte de la dirigencia política nacional, no darse cuenta que Chile a su modo, ha iniciado un camino similar, que busca rediginificar la voz del pueblo en las decisiones que le incumben. Esto, más que producir preocupación y síntomas de desasosiego que metaforizan con épocas pasadas para mantener por el miedo el orden de cosas actual, debieran ser asumidos como un aire fresco que viene a renovar una anquilosada estructura institucional que se levantó favorecida por los miedos.
Tenemos un Chile con un sistema electoral que empata minoría y mayoría; sin iniciativa popular de ley; sin elecciones de autoridades regionales; sin posibilidad de destituir alcaldes encausados por corrupción, etc. Vivimos en un país con una ciudadanía interdicta cuando justamente el ex Director de la Unesco Federico Mayor Zaragoza ha declarado en la Plaza Sol de Madrid, ante las decenas de miles de asambleístas, que “el siglo XXI será el siglo de la gente”.
Más vale ir con el siglo que intentar aplastarlo.
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