En respuesta a: Rodrigo Polanco, ex rector del Seminario Pontificio - Publicado: 24 .05 .201
Somos los padres de un seminarista que en junio de 2005 fue expulsado del Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Con espanto hemos seguido la investigación del caso Karadima, sufriendo con las víctimas de abusos sexuales y sus familias. Pero nosotros como familia también fuimos testigos del espantoso abuso de poder del que fue objeto nuestro hijo por parte del ex rector del Seminario, Rodrigo Polanco. Por eso nos indignan las inaceptables declaraciones que emitió a CIPER con motivo de su comportamiento hace 25 años con el señor Juan Carlos Cruz. Esa conducta persecutoria del presbítero no fue un hecho aislado en la década de los ochenta, sino un estilo que se consolidó impunemente cuando fue nombrado rector en 2002. Nuestro hijo fue uno de los muchos seminaristas que sufrieron el hostigamiento solapado de Polanco, revestido de búsqueda de santidad, pero basado principalmente en el asedio psicológico en contra de todos aquellos que no quisieran someterse plenamente al modelo promovido por El Bosque.
Desde antes de ingresar al Seminario el año 2000 nuestro hijo había conocido el modus operandi de El Bosque y, por supuesto, no lo compartía en lo más mínimo. Entre otros hechos, fue testigo de cómo en su parroquia un sacerdote, sobrino directo de Karadima, dejó escandalosamente el sacerdocio. Cuando ingresó al Seminario sus compañeros de El Bosque le hicieron sentir que él manejaba demasiada información, que podía perjudicarlos, hecho que se agudizó una vez que Polanco se instaló en la rectoría.
A partir de entonces todo el asedio se tradujo en criticar la enorme extroversión de nuestro hijo como un impedimento para el ministerio sacerdotal. Esto le generó grandes angustias, irritabilidad y problemas con otros compañeros, que minaron su calidad de vida, al punto de que enfermó de Mal Crohn. En 2004 estuvo hospitalizado tres veces. Dos semanas cada vez. Rodrigo Polanco nunca lo visitó, pese a que era uno de sus seminaristas y él el rector. A Karadima sí lo visitó, porque para él sí vale el mandamiento de visitar a los enfermos. Polanco sólo se apareció durante el último periodo de hospitalización de nuestro hijo, enrostrándole que su enfermedad no era más que un pretexto para llamar la atención delante de sus compañeros. Con el tratamiento de corticoides nuestro hijo subió notablemente de peso, y así cayó en otra lista negra de Polanco, la de los gordos, porque no toleraba y atrincaba con fiereza a quienes estaban excedidos de peso. Simplemente no le gustaban los gordos.
Fue en esa época en que el rector le exigió que se alejase de nosotros como familia, porque por la enfermedad percibía que había demasiado apego. Obedeciendo, nuestro hijo tomó cierta distancia y dejó de pedirnos ayuda económica, creyendo que podría optar a la beca mensual destinada a los seminaristas que no reciben apoyo de sus familias. Nunca la obtuvo y se vio obligado a vender objetos personales y ropa para costear sus gastos. De esto sólo nos enteramos con perplejidad una vez que dejó el Seminario.
Los demás formadores del seminario callaban. Polanco había logrado armar un equipo a su medida, con sacerdotes de El Bosque y otros sacerdotes sumisos que con cobardía optaron por el silencio. Por eso hoy se excusa diciendo que las expulsiones del Seminario fueron una decisión del Consejo de Formadores. La parte que no cuenta es cuánto hostigaba a quienes no eran del “perfil del verdadero sacerdote”, es decir, al estilo Bosque.
Son innumerables los casos de persecución psicológica de los que fue víctima y testigo nuestro hijo, pero sería demasiado largo ponerlos por escrito: retos, amonestaciones permanentes, ridiculizaciones públicas, etc. Cada vez que él intentó hacer ver con objetividad estas persecuciones ante los demás formadores, sus expresiones fueron consideradas como demasiado subjetivas y paranoicas. De hecho, el motivo de la expulsión de nuestro hijo fue que era imposible que tuviera vocación sacerdotal por padecer un trastorno de personalidad narcisista y un trastorno irreversible en la percepción de la realidad. Nada de eso avalado por un informe psiquiátrico. Ante esto, la recomendación de Polanco fue que debía casarse.
El último intento por salvar su expulsión fue ir a hablar con el Cardenal Errázuriz, pero de nada sirvió. Tres semanas después nuestro hijo estaba fuera del Seminario. Fue de la forma más cruel posible. Esa noche sus compañeros daban un paso en la formación sacerdotal, paso que a él se le negó. Tras la ceremonia y después de ver cómo todos celebraban menos él, casi a media noche, le dijo que tenía que dejar el Seminario. Alcanzó a estar seis años en el Seminario. Cuando algunos compañeros de nuestro hijo exigieron razones de su salida, Polanco arguyó que por ser rector del Seminario él poseía el don de saber sin error quiénes tenían y quiénes no tenían vocación. Era infalible. Tal vez lo vivía como una herencia de aquella misma facultad que Karadima decía haber recibido del Padre Hurtado.
Como padres vivimos años de tristeza profunda. Pese a que nuestro hijo como periodista logró retomar con enorme éxito su carrera profesional, sabíamos que cargaba con el dolor de no haber sido escuchado a tiempo, y de que prácticamente nadie creyó en su versión de los hechos y, sobre todo, que tenía la convicción de la vocación sacerdotal. Un par de amigos sacerdotes lo acompañaron y alentaron con gran espíritu. A ellos debemos una enorme gratitud.
Tuvieron que pasar cinco años para que la situación se revirtiera. Súbitamente Polanco fue cesado en sus funciones como rector, en menos de una semana debió dejar el Seminario de Santiago. Las razones de tan abrupta salida aún no se esclarecen. Sólo entonces nuestro hijo pidió una nueva oportunidad para ser escuchado. Y lo fue.
Tras pasar por una serie de exámenes psicológicos y entrevistas con el nuevo cuerpo de formadores, nuestro hijo fue reincorporado a su formación sacerdotal en el mismo lugar donde había quedado. Se negó la teoría de los trastornos psiquiátricos y hoy está concluyendo feliz su formación al sacerdocio. Nuestra fe en Dios y la confianza en nuestro hijo no nos defraudaron jamás, al contrario, con el apoyo de nuestro núcleo familiar y social pudimos sobrellevar esta triste etapa de nuestra vida que creemos no haber merecido. Lamentablemente, no es la misma suerte que corrieron otros seminaristas que salieron en dicha época.
Compartimos estas líneas con la opinión pública, porque sabemos que aún hay mucha mentira, cinismo y deseos de limpiar la imagen personal en algunos de los sacerdotes de El Bosque, especialmente en Rodrigo Polanco. Sabemos fehacientemente que para varios de ellos la calumnia no es un pecado, y que la mentira es un medio legítimo de alcanzar los objetivos que se proponen, incluso ahora que han firmado cartas apartándose de Karadima. Pero eso no implica que se hayan apartado del modelo pervertido de abuso de conciencia y de abuso de poder en el que fueron formados y que ejercen a lo largo y ancho de la Iglesia de Santiago.
Les pedimos a las autoridades eclesiásticas que no sancionen a nuestro hijo por esta carta de sus padres, que han sido víctimas indirectas de Rodrigo Polanco, y que lleguen sin temor a la verdad que poco a poco se empieza a conocer.
Luis Herrera A.
Silvia Espaliat C.
Desde antes de ingresar al Seminario el año 2000 nuestro hijo había conocido el modus operandi de El Bosque y, por supuesto, no lo compartía en lo más mínimo. Entre otros hechos, fue testigo de cómo en su parroquia un sacerdote, sobrino directo de Karadima, dejó escandalosamente el sacerdocio. Cuando ingresó al Seminario sus compañeros de El Bosque le hicieron sentir que él manejaba demasiada información, que podía perjudicarlos, hecho que se agudizó una vez que Polanco se instaló en la rectoría.
A partir de entonces todo el asedio se tradujo en criticar la enorme extroversión de nuestro hijo como un impedimento para el ministerio sacerdotal. Esto le generó grandes angustias, irritabilidad y problemas con otros compañeros, que minaron su calidad de vida, al punto de que enfermó de Mal Crohn. En 2004 estuvo hospitalizado tres veces. Dos semanas cada vez. Rodrigo Polanco nunca lo visitó, pese a que era uno de sus seminaristas y él el rector. A Karadima sí lo visitó, porque para él sí vale el mandamiento de visitar a los enfermos. Polanco sólo se apareció durante el último periodo de hospitalización de nuestro hijo, enrostrándole que su enfermedad no era más que un pretexto para llamar la atención delante de sus compañeros. Con el tratamiento de corticoides nuestro hijo subió notablemente de peso, y así cayó en otra lista negra de Polanco, la de los gordos, porque no toleraba y atrincaba con fiereza a quienes estaban excedidos de peso. Simplemente no le gustaban los gordos.
Fue en esa época en que el rector le exigió que se alejase de nosotros como familia, porque por la enfermedad percibía que había demasiado apego. Obedeciendo, nuestro hijo tomó cierta distancia y dejó de pedirnos ayuda económica, creyendo que podría optar a la beca mensual destinada a los seminaristas que no reciben apoyo de sus familias. Nunca la obtuvo y se vio obligado a vender objetos personales y ropa para costear sus gastos. De esto sólo nos enteramos con perplejidad una vez que dejó el Seminario.
Los demás formadores del seminario callaban. Polanco había logrado armar un equipo a su medida, con sacerdotes de El Bosque y otros sacerdotes sumisos que con cobardía optaron por el silencio. Por eso hoy se excusa diciendo que las expulsiones del Seminario fueron una decisión del Consejo de Formadores. La parte que no cuenta es cuánto hostigaba a quienes no eran del “perfil del verdadero sacerdote”, es decir, al estilo Bosque.
Son innumerables los casos de persecución psicológica de los que fue víctima y testigo nuestro hijo, pero sería demasiado largo ponerlos por escrito: retos, amonestaciones permanentes, ridiculizaciones públicas, etc. Cada vez que él intentó hacer ver con objetividad estas persecuciones ante los demás formadores, sus expresiones fueron consideradas como demasiado subjetivas y paranoicas. De hecho, el motivo de la expulsión de nuestro hijo fue que era imposible que tuviera vocación sacerdotal por padecer un trastorno de personalidad narcisista y un trastorno irreversible en la percepción de la realidad. Nada de eso avalado por un informe psiquiátrico. Ante esto, la recomendación de Polanco fue que debía casarse.
El último intento por salvar su expulsión fue ir a hablar con el Cardenal Errázuriz, pero de nada sirvió. Tres semanas después nuestro hijo estaba fuera del Seminario. Fue de la forma más cruel posible. Esa noche sus compañeros daban un paso en la formación sacerdotal, paso que a él se le negó. Tras la ceremonia y después de ver cómo todos celebraban menos él, casi a media noche, le dijo que tenía que dejar el Seminario. Alcanzó a estar seis años en el Seminario. Cuando algunos compañeros de nuestro hijo exigieron razones de su salida, Polanco arguyó que por ser rector del Seminario él poseía el don de saber sin error quiénes tenían y quiénes no tenían vocación. Era infalible. Tal vez lo vivía como una herencia de aquella misma facultad que Karadima decía haber recibido del Padre Hurtado.
Como padres vivimos años de tristeza profunda. Pese a que nuestro hijo como periodista logró retomar con enorme éxito su carrera profesional, sabíamos que cargaba con el dolor de no haber sido escuchado a tiempo, y de que prácticamente nadie creyó en su versión de los hechos y, sobre todo, que tenía la convicción de la vocación sacerdotal. Un par de amigos sacerdotes lo acompañaron y alentaron con gran espíritu. A ellos debemos una enorme gratitud.
Tuvieron que pasar cinco años para que la situación se revirtiera. Súbitamente Polanco fue cesado en sus funciones como rector, en menos de una semana debió dejar el Seminario de Santiago. Las razones de tan abrupta salida aún no se esclarecen. Sólo entonces nuestro hijo pidió una nueva oportunidad para ser escuchado. Y lo fue.
Tras pasar por una serie de exámenes psicológicos y entrevistas con el nuevo cuerpo de formadores, nuestro hijo fue reincorporado a su formación sacerdotal en el mismo lugar donde había quedado. Se negó la teoría de los trastornos psiquiátricos y hoy está concluyendo feliz su formación al sacerdocio. Nuestra fe en Dios y la confianza en nuestro hijo no nos defraudaron jamás, al contrario, con el apoyo de nuestro núcleo familiar y social pudimos sobrellevar esta triste etapa de nuestra vida que creemos no haber merecido. Lamentablemente, no es la misma suerte que corrieron otros seminaristas que salieron en dicha época.
Compartimos estas líneas con la opinión pública, porque sabemos que aún hay mucha mentira, cinismo y deseos de limpiar la imagen personal en algunos de los sacerdotes de El Bosque, especialmente en Rodrigo Polanco. Sabemos fehacientemente que para varios de ellos la calumnia no es un pecado, y que la mentira es un medio legítimo de alcanzar los objetivos que se proponen, incluso ahora que han firmado cartas apartándose de Karadima. Pero eso no implica que se hayan apartado del modelo pervertido de abuso de conciencia y de abuso de poder en el que fueron formados y que ejercen a lo largo y ancho de la Iglesia de Santiago.
Les pedimos a las autoridades eclesiásticas que no sancionen a nuestro hijo por esta carta de sus padres, que han sido víctimas indirectas de Rodrigo Polanco, y que lleguen sin temor a la verdad que poco a poco se empieza a conocer.
Luis Herrera A.
Silvia Espaliat C.
mi apoyo total y franco a los padres de Felipe a quien conoci en el Seminario en donde yo tambien fui parte y sobre todo sali en la epoca de polanco, yo soy uno de muchos que salimos y que segun el consejo representado en polanco no teniamos vocacion, algunos hoy no han podido rehacer su vida despues de muchos años, Dios tambien ha sido generoso con aquellos que si han podido, pido a Dios por cada uno de los que salimos en la epoca de polanco y nos de la fortaleza de poder rehacer nuestras vidas
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