Patricia Muñoz Garcìa

Patricia Muñoz Garcìa
Departamento Nacional Profesores Jubilados DEPROJ

viernes, 18 de marzo de 2011

TUSUNAMI



Como nuestro Presidente ama el peligro (ya lo ha demostrado a bordo de su helicóptero y de otros aparatos) y también adora ejercer el rol de héroe, en cuanto fue alertado de un riesgo de maremoto en las costas chilenas, pensó para sus adentros: "esto es trabajo para Presiman".  

 El Presidente Piñera llegó a Chile a celebrar su primer aniversario en La Moneda tras una larga gira por Europa y Medio Oriente. Si bien se sentía satisfecho y hasta orgulloso por lo realizado en estos 12 meses, las encuestas le habían sido esquivas. Por eso, en el Gobierno optaron por realizar una ceremonia tranquila y discreta en Palacio, sin meter mucho ruido, ya que las cosas no estaban para carnavales.
Pero ocurrió lo inesperado: un terremoto, al otro lado del mundo, pero capaz de convertirse en una amenaza eventual para Chile.
Y claro, como nuestro Presidente ama el peligro (ya lo ha demostrado a bordo de su helicóptero y de otros aparatos) y también adora ejercer el rol de héroe, en cuanto fue alertado de un riesgo de maremoto en las costas chilenas, pensó para sus adentros: "esto es trabajo para Presiman". Se abrió con rapidez la chaqueta, la camisa (o el pijama, quizás), volaron por el aire los botones, y así se asomó su uniforme de súper héroe: la parka roja.
Así vestido, partió "volando" a la Onemi, donde se puso al frente de la emergencia, y con su eficiencia característica organizó todo en cuestión de minutos.
Un par de horas más tarde era obvio que había controlado la situación de manera espléndida, y el país completo ya estaba en guardia a la espera de la terrible ola que viajaba a 800 kilómetros por hora desde Asia.
Entonces no pudo evitar comparar su desempeño con el de su antecesora en el cargo, "súper woman" Bachelet, a quien le tocó enfrentar el terremoto del 27 de febrero de 2010. (Ese día la situación) era un verdadero caos, no había información, no había coordinación, había órdenes y contraórdenes".
Para no correr riesgos de ningún tipo, al rato el Presidente ordenó que se evacuara a toda la población chilena que habita en zonas potencialmente inundables. Desplegó a miembros de las Fuerzas Armadas en las calles para evitar saqueos e hizo que todos los funcionarios posibles estuviesen premunidos de teléfonos satelitales para no perder la comunicación en ningún momento. Él estuvo al pie del cañón, permaneció muchas horas en la Onemi, y no durmió durante más de 24 horas, igual que la mayoría de sus ministros, intendentes, gobernadores y jefes de servicios.
Daba gusto.
Pero es cierto. La ola gigantesca y devastadora finalmente no llegó a nuestras costas. Poco a poco las cosas volvieron a la normalidad. Las parkas rojas se colgaron y la insoportable rutina de gobernar en medio de la calma retornó a La Moneda.
Su primer cumpleaños en el poder llegaba al final. Sin duda, debía sentirse agradecido. Había recibido dos regalos: el primero, la ausencia de un maremoto en Chile. Y el segundo, la oportunidad de entrar una vez más en acción, como fue con ese añorado rescate minero.
 


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