Liceos de Excelencia
Cuando el actual gobierno ha propuesto crear 60 liceos de excelencia se han conocido críticas “doctrinarias”, he recordado crónicas del periodista Andrés Oppenheimer sobre exitosas experiencias internacionales en el campo de la educación.
Nos recuerda que Jawaharlal Nehru (1899-1964), figura señera de la India Moderna, quien dispuso crear un Sistema de Universidades Tecnológicas bajo cuyo alero se crearon los llamados Institutos de Importancia Nacional, dispersos en la vasta geografía del país. La clave del sistema fue establecer convenios de colaboración con los principales centros académicos tecnológicos de Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia, Rusia y otros países con el propósito de crear en la India una vanguardia de científicos y técnicos que obrara como una locomotora capaz de tirar al gigantesco tren hindú hacia el desarrollo.
La iniciativa también encontró “críticas doctrinarias”: ¿Cómo privilegiar a una minoría y no comenzar por millones de analfabetos y de otros millones de escolares precarios del mundo popular?
A partir de 1951 comenzaron a instalarse los nuevos institutos con altos niveles de exigencia, a tal punto que al Instituto Tecnológico de Nueva Delhi se admitieran cada año uno de cada 130 postulantes, exigencia mayor que la Universidad de Harvard que admite uno de cada 10 postulantes. Los “doctrinarios” pusieron el grito en el cielo por el carácter elitista de este proyecto en un país que tenía 81% de analfabetos. Con el correr de los años este nuevo elenco de ingenieros y técnicos, en diversos puntos del país, aparecen liderando un espectacular progreso que ha permitido crecer dos veces más que a América Latina, sacar de la pobreza más de cien millones de personas, cuadriplicar el tamaño de la clase media, crear un mercado que atrae fuertes inversiones extranjeras y situar a la India como una potencia emergente en la que miles de especialistas lucen altos niveles en todas las esferas.
La idea de crear 60 liceos de excelencia tiene algo que ver con la misma concepción estratégica de Nehru: crear una vanguardia de jóvenes capaces de ampliar la base reclutamiento de las universidades y contar con cientos y tal vez miles de mejores profesionales. Es ocioso decir que este esfuerzo no excluye cuanto se siga haciendo en el conjunto del sistema escolar.
Los “doctrinarios” han sostenido que por esta vía se está favoreciendo a una minoría a la que se le abren amplios horizontes mientras el gran resto quedaría en la orfandad. Es claro que algunos prefieren nivelar por abajo en nombre de la democracia, por cierto.
Es curioso que los “doctrinarios” nunca criticaron cuando había un liceo de excelencia, el Instituto Nacional o dos si se considera al Carmela Romero, ambos instalados en la capital. ¿Por qué ahora que habrá 60 de ese rango situados en diversos puntos del territorio se estaría generando una elite?
Sin entrar al análisis del conjunto de las reformas propuestas, la idea de los liceos de excelencia me parece que es una buena apuesta al futuro. Entre las reformas hay algunas notables como las que favorecen la carrera magisterial y otras discutibles como la disminución del horario de historia para favorecer la enseñanza de matemáticas y lenguaje, como si la historia no pudiese constituir una fuente de lenguaje, además de contribuir al despertar de la conciencia social y el compromiso con la Nación.
En días recientes el ministro Lavín ha dicho que la ampliación del horario para matemáticas y lenguaje no debería excluir las clases de historia por cuanto los colegios cuentan con horas de libre disposición las que pueden destinarse a esa asignatura. Una aclaración alentadora.
Quienes tenemos la experiencia de haber enseñado en los últimos años entendemos la preocupación por mejorar el lenguaje de los estudiantes cuyo deterioro adquiere un creciente tufillo de barbarie. ¿Acaso sólo escuchar al líder gremial no demuestra que es necesario aumentar las horas de lenguaje en la enseñanza? No recuerdo nunca haber visto, en la historia del magisterio chileno mostrar ante la sociedad una peor carta de presentación que la que luce un señor que, a falta de buenas razones, se permite declarar: “nos hemos propuesto como objetivo el echar abajo este proyecto de educación”.
El líder está agitado por la audacia de las reformas propuestas que lo sacan de la rutina, también por las “desvinculaciones políticas”, pero guarda silencio sobre el origen político de muchas vinculaciones. ¿Cómo justificar a 60 periodistas y 120 abogados en el Ministerio de Educación? ¿Cómo explicar que el escándalo de las subvenciones en la que se perdieron millonadas no sea una bandera gremial?
Pero volvamos a los liceos de excelencia. Con seguridad habrá dificultades para implementarlos. Pero en cada punto geográfico donde se instalen habrá una señal que convoca a pensar en grande. Los “doctrinarios” seguirán agitando viejas consignas propias de la lengua de madera que caracteriza a cierto “progresismo” que, en realidad, mirándolo bien, es puro conservadurismo.
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