Qué pavorosa es la señora “ignorancia”. Fuerte como una montaña, profunda cual oscura cueva, que traga toda luz, impidiendo que llegue a sus confines un solo rayo de esperanza. Completamente opuesta a su peor enemigo, el “Aprendizaje”. Aborrece con todo su ser al conocimiento, se aleja lo más posible de la instrucción, acercándose como tortuosa serpiente al abuso, y a su prima cercana, la prepotencia, para abrazarlos cual preciados compañeros. Intima compañera de la barbarie, hermana de la miseria intelectual. Ésta siniestra señora, al igual que la noble formación y su mejor amiga, la buena educación, también se puede cultivar. Mientras más cuidado se ponga en ello, más grande será, e inmensa su expansión. Sus raíces calan hondo, y toman, como con garras grotescas, el corazón. Cual vil maleza, seca y envenena la tierra en la que crece. “¿A qué negarte?”, le susurra el avaro, en tanto que el codicioso la alienta para que sea su aliada en la obtención de riquezas sin fin. Bienes tan numerosos como faltos de propósito sobre la tierra. Mientras más envuelve a sus víctimas, más frio pasan. “¡Que nadie sepa!”, dice a todos, no sea que alguno desee algo, y deje de conformarse con “nada”. Mira a los ojos del hombre y le murmura, “nunca lo sabrás”. “No lo comprenderás”. “No te permitiré pensar”, “y así nada descubrirás”.
Cual enorme y hambriento monstruo, de afilados dientes y estomago sin fin, devora a quienes, que, por la torpe idea de atender los falsos encantos que manifiesta, caen en sus fauces. Encantos como la dulce pereza, la encantadora desidia y el agradable aroma de la indiferencia. Todo lo oscurece, la luz interna apaga, trayendo desgracia a quienes la cortejan. A su lado ninguna situación se entiende, pues colma de tinieblas los corazones, y aparta a los hombres de la amistad. Clásica herramienta es, de quienes, escondiendo las propias manos, se esfuerzan por hacer daño. Odio es una de sus piernas, y la otra el intenso miedo. Correrá con éstas para, a quienes la enamoran lanzar, de un salto al tenebroso abismo. ¿La quieres junto a ti? No busques conocer, ni te molestes en estudiar. La sabiduría no desearas, y al análisis tendrás que renunciar. Junto a los que instruyen jamás caminar, porque el que quiera aprender, con ferocidad se le opondrá, como el agua al fuego, que ni un espacio le ha de ceder. A la vida entera renunciar, para existir solo por deber.
¿Hay alguien que de ignorante se jacte? Prémienlo con un libro. Nunca lo tocará, pues tras el frío vidrio lo pondrá, para observarlo cada día, que cerca de él pase. Si la dejas, la curiosidad matará, y pondrá en el más completo olvido a las “preguntas”. Se asegurará de que el monte más alto no puedas escalar, ni la más leve enfermedad comprender, a la tolerancia renunciaras, pues bajo su implacable dominio, esclavo serás.
Entre las cosas más tristes que hoy se pueden observar en educación, está la imagen de un niño que leyendo de corrido, sin saltar ni una palabra, o cometer errores, nada entiende, ni es capaz del más simple análisis. Pero quién le enseña a leer, se muestra conforme, y los que gobiernan aprueban todo esto, ya que ¡lee de corrido! ¡Y rápido! Después de todo, el colegio al que pertenece el infante “aumentó en cinco puntos la prueba SIMCE”. ¿No es eso lo “máximo”? Por otra parte, ¿Qué tan lastimoso puede ser averiguar que quién sacó de los más altos puntajes en la PSU, solo usó el sistema de la moneda? Imagínense. Cada vez que se enfrentaba al problema de una pregunta, la resolvía lanzando dicho círculo metálico al aire, “¿cara o sello?”. ¡Y ganó el premio mayor! Qué suerte ¡¿Ha?! Entrará a la U.
Más de alguien preguntará “¿cuándo ocurrió todo esto?”. De tarde en vez. Pero que importa. No pretendemos ser la madre Teresa de la educación. Sin embargo, ¿no cruzamos un poquito el límite, y nos vamos al “lado oscuro de la fuerza”, cuando compramos los resultados de esas pruebas, y cualquier otra, en un oscuro y solitario callejón, antes de darlas? El mundo nos ha sorprendido haciendo esto una y otra vez, pero como entusiastas exponentes de la hipocresía, lo negamos o disculpamos, pues “ganar lo es todo”, y “la imagen es lo que en verdad importa”. ¿No es así? Mientras tanto, el niño sigue siendo capaz de responder la prueba “de memoria”. Con “los ojos cerrados”. Pero aun no puede comprender lo que lee. Qué más da que el personaje de la historia haya muerto de tal o cual manera. “¿Todos tenemos que morir algún día? ¿O no?”- razonan. Sin embargo, de acuerdo a los “entendidos”, el “alumno” solo precisa saber que dos más dos suman cuatro. ¿Para qué necesita entender el por qué?
Por eso le arrancamos de las manos la filosofía, las artes plásticas, los lenguajes extranjeros, la educación cívica, o ética, y tantas materias “innecesarias”. Y también buscamos reducir las horas dedicadas a otras áreas del saber. Nos sirve que compre un auto al crecer, pero ¿por qué molestarnos en gastar, enseñándoles a conducir, o los principios que rigen el transito? Rayos, si ni siquiera requerimos que sepa cocinar un huevo. ¿De qué nos serviría? Para eso tenemos nuestra alabada “comida chatarra”, que cuidará su salud como ninguna otra cosa. ¿Y los padres? Felices, pues sus hijos leen de corrido. ¡Y rápido! ¿A quién le importa si entienden un comino? Y, ¿con qué fin necesitan aprender a resolver problemas, a analizar, a “pensar”? Después de todo, para eso están los progenitores, ¿no es así? Además, hay que evitar todo sufrimiento a los “querubines”. ¿No es por ello que los papis viven tarareando la frase “no quiero que mi niño sufra lo que yo sufrí”, o, “que nunca pase por lo que yo pasé”? ¡Dios nos libre de provocarles alguna molestia!
Lo cierto es que para vencer a la poderosa señora ignorancia, debemos pagar un alto precio. Alto en extremo. ¿Realmente vale la pena? Solo hay una respuesta correcta a esta pregunta: ¡¡¡Por supuesto!!! No existe la vida sin costo. No se puede pasar por ella “gratis”. El drama aquí es que, si algo nos costará si o si, entonces lo único que debe preocuparnos es “que el fruto sea equivalente al sacrificio hecho”. Lo lógico es que mientras más valioso es aquello que tratamos de adquirir, mayor será el precio que deberemos pagar, más ayuda requeriremos, y se nos demandará un compromiso muy superior y permanente. Los atajos, en este punto, solo nos conducen a tenebrosos callejones sin salida. Sucios y mal olientes. ¿La máxima? “Lo que nada cuesta, por lo general, no vale nada”.
Por ello es tan valioso el APRENDIZAJE, y todo aquello que éste envuelve. Estudiar su complejidad, comprender en profundidad su sustancia, y cultivarlo con denuedo, es trascendental para quienes desean transitar el sendero del conocimiento, la inteligencia, y la preciosa Sabiduría. Eso nos permitirá comenzar a dar sentido a nuestra existencia. Como nación, e individuos.
CCC
PSICOPEDAGOGO
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