La dignidad de la equidad
Por Argos Jeria
Cuando se habla de una mala distribución del ingreso normalmente se hace pensando en lo injusto que es la concentración de la riqueza – producto del trabajo de todos – desde el punto de vista del poder adquisitivo. Si el veinte por ciento más rico de la población gana catorce o más veces lo que gana el quintil más pobre, como en Chile, pensamos que la torta está mal repartida. Pero poco se considera que tal realidad objetiva induce percepciones y comportamientos que la sostienen y que simultáneamente establecen formas de relación entre las personas.
De los que conozco con cierta profundidad, me han llamado la atención países como España, Canadá, Francia, Suecia y Noruega por el trato cotidiano que he observado entre sus ciudadanos. En ellos he tenido experiencias muy interesantes como la de encontrarme compartiendo ubicación en espectáculos públicos (fútbol, conciertos) con personas que me han atendido en un bar, restaurante o tiendas, o que trabajan en labores administrativas de apoyo. El mismo señor que me sirve en el hotel con amabilidad y profesionalismo saluda a mi y a mis colegas con la actitud de los iguales que efectivamente somos; las conversaciones van más allá del clima y los deportes populares. La misma señora que hace mis trámites en el lugar de trabajo me habla de sus autores favoritos y analiza mis preferencias literarias. La distribución más equitativa del ingreso contribuye a generar un ambiente más inteligente, más humano, más interesante, más amable. Y claro; en esos países el quintil más rico gana sólo entre cuatro y seis veces lo que gana el más pobre. Si usted afina un poco más las cifras, allí el diez por ciento más rico se lleva entre seis y diez veces lo que el diez por ciento más pobre; en Chile esa proporción es mayor que treinta.
El asunto, entonces, es más profundo que las meras diferencias en poder de consumo. Usted nota estas diferencias de trato cuando presencia el tuteo de patrón que el ejecutivo chileno utiliza con la azafata, el mozo (“oye; tráeme un vaso de vino blanco”) o la secretaria. O cuando a una alta funcionaria de gobierno nos informa que considera bajo su sueldo, aunque este sea más de diez veces mayor que el de la señora que hace el aseo. Podremos haber aumentado el ingreso per capita pero no hemos avanzado en disminuir la brecha entre ricos y pobres en el país. Por una parte, los gobiernos han ido paulatinamente renunciando a los instrumentos de redistribución (impuestos). Por otra, los esfuerzos organizados de los trabajadores para obtener alzas relativas de salario se estrellan contra múltiples barreras visibles e invisibles, externas e internas, incluyendo nuestra propia incomprensión del asunto debido a las múltiples molestias temporales que los paros laborales implican. La dignidad afín a una mejor distribución del ingreso también es parte del Bello Sino.
De los que conozco con cierta profundidad, me han llamado la atención países como España, Canadá, Francia, Suecia y Noruega por el trato cotidiano que he observado entre sus ciudadanos. En ellos he tenido experiencias muy interesantes como la de encontrarme compartiendo ubicación en espectáculos públicos (fútbol, conciertos) con personas que me han atendido en un bar, restaurante o tiendas, o que trabajan en labores administrativas de apoyo. El mismo señor que me sirve en el hotel con amabilidad y profesionalismo saluda a mi y a mis colegas con la actitud de los iguales que efectivamente somos; las conversaciones van más allá del clima y los deportes populares. La misma señora que hace mis trámites en el lugar de trabajo me habla de sus autores favoritos y analiza mis preferencias literarias. La distribución más equitativa del ingreso contribuye a generar un ambiente más inteligente, más humano, más interesante, más amable. Y claro; en esos países el quintil más rico gana sólo entre cuatro y seis veces lo que gana el más pobre. Si usted afina un poco más las cifras, allí el diez por ciento más rico se lleva entre seis y diez veces lo que el diez por ciento más pobre; en Chile esa proporción es mayor que treinta.
El asunto, entonces, es más profundo que las meras diferencias en poder de consumo. Usted nota estas diferencias de trato cuando presencia el tuteo de patrón que el ejecutivo chileno utiliza con la azafata, el mozo (“oye; tráeme un vaso de vino blanco”) o la secretaria. O cuando a una alta funcionaria de gobierno nos informa que considera bajo su sueldo, aunque este sea más de diez veces mayor que el de la señora que hace el aseo. Podremos haber aumentado el ingreso per capita pero no hemos avanzado en disminuir la brecha entre ricos y pobres en el país. Por una parte, los gobiernos han ido paulatinamente renunciando a los instrumentos de redistribución (impuestos). Por otra, los esfuerzos organizados de los trabajadores para obtener alzas relativas de salario se estrellan contra múltiples barreras visibles e invisibles, externas e internas, incluyendo nuestra propia incomprensión del asunto debido a las múltiples molestias temporales que los paros laborales implican. La dignidad afín a una mejor distribución del ingreso también es parte del Bello Sino.
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