Investigación reunió testimonios que afectan a otros seis religiosos.
Publicado: 14.06.2013
El martes 4 de junio
aterrizó en Chile, proveniente de Bogotá, el sacerdote mercedario
Mariano Labarca Araya. Al contrario de tantas otras veces, en esta
ocasión nadie lo esperaba. Cuando ocupaba el cargo de superior general
de la Orden de la Merced, el puesto de mayor jerarquía de esa
congregación a nivel mundial, siempre iban a buscarlo otros sacerdotes y
lo llevaban a la céntrica casa provincial, ubicada en Mac Iver 341.
Pero esta vez debió tomar un taxi y dirigirse al Convento de las Monjas
Mercedarias, ubicado en Lo Cañas, en la comuna de La Florida. En ese
lugar permanece bajo medidas cautelares, mientras en Roma se decide su
destino. Allí recibió a CIPER, ocasión en la que señaló que aún no sabe
por qué lo están investigando y que su único pecado fue “amar mucho”.
Después de seis meses, tras ser sometidas a revisión por las
autoridades vaticanas del Congregación para la Doctrina de la Fe y la
Congregación de los Institutos de Vida Consagrada, las denuncias
contenidas en el pre-informe fueron consideradas admisibles. Por tal
razón, el jueves 30 de mayo Labarca recibió una carta donde le
comunicaron que estaba siendo investigado y que el Vaticano había
determinado que mientras durase la investigación, debía dejar su
posición de párroco en la Iglesia de San Pedro Nolasco de la capital
colombiana y volver a Chile a mas tardar el 7 de junio.
CIPER tuvo acceso a los antecedentes contenidos en la investigación
que se lleva en Roma. Labarca fue denunciado por un ex seminarista,
quien acusa que fue abusado sexualmente por el ex superior de los
mercedarios. Las pesquisas arrojaron otros testimonios que apuntan a que
otro joven seminarista habría sido víctima. Asimismo, de la indagatoria
surgió la sospecha de que Labarca pudo haber abusado de menores de edad
cuando ejerció el cargo de rector del colegio de la orden en
Concepción. Aunque esto último no se ha comprobado, fue por este motivo
que la investigación debió ser enviada a Roma.
El pre-informe remitido al Vaticano contiene otra arista compleja,
pues señala que en el curso de la investigación que afecta a Labarca,
han aparecido testigos y denunciantes que involucran a seis sacerdotes
de la orden en conductas impropias, algunas de las cuales podrían
constituir abuso de menores.
Este viernes 14 la web de la Provincia Mercedaria de Chile publicó un
escueto comunicado en el que dio a conocer la situación en que se
encuentra el religioso Labarca, pero sin entregar detalles (vea el comunicado).
“QUE ME INVESTIGUE LA JUSTICIA”
En Chile la Orden de la Merced está integrada por 40 religiosos.
Desde acá se administra también la provincia de Angola, país al que han
sido enviados varios misioneros chilenos. A nivel nacional los
mercedarios mantienen cinco colegios, ocho parroquias, dos hogares de
niños y 12 conventos.
El religioso Labarca ocupó el cargo de jefe de la provincia chilena
entre 1991 y 1998. Luego fue promovido a superior general de la orden,
puesto en el que estuvo desde 1998 a 2004, periodo en que residió en
Roma. Tras retornar a Chile, donde trabajó en Calama y Valparaíso, en
2008 volvió a asumir como superior provincial hasta 2011, año en que se
trasladó a Concepción. El año pasado estaba en un convento en Melipilla
cuando el superior general mundial lo envío a Colombia, país donde
asumió como párroco de la Iglesia de San Pedro Nolasco y ecónomo de la
orden local.
Para efectos de la investigación que se desarrolla en Roma, dos de
los destinos que ocupó Labarca resultan clave: formador del seminario y
rector del colegio de Concepción. La primera función la cumplió entre
1976 y 1988. Apenas tenía 26 años y estaba recién ordenado cuando asumió
la formación de los seminaristas. El propio Labarca, en su conversación
con CIPER, reconoció que en esos años cometió dos “faltas” y que,
aunque se ha esforzado para ser un buen sacerdote en sus 37 años de
ministerio, durante mucho tiempo vivió con temor a que esto se supiera.
-Yo puedo decirle con toda franqueza, que mis faltas fueron dos, por las que he sufrido mucho en mi vida de sacerdote.
Labarca asegura que se arrepiente de esas “faltas”, pero también dice
que le ayudaron a reconocer sus debilidades, lo que le permitió “ser
mejor persona y mejor sacerdote”. Sostiene que intentó solucionar el
problema y que recurrió a sus superiores de la época: “Pedí dejar mi
cargo de formador, pero no me aceptaron mi renuncia”.
-Ahora, si me preguntan cuál fue mi error, podría responder: amé mucho. Entregué mucho amor y eso me produjo un desorden.
La versión de Labarca contrasta con los testimonios recogidos en la
investigación que se lleva en Roma. En ella hay citas de testigos y
denunciantes que afirman que uno de los casos de abuso se extendió por
casi diez años. También se la acusa de abuso de autoridad, manipulación
de conciencia en la dirección espiritual, entrega de dinero de la orden a
sus familiares, relaciones sexuales completas con adultos e intento de
soborno a sacerdotes que lo quisieron denunciar.
El otro destino que tuvo en su trayectoria y que hoy lo complica, fue
el puesto de rector del Colegio San Pedro Nolasco de Concepción, cargo
que Labarca tuvo en 2011, poco antes de viajar a Colombia. Entre los
testimonios recogidos en la investigación que se desarrolla en el
Vaticano figura uno que relata conductas de Labarca que lo ponen bajo la
sospecha de abuso de menores cuando ejerció como rector en el colegio
penquista.
“¡Jamás!”, dice Labarca. Lo repite tres veces, mirando a los ojos. El
abuso de menores, asegura, es algo que le causa un “rechazo inmediato”.
Su voz se quiebra y sus ojos se llenan de lágrimas. Enciende un
cigarrillo y camina, cabizbajo, por el amplio y cuidado jardín del
convento de Lo Cañas:
-Son calumnias y quien dice esto, debe probarlo. Yo nunca hice nada a ningún menor de edad.
Labarca asegura que en el Colegio de Concepción estuvo sólo seis
meses y que no tenía prácticamente contacto con los jóvenes: “Que me
investigue la justicia, no tengo nada que esconder contra esas
acusaciones”.
El ex superior general y provincial de los mercedarios cuenta que
pasa sus horas en silencio, solo, rezando y esperando la sentencia del
Vaticano. También asegura que si tuviera oportunidad de encontrarse con
las dos personas a las que reconoce que pudo haber causado daño, les
pediría perdón. Pero hace muchos años, dice, que no sabe de ellas.